García Lorca, desencadenado
Después del sonado estreno de «La bola negra», de Javier Ambrossi y Javier Calvo, parecía que la actualidad de Federico García Lorca hubiera quedado sujeta exclusivamente a la recepción de esta singular película. Ya he escrito que podría haber sido una obra completa si no fuera porque adolece de esa visión cornibizca y cojitranca que suele estilar el cine español para contarnos la Guerra Civil.
No es, sin embargo, el autor de «Yerma» el gran protagonista del filme, aunque su figura lo sobrevuela. Su aparición se reserva para la última escena con un cariz de predestinación del fatal viaje a su Granada en julio de 1936, donde será asesinado por los sublevados después de ser detenido en casa de sus amigos falangistas, los Rosales, donde se había refugiado.
Con todo, la película de los Javis nos deja la certeza de que Federico, su figura y su obra, su alegría y su drama, son inaprensibles. Al aire de su vuelo, García Lorca escapa de toda pretensión de encasillamiento.
Sin embargo, nos hemos acostumbrado a oír su nombre en las tribunas, también las políticas, convertido en un mero eslogan de pancarta. Así, oradores cuya ignorancia abarca todos los campos martillean el nombre de García Lorca sobre el yunque de su ideología como si fuera un objeto domeñable bajo sus consignas.
Un gran soplo de aire fresco para ventilar incluso las estancias de su propia idea de García Lorca ha sido la puesta en escena, hasta el pasado domingo, de su obra «El Público» por Teatro Clásico de Sevilla, en el Teatro Fernán Gómez. Un nuevo acierto en la programación de este coliseo municipal, dirigido por un auténtico coloso de nuestro teatro, Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Escrita en torno a los años 1929 y 1930, es decir, coetánea de «Poeta en Nueva York», las vicisitudes de «El Público» inspiran de algún modo una de las historias recreadas por los Javis. García Lorca le entregó el manuscrito, con un conjunto de escritos y cartas, a su amigo Rafael Martínez Nadal antes de su viaje a Granada en julio de 1936. Le da instrucciones de destruirlo todo «si me pasara algo». Hasta 1976 no apareció publicado, en edición del propio Martínez Nadal.
Con dramaturgia y dirección escénica de Alfonso Zurro, la versión de «El Público» que ha acogido el Fernán Gómez es un auténtico tributo a una obra maestra del teatro español contemporáneo. Todo, la interpretación, la escenografía y la música, funcionaron como un reloj, pero un reloj blando daliniano, con un «tempo» que sinuosa, resbaladizamente, te transporta a la dimensión desconocida del teatro que García Lorca estaba explorando.
No me resisto a aplaudir al elenco al completo, cuya entrega corporal y verbal es clave a la hora de adentrarnos en esta prodigiosa constelación lorquiana: Juan Motilla, Lorena Ávila, Luis Alberto Domínguez, Santi Rivera, Raquel de Sola, Iñigo Núñez, Piermario Salerno, José María del Castillo y Silvia Beaterio.
«El Público» nos presenta un García Lorca desencadenado. Un creador que escapa a conciencia de todos los límites poéticos y dramáticos, y que remueve el teatro convencional hasta los cimientos para situar al espectador ante las verdades esenciales del sagrado milagro de la vida representada sobre el escenario. Son, respectivamente, «el teatro al aire libre» y «el teatro bajo la arena» que reclaman sus protagonistas.
La tormenta de metáforas que la poesía de Federico descarga sobre el público hace imposible guarecerse. Se despliega una secuencia incontenible de argumentos, nudos y desenlaces que se enmarañan, se emboscan y se disfrazan hasta llegar al más puro sentido del sinsentido místico lorquiano: dejar el alma del espectador en suspenso ante la liturgia de la poesía abrazada al teatro.
Una liturgia que hace posible que la vida y la muerte se sucedan, renueven y reinventen día tras día, sobre el escenario del teatro, ante un público presa de esa misma sucesión, renovación y reinvención por generaciones. Un misterio, el de la dramaturgia, encarnado en «El Público» por esa Julieta shakesperiana que sale del sepulcro para volverse a meter después, en el eterno retorno del vivir y el morir, el amar y el odiar, el reír y el llorar que posibilita el arte de Melpómene y Talía.
La escenificación de «El Público» bajo la mano de Alfonso Zurro provoca una emoción difícil de verbalizar: es como entrar en el laboratorio poético de García Lorca, donde habita también todo su ser, como una galería de autorretratos sobre cada uno de los cuales su obra pasase el foco por un instante.
Ahí están los amores y los placeres prohibidos, con esa heterodoxa reclamación de la masculinidad de la homosexualidad que ilumina bajo un fogonazo veraz la tensión vital de García Lorca en una época larvada por los prejuicios: «¿No eres tú un hombre? ¿Un hombre más hombre que Adán?».
Uno tiene la sensación de asistir en directo al palpitante proceso en que la mente del poeta va creando su obra, como a borbotones, pero borbotones trenzados sutilmente que te arrastran en una secuencia de saltos y cascadas, de elevaciones y caídas, que contribuyen a ese suspenderse del alma y los sentidos ante la obra de arte auténtica.
Hace unas semanas conversaba con Juan Carlos Pérez de la Fuente sobre otra obra de teatro poético de García Lorca en la que, como los caballos de «El Público», sus protagonistas no eran seres humanos: «El maleficio de la mariposa», cuyos personajes eran cucarachas.
Fue la primera obra teatral estrenada por el poeta, que contaba con 21 años. Subió a escena en el madrileño Eslava el 22 de marzo de 1920, con Catalina Bárcena y La Argentinita. Fue un rotundo fracaso de crítica y de público, parte del cual, como me recordaba Pérez de la Fuente, pateó en el estreno gritando «¡Zotal!, ¡Zotal!», en alusión al famoso insecticida, ya en circulación en España desde 1901. Llegó incluso a producirse un conato de enfrentamiento entre los detractores y otros espectadores que pedían respeto al autor y a los intérpretes.
Aunque los críticos alabaron la altura poética del texto, no dieron tregua con la elección de los insectos como figuras para la representación. Alguno, como el del diario Hoy, señaló: «El concurso de pantorrillas de las actrices, vestidas de cucarachas, muy interesante».
No pude dejar de pensar en el fracaso de «El maleficio de la mariposa» ante la pasada puesta en escena de «El Público». Esta obra de García Lorca exhala convicción y determinación de encontrar su propia voz teatral a pesar del fracaso, la incomprensión o la indiferencia, como le sucedió a su primera obra estrenada.
«El Público» es una lección imperecedera de la suprema libertad de creación, que es la que termina haciendo libres también a los espectadores. Ese es el García Lorca que se ha visto revivir sobre el escenario del Fernán Gómez: un gigante capaz de derribar todos los tópicos y convenciones, incluso sobre sí mismo, y salir triunfante de entre sus ruinas ante un espectador sanado y salvado de las suyas.