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Putin amenaza con la bomba atómica para defender Kaliningrado: el síntoma de una Rusia acorralada

Uno de los éxitos de la guerra de Ucrania consiste en haber impedido su expansión

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

A pesar de la inmensidad de su país, los rusos se sienten cercados. Para romper esa muralla (real o imaginaria, da lo mismo), Vladímir Putin lanzó la «operación militar especial» contra Ucrania, pero sus planes no están saliendo como esperaban él y su régimen. Y ante el estancamiento, surge la tentación de recurrir al armamento nuclear para evitar la derrota. Moscú se lo ha advertido a la OTAN.

La lista de fracasos rusos es creciente. En los últimos meses, los ataques de drones ucranianos han destruido o inutilizado muchas de sus refinerías, con lo que han afectado al principal recurso de exportación de los rusos: el petróleo y los combustibles refinados. Las unidades rusas apenas están avanzando en el frente. En su flanco occidental, la OTAN anuncia medidas contra los buques que forman la flota fantasma rusa, mediante la que Moscú sigue exportando hidrocarburos y cereales, y descubre «ataques híbridos» cometidos por agentes enemigos contra aeropuertos y otras instalaciones, que el Kremlin niega. Por último, los europeos se están rearmando al son de tambores.

Uno de los éxitos de la guerra de Ucrania consiste en haber impedido su expansión, aunque, de vez en cuando, tanto la OTAN como Rusia pegan patadas a los troncos que arden en la hoguera. La última patada ha consistido en una nota diplomática enviada por Rusia a la OTAN, en la que el Kremlin declara que está dispuesto a emplear todo su arsenal de fuerzas y capacidades, «incluyendo armas nucleares», para defender su territorio, y cita en concreto el oblast de Kaliningrado.

Este es un territorio de 15.000 kilómetros cuadrados (más pequeño que la provincia de León) que formaba parte de Prusia. Stalin se apoderó de él en 1945 y lo convirtió en arsenal, base naval y guarnición. Como dependía de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, al disolverse la URSS lo conservó Moscú. Está encajado entre Polonia y Lituania, que han desplegado fuerzas militares en torno a él. El enclave recibe suministros por mar y, también, mediante camiones y trenes que atraviesan, con restricciones, el territorio lituano.

Su importancia reside en que es el principal puerto de la flota rusa del Báltico, ya que está libre de hielos todo el año. Por su situación geoestratégica, Kaliningrado constituye una zona A2/AD, que impediría el acceso del enemigo a un teatro de operaciones o su control. En él se han instalado, entre otras armas, sistemas de misiles Iskander-M, que pueden llevar ojivas nucleares tácticas; misiles de crucero Kalibr e Iskander-K; y misiles hipersónicos Kinzhal.

Al principio de la invasión de Ucrania, la OTAN temió un ataque en pinza entre fuerzas acantonadas en Kaliningrado y las de Bielorrusia en el corredor de Suwalki, el punto de unión entre Lituania y Polonia, de unos 70 kilómetros de largo, con el objetivo de aislar a los países bálticos. Esa operación nunca se produjo. Y ahora Rusia fantasea con ella, pero a la inversa.

Un portavoz de la alianza militar respondió a la nota que «la OTAN es una alianza defensiva y que ninguna de nuestras actividades o ejercicios representa un riesgo para ninguna parte de Rusia». Pero, como hemos dicho sobre el sentimiento de cerco de los rusos, es indiferente que la OTAN vaya a atacar Kaliningrado o no. Estamos ante una excusa a la que recurre Moscú para enviar, otra vez, un mensaje. Y lo que este revela es la mala situación de Rusia, debido al fracaso de sus operaciones militares, a las consecuencias que tendría para Moscú aprobar un nuevo reclutamiento y a los bombardeos ucranianos mediante drones.

Estados Unidos se está jugando su primacía en el mundo. Por tanto, es comprensible su implicación en Ucrania y Oriente Próximo. Así de despiadada es la política internacional. También es entendible la preocupación de los países fronterizos con una Rusia que ha recuperado su condición expansiva. Precisamente, uno de los fracasos de Putin con esta guerra ha sido persuadir a las neutrales Suecia y Finlandia a ingresar en la OTAN en busca de protección.
Sin embargo, el belicismo de Alemania, Francia y Reino Unido parece absurdo. Sus fuerzas armadas dependen del material que compran a EEUU.

Los gobiernos son incapaces de defender sus fronteras de las bandas de traficantes de personas. Sus pueblos han sido infectados con el virus del desprecio al patriotismo, al sacrificio y a lo militar. Y, por último, pocos de los nativos están dispuestos a alistarse para morir por unos gobiernos que les desprecian y unas sociedades multiculturales hostiles.

El gobierno ruso tiene un mal ejército y, encima, desgastado, pero tiene voluntad de combatir y de vencer, y unos medios de destrucción estremecedores contra los cuales apenas hay defensa. En los últimos días, sólo con artillería, drones y misiles ha matado a casi un centenar de personas en Kíev, Kramatorsk, Pryluky y otras ciudades. ¿Pretenden los políticos europeos escalar la crisis hasta que un incidente, como fue el asesinato del heredero del imperio austrohúngaro por un terrorista serbio, desencadene un conflicto mayor?

Quien no acepte los equilibrios de fuerza y el realismo debería apartarse. Una de estas personas es la estonia Kaja Kallas, representante de la UE para Asuntos Exteriores, que ha propuesto «derrotar a Rusia» y desmembrarla (lo que no pudieron conseguir ni Napoleón ni Hitler) y juzgar a Putin, a sus ministros y sus generales como a los nazis. ¿No sería mejor alcanzar un acuerdo como el que puso fin a la crisis de los misiles en Cuba?

Mientras tanto, en España, el Gobierno de Sánchez no quiere que se hable de la invasión de Ceuta por Marruecos, ni de los drones, ni del escudo antimisiles instalado en la base de Rota, que a la vez que nos protege nos convierte en objetivo. El mayor asunto de debate de la política española son las ancianas que viven de la renta antigua… y el segundo, el pucherazo que prepara Moncloa. Quizás sea un alivio vivir en esta burbuja. Así estamos enfadados en vez de asustados.