Una violenta «guerra civil» entre chimpancés revela cómo los vencedores lograron doblar su natalidad
La comunidad de chimpancés más grande del mundo conocida muestra un raro caso de división y violencia mortal
Un estudio de tres décadas revela que la guerra de chimpancés en Uganda duplica la tasa de natalidad
Los simios vencedores en Kibale redujeron la mortalidad infantil del 41% al 8% al conquistar territorio
La «guerra civil» de chimpancés documentada en el Parque Nacional de Kibale, Uganda, no es sólo un episodio de violencia animal: es una ventana directa a los orígenes evolutivos del conflicto en los primates.
Un estudio del antropólogo Brian Wood, de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), analiza más de tres décadas de datos sobre la comunidad de Ngogo y concluye que librar y ganar una guerra reporta ventajas reproductivas concretas y medibles.
Conductas sociales complejas
El chimpancé (Pan troglodytes) es un simio, no un mono. La distinción importa: los simios carecen de cola, tienen un cerebro proporcionalmente mayor y desarrollan conductas sociales mucho más complejas. Junto a los bonobos, los chimpancés son los parientes vivos más cercanos al ser humano, compartiendo entre el 98% y el 99% del material genético. Esa proximidad es precisamente lo que hace tan inquietante la guerra de chimpancés de Uganda.
La comunidad de Ngogo, la mayor agrupación de chimpancés jamás registrada por la ciencia, habita en la zona suroeste de Kibale. Durante aproximadamente una década, desde finales de los años noventa hasta 2009, sus machos adultos llevaron a cabo patrullas sistemáticas en los límites del territorio y atacaron de forma letal a individuos de los grupos vecinos. Al menos 21 chimpancés de comunidades rivales murieron durante ese periodo de conflicto sostenido.
Emboscadas calculadas
Los ataques seguían un patrón inequívoco: los machos se desplazaban en fila india, en silencio, hasta las fronteras del territorio. Cuando localizaban a un individuo aislado del grupo rival, lo rodeaban y lo atacaban con una violencia que los investigadores describen como calculada. Las víctimas podían ser machos adultos, hembras o crías. La lógica era territorial, no emocional.
En 2009, tras una década de guerra de chimpancés, la comunidad de Ngogo se expandió hacia el noreste, ocupando una zona que hasta entonces controlaban sus rivales. El territorio ganado equivalía a 6,4 kilómetros cuadrados, un incremento del 22% respecto a su área original. Lo que ocurrió a continuación sorprendió incluso a los científicos más familiarizados con el comportamiento de estos primates.
El botín: más crías
En los tres años anteriores a la expansión territorial, las hembras de Ngogo habían dado a luz a 15 crías. En los tres años posteriores, el número ascendió a 37, más del doble. La tasa de mortalidad infantil se desplomó con igual contundencia: antes de la conquista, el 41% de las crías moría antes de cumplir tres años; tras ella, esa cifra cayó al 8%. El éxito de la guerra de chimpancés se traducía directamente en supervivencia.
Wood señala dos mecanismos principales para explicar este cambio. El primero es nutricional: más territorio equivale a más alimento, lo que mejora la salud y la energía de las hembras y eleva su capacidad reproductiva. El segundo es más sombrío: al eliminar a los machos rivales, desaparece también una de las principales causas de muerte de las crías.
Rivales eliminados
Michael Wilson, investigador de la Universidad de Minnesota especializado en chimpancés, señala que los bebés de esta especie son con frecuencia asesinados por machos de grupos vecinos, por lo que alejar a esos rivales supone una protección directa para los recién nacidos.
El estudio de Wood ofrece, en palabras del propio investigador, «la evidencia más sólida hasta la fecha» de que, para los chimpancés, la expansión territorial mediante la violencia se traduce en un beneficio reproductivo directo y cuantificable.
El precedente más célebre fue documentado por Jane Goodall en el Parque Nacional de Gombe, Tanzania, entre 1974 y 1978. Una comunidad unificada se dividió en dos facciones —Kasakela al norte y Kahama al sur— y el resultado fue la eliminación sistemática de todos los machos del grupo meridional. El caso de Ngogo en Uganda añade una nueva dimensión: no sólo describe el conflicto, sino sus consecuencias biológicas a largo plazo.
¿Explica esto la guerra humana?
Algunos científicos advierten contra el uso del término «guerra» aplicado a animales, ya que proyecta conceptos humanos sobre comportamientos regidos por lógicas evolutivas distintas.
Los chimpancés no luchan por ideología ni por honor: lo hacen por territorio, por alimento y por acceso reproductivo. Sin embargo, las similitudes estructurales con el conflicto humano resultan difíciles de ignorar: las patrullas coordinadas, las emboscadas en grupos numerosos, la elección estratégica de víctimas aisladas.
Wilson subraya la diferencia fundamental entre humanos y chimpancés en lo que respecta a las relaciones entre grupos. Cuando un chimpancé se topa con un macho rival, la única forma de sacar provecho es imponiendo un coste a ese individuo: arrebatarle el territorio o la vida. Los humanos, en cambio, pueden beneficiarse del contacto con extraños, lo que ha permitido tejer sociedades con redes de comercio, parentesco y ritual de enorme complejidad.
Un origen compartido
El trabajo de Wood se suma a una creciente línea de investigación que plantea si la violencia organizada entre grupos estuvo presente en el ancestro común de humanos y chimpancés, que vivió hace entre seis y siete millones de años. La respuesta, por ahora, sigue abierta.
Pero los datos de Kibale revelan algo incómodo: que en determinadas condiciones, para los primates más próximos a nosotros, la guerra de chimpancés funciona.
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