De García Lorca al «Guernica»: resucitar las dos Españas
La precampaña va dibujando el único mensaje con el que Pedro Sánchez va a intentar que el electorado olvide su ominoso mandato de mentiras, corrupción, abusos, incompetencia, prácticas totalitarias y empobrecimiento de los españoles: la resurrección de las dos Españas irreconciliables.
A lo largo de su historia, el PSOE siempre ha traído las de Caín, salvo el paréntesis de la Transición, culminado sin embargo con aquel famoso anuncio del dóberman en las elecciones de 1996, en las que el PP de José María Aznar consiguió la victoria.
Fue un anuncio similar a los eslóganes sanchistas de hoy, con alusiones a la vuelta al pasado, a la resistencia al progreso, a la visión del mundo en blanco y negro para intentar frenar la que sería a la postre la etapa de mayor prosperidad, estabilidad y bienestar de la democracia.
Nada nuevo bajo el sol. Siempre que el PSOE pierde o va a perder el poder, recurre al guerracivilismo. Lo hizo Francisco Largo Caballero en 1931, cuando amenazó con la guerra civil si se disolvían las Cortes constituyentes. Lo hizo en 1933 con el giro bolchevique del partido para propugnar un proceso revolucionario llamado a utilizar la democracia burguesa para destruirla.
Largo Caballero lo puso en práctica en 1934, con una sublevación armada contra el orden constitucional republicano. Y amenazó con la contienda fratricida, profecía autocumplida, en caso de que no ganara en los comicios de febrero de 1936 el Frente Popular, que tuvo que amañarlos para hacerlo. Por eso inquieta tanto que Sánchez haya declarado su admiración por Largo Caballero, el «Lenin español».
Granada y Madrid han sido las últimas estaciones de su comitiva para pasear en andas la momia del PSOE guerracivilista por toda España. En la ciudad andaluza comenzó su mitin leyendo a Federico García Lorca para arrimarlo a su ascua guerracivilista. Triste sino el del autor de El Público, utilizado para avivar el odio entre españoles, él que fue precisamente asesinado por ello.
«Esta es la España de Lorca» exclamó Sánchez, queriendo decir en realidad que él representa la España que se apropia del poeta. Para ello reduce una figura desbordante a su condición homosexual, cancelando su devoción por las manifestaciones de la religiosidad popular, su pasión por la tauromaquia y, en definitiva, su inconmovible canto a la libertad del individuo contra toda pretensión de ahormarlo a un molde uniformizador como persiguen los proyectos colectivistas, incluido el socialismo.
Cuando el Gobierno de Aznar celebró por todo lo alto en 1998 el centenario del nacimiento de García Lorca, hizo todo lo contrario que Sánchez: defendió al poeta como un patrimonio común. Como si replicara al líder del PSOE, Aznar aprovechó una de sus intervenciones en un viaje a Chile en marzo de 1998 para proclamar:
«Cuando se habla de grandes escritores o de poetas universales, como Federico García Lorca, el elemento básico fundamental es la universalidad, y si en algo el sectarismo, si en algo la sinrazón, si en algo la ceguera, si en algo la necedad, si en algo, si usted me permite, la estupidez, deberían estar absolutamente eliminadas, es justamente en aquellas cuestiones que tratan del mundo de la cultura; porque si algo tiene que ver con el entendimiento abierto, con la comprensión, con el diálogo, (…) es aquello que es capaz de plasmar un genio creador en un libro poético».
El autor de Yerma fue, al decir de sus amigos Salvador Dalí y Pepín Bello, el ser más apolítico del mundo. Es más que ilustrativo lo que Antonio Machado escribió al hispanista soviético David Vigodsky después de su asesinato: «Fácil le hubiera sido probar a los verdugos del fascio que Lorca era políticamente inocuo, y que el pueblo que Federico amaba y cuyas canciones recogía no era precisamente el que canta La Internacional».
A pesar de ello, Rafael Alberti y María Teresa León convirtieron a Federico en objeto de su proselitismo, haciéndole participar en actos de propaganda comunista. Lo cuenta Juan Ramírez de Lucas, su último amor, en Recuerdos. Breve historia de un amor (Seix Barral), recientemente publicado con edición de Christopher Maurer y Víctor Fernández.
