Restauración de ecosistemas

Hongos y bacterias: la clave invisible para que los bosques quemados de Castilla y León renazcan

Las zonas con fajinas, albarradas y acolchado vegetal muestran una microbiota más diversa y equilibrada

El estudio, liderado por IDForest en cuatro provincias, servirá de base a un manual de buenas prácticas

Tras un incendio, la restauración depende de la biodiversidad invisible del suelo

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

Cuando un incendio forestal arrasa un monte, la atención se dirige a los árboles calcinados y al paisaje ennegrecido. Sin embargo, buena parte del futuro de ese bosque se decide bajo tierra, en un universo de hongos y bacterias que casi nunca aparece en las imágenes de la catástrofe.

La Junta de Castilla y León ha impulsado un estudio para medir, por primera vez, cómo las obras de emergencia y restauración tras un incendio forestal favorecen la recuperación de la vida del suelo. Los resultados, difundidos por la Consejería de Medio Ambiente y Energía, abren una nueva forma de evaluar estos trabajos.

Las zonas en las que se ha actuado con fajinas, albarradas y acolchado con material vegetal presentan una mayor diversidad de hongos y mantienen una elevada riqueza bacteriana. Dos elementos que permiten conocer cómo está evolucionando el terreno después del fuego.

Un año de trabajo en cinco zonas quemadas

El proyecto, liderado por IDForest, se ha desarrollado durante un año junto a las empresas Zenit Ingeniería y Consultoría y Air Medio Ambiente. Su objetivo ha sido comprobar, con datos de laboratorio, si las actuaciones realizadas sobre el terreno están ayudando de verdad a que el suelo vuelva a la vida.

Los muestreos se han llevado a cabo en áreas afectadas por grandes incendios forestales de la Sierra de la Culebra (Zamora), la Sierra de la Paramera (Ávila), Quintanilla del Coco y el Parque Natural Sabinares del Arlanza-La Yecla (Burgos) y la Sierra de Francia (Salamanca).

Los análisis confirman que los hongos y las bacterias participan en procesos esenciales para la vegetación, ya que facilitan el acceso al agua y a los nutrientes y contribuyen al equilibrio biológico del suelo. Cuanto más diversa sea esa microbiota, mayores serán las posibilidades de éxito de las reforestaciones.

Qué aporta cada técnica de restauración

El estudio también detalla los efectos que tiene cada actuación sobre la microbiota. El acolchado con paja o la trituración de la madera quemada contribuye a controlar la erosión, aporta materia orgánica al terreno y favorece la actividad de los microorganismos descomponedores.

Por su parte, las albarradas, pequeños diques que se levantan en barrancos y cárcavas, además de retener suelo y humedad, pueden acumular sedimentos con una elevada diversidad de hongos. Estos organismos llegan arrastrados desde las zonas situadas aguas arriba.

Las fajinas, haces de ramas colocados en curvas de nivel para frenar la escorrentía, completan este conjunto de obras de emergencia. Su presencia, junto a las otras dos técnicas, se asocia en el estudio a una microbiota más diversa y equilibrada en las laderas tratadas.

Lo que ocurre bajo el suelo

Hasta ahora, la evolución de una restauración se ha medido principalmente observando lo que sucede en superficie: la recuperación de la vegetación, el crecimiento de las plantas o el control de la erosión. Son indicadores visibles, pero dejan fuera una parte decisiva del proceso.

Este proyecto incorpora también lo que ocurre bajo tierra y utiliza la microbiota como un indicador complementario para comprobar si las actuaciones realizadas son efectivas. Es, en la práctica, un análisis de salud del suelo aplicado a la gestión forestal.

De esta forma, el análisis del suelo permite avanzar hacia restauraciones más precisas: conocer cómo está cada zona, comprobar cómo responde a los diferentes tratamientos y utilizar esos datos para decidir dónde y cómo actuar en cada caso.

Un manual de buenas prácticas

Los resultados servirán de base para elaborar un manual de buenas prácticas para la restauración de terrenos afectados por incendios forestales. El documento incorporará la biodiversidad y la salud del suelo como indicadores para planificar y evaluar las actuaciones.

Jaime Olaizola, fundador de ID Forest y ganador del I Premio de Ecología 2026.

El enfoque coincide con el que defendía en una tribuna publicada en OKGREEN Jaime Olaizola, doctor en Ingeniería de Montes, especialista en Micología Forestal y CEO de IDForest. A su juicio, «sin vida en el suelo, el bosque difícilmente volverá a ser lo que era».

Olaizola advertía de que las altas temperaturas de un incendio pueden llegar a «esterilizar» el suelo y eliminar gran parte de su microbiota. Según su experiencia, si no se inoculan microorganismos en la restauración, el éxito de las repoblaciones puede reducirse hasta en un 50%.

Microorganismos que ayudan

La Junta de Castilla y León ha desarrollado además en Burgos una experiencia piloto basada en la inoculación de microorganismos locales beneficiosos en nuevas plantaciones de encina (Quercus ilex) y sabina albar (Juniperus thurifera).

En concreto, se han aplicado hongos micorrícicos, Trichoderma y bacterias beneficiosas, microorganismos que actúan como aliados de las plantas. Los hongos micorrícicos facilitan el acceso de las raíces al agua y a determinados nutrientes.

Por su parte, Trichoderma y determinadas bacterias ayudan a limitar el efecto de plagas y enfermedades forestales. Es la misma alianza que describía Olaizola: los hongos extienden el alcance de las raíces y algunas bacterias ponen a su disposición minerales como el fósforo.

Creación de una fajina en Navarrendodilla (Ávila). (Foto: Europa Press).

Un suelo sano, un bosque menos vulnerable

Estos microorganismos locales están adaptados al suelo, al clima y a la vegetación de cada zona. Extraerlos de cada lugar, reproducirlos en laboratorio e incorporarlos después a las raíces de los árboles mejora su capacidad de nutrirse.

Además, contribuye a crear un suelo biológicamente más equilibrado. De esta forma, las plantas tienen mayor capacidad para hacer frente a plagas y enfermedades, un riesgo que se dispara cuando el fuego deja el terreno sin competencia para los patógenos.

En definitiva, cuanto más sano y equilibrado esté el suelo, menor será la vulnerabilidad del bosque. O, como resumía el CEO de IDForest, «la recuperación del bosque empieza por el suelo».