Ramírez de Lucas le hizo ver al poeta en dos ocasiones «que estaban abusando de su buena fe para fines tan descaradamente partidistas en los que no participaba por convencimiento propio». Federico finalmente no acudió a esos dos eventos, aunque estaba anunciada su presencia.
De la amistad de Federico con José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, dio fe alguien tan poco sospechoso como Gabriel Celaya. También eran falangistas sus amigos los hermanos Rosales, a cuya protección se acogió en Granada después del golpe militar y de cuya casa fue sacado por otras fuerzas sublevadas para ser asesinado.
Su gran amor, Rafael Rodríguez Rapún, era militante de la Juventud Socialista Madrileña. De otro lado, Juan Ramírez de Lucas, su último novio, era un acérrimo anticomunista que llegaría a incorporarse a la División Azul para combatir contra Stalin.
En todo caso, García Lorca fue uno de tantos españoles que no tuvo oportunidad de elegir bando porque lo eligieron sus verdugos por él. Lo mismo sucede con la población de Guernica, devastada por la aviación de Hitler y Mussolini, aliados de Franco, el 26 de abril de 1937.
Los vecinos de la villa foral, de acuerdo con los resultados de las elecciones de febrero de 1936, eran mayoritariamente de derechas. El PNV obtuvo el 50,5% de los votos, mientras que el Bloque Antirrevolucionario, formado por Renovación Española y tradicionalistas, consiguió el 37,8%. El Frente Popular sólo sumó el 11,7% de las papeletas.
Estos datos me los ha facilitado el profesor Roberto Villa, el máximo conocedor de aquellas convulsas elecciones, autor de 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular (Espasa), junto con Manuel Álvarez Tardío.
Significan que casi el 90% de los votantes de Guernica había optado en los comicios de un año antes por formaciones derechistas, amén de católicas, pese a lo cual puede haber quien esté tentado de identificar a todas las víctimas del bombardeo como mártires izquierdistas. Las víctimas, insisto, no eligieron bando: lo eligieron sus verdugos por ellos.
Nada de esto contaba para Sánchez en su exhibicionismo ante la obra pagada por el Gobierno republicano a Pablo Picasso para el pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937. Fue un uso impúdicamente partidista de un símbolo que nos pertenece a todos.
Su llegada a España en 1981 como «el último exiliado», según se dijo entonces, simbolizó la concordia y la reconciliación. Aquel fue el propósito del Gobierno de Adolfo Suárez que inició las gestiones del retorno, así como de sus laboriosos artífices: el ministro de Cultura, Pío Cabanillas, y Javier Tusell, director general de Patrimonio Artístico. Sánchez ha pervertido aquel simbolismo con su voluntad de aprovechar todo como material para la confrontación entre españoles.
La historia del pabellón de la España republicana en París guarda otras lecciones sobre la barbarie de la Guerra Civil. Si el Guernica retrata el sufrimiento de la población bajo las bombas de la aviación, empleadas por ambos bandos para sembrar la muerte y la destrucción sobre ciudades, la fuente de mercurio que se exhibió a su lado recuerda el horror de la represión en las retaguardias. Pero esta historia es mucho menos conocida.
El jefe de Gobierno, Juan Negrín, había ordenado que figurara en la capital francesa una fuente de mercurio que la empresa Minas de Almadén había exhibido en la Exposición Internacional de Barcelona en 1929. Su autor, el escultor y marmolista Enrique Arévalo Cruz, no pudo viajar a París a montar aquella fuente. Había sido asesinado unos meses antes en Madrid por fuerzas leales al Gobierno republicano, lo mismo que su hijo, Enrique Arévalo Calvet.
Al llegar la fuente a París, José María Sert encargó al escultor norteamericano Alexander Calder que la modificara. Fue ayudado por el mismo maestro mecánico de Almadén que montó en Barcelona la de Arévalo Cruz, Edmundo Delgado Martín. Al ser considerado desafecto al Frente Popular, el sindicato UGT exigió que se enviara a la capital francesa a otro obrero con órdenes de vigilarlo.
Estas notas a pie de página de la Historia, reflejo de su inmensa complejidad, desmontan por sí solos cualquier mitin o espot de propaganda dedicado al uso torticero del pasado. Por eso, ante estas soflamas cainitas, celebremos siempre todo lo que nos une a la inmensa mayoría de los españoles. Hagamos del 29-N una magnífica ocasión para aventar de una vez por todas el fantasma de las dos Españas. Nada urge más.