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ENTREVISTA

Rosa Belmonte: «No salimos de la Guerra Civil, es el legado de Zapatero con una ley de memoria que rescató el rencor»

Rosa Belmonte y Emilia Landaluce hablan de política, feminismo, 'moderaditos' o apropiación cultural, entre otros

De las leyendas negras del comunismo a la sumisión química: 'Corazón de sílex', el afilado 'thriller' de las periodistas

«A nosotras nos pusieron bonicas, como diría Rosa», rememora Emilia Landaluce junto a Rosa Belmonte sobre aquel reportaje en el que logró juntar a los generales supervivientes de ambos bandos de la Guerra Civil. Aquella «foto preciosa de reconciliación» desató un alud de acusaciones de «blanquear el franquismo», al igual que le ocurre al personaje de Corazón de sílex (Espasa), el nuevo libro de las periodistas. Rosa Belmonte considera que este tipo de situaciones son reflejo de un clima marcado por una contienda que jamás se ha cerrado. «Es evidente que la Guerra Civil no está superada. La gran contribución de José Luis Rodríguez Zapatero y su legado consiste en una ley de memoria histórica, que ahora es de memoria democrática, que decide no olvidar y rescatar el rencor. No salimos de la Guerra Civil», aclara la también colaboradora de El Hormiguero en esta entrevista de las dos autoras con COOL.

Landaluce prefiere alinearse con una perspectiva concreta: «Me quedo con la frase de Marías, la de ‘los justamente vencidos contra los injustamente vencedores’». Aunque también le gusta atemperar el asunto con la ironía: «Siempre rescato esa frase célebre de Matías Cortés que decía ‘sí, Franco hizo muchas cosas buenas, pero un pelín fusilón’. Creo que hay gente que vive de exacerbar esos odios».

Este ambiente de trinchera ha derivado en una polarización que Belmonte compara con la tensión deportiva, aunque con matices. «Se vive todo como un Madrid-Barça. Es un mundo de trincheras, de bandos, que se ve más desde la política o la gente que habla en la televisión, pero ya llega también a la gente normal», declara. Al recordar cómo era el debate político en la Transición, Belmonte señala que, aunque los enfrentamientos parlamentarios «eran durísimos», «no tenían los insultos sin gracia de ahora, que no tienen ningún contenido». Landaluce coincide: «Ahora no hay insultos, ahora hay zascas, que es una paletada».

En esta dinámica de bloques, el término medio ha quedado penalizado y la imposición de etiquetas a la orden del día. Belmonte denuncia que «se hablaba antes de los equidistantes y ahora de los moderaditos como si fueran lo peor de lo peor». «¿Por qué tengo yo que estar de acuerdo con una cosa o con la otra en su totalidad? Eso es ridículo, claro que hay grises», agrega. Landaluce matiza que «la equidistancia entre el bien y el mal está mal, eso no es moderado».

Esa misma acidez impregna sus novelas, donde entrelazan la ficción con disparatadas teorías reales del periodismo de archivo. Es el caso de la leyenda urbana que sostiene que Santiago Carrillo mató a su primera mujer y la enterró en la casa de la Pasionaria en Francia. También consiguen superar el reto de mezclar temas peliagudos, como la sumisión química, con el tono satírico sin hacer que ese registro reste peso y seriedad al asunto; les sale de manera espontánea.

«No nos tomamos a nosotras mismas en serio y el humor nos sale de forma natural, incluso en los peores momentos. Lógicamente, no te vas a reír de algo trágico que le pasa a otra persona, pero si te pasa a ti, lo haces de manera natural», explica Belmonte, mientras que Landaluce se declara «muy enemiga de la solemnidad», aunque admiten que su postura les cuesta críticas y se les afea muchas veces como si no se tomaran las cosas en serio. «El otro día un señor me criticaba porque en El Hormiguero me reía mucho. No voy a cambiar ahora», afirma Belmonte.

«Las mujeres nunca hemos vivido mejor que ahora»

Al abordar el contexto social actual, con asuntos como la sexualidad o la situación de las mujeres, Landaluce se muestra tajante contra el derrotismo: «Es el mejor momento en Occidente para ser mujer u homosexual; nunca se ha estado mejor. Eso de que hay una marcha atrás sólo es verdad para algunas personas. La caída de la natalidad o del porcentaje de emparejamientos pasa en todas las civilizaciones, no es que aquí estemos entretenidos con el móvil o que las mujeres se hayan hecho más feministas».

Belmonte se enfurece al pensar en otras latitudes: «Lo de Afganistán… yo es que me suicidaría, directamente. Que eso lo esté permitiendo Occidente me parece indignante. Pero las mujeres en Occidente nunca hemos vivido mejor que ahora, y no estamos obligadas a casarnos ni a tener hijos». Aunque, en relación al coste de vivir con independencia, Rosa Belmonte reconoce que «ser soltera y poder vivir sola es un privilegio», mientras Landaluce apunta: «Igual que es un privilegio encontrar al hombre de tu vida, casarse y tener hijos estupendos. Sin embargo, si te sale un hijo drogadicto, pues es una putada».

Poder vivir la soltería, analizan, es un «privilegio», precisamente, por la dificultad que implica: todo resulta más complicado de afrontar estando solo. «Si tienes hijos, tienes deducciones», señala por un lado Emilia Landaluce, mientras que Rosa Belmonte indica que «viajar solo es más caro y, ahora mismo, con la crisis de la vivienda que hay, hay gente que no se puede ni permitir vivir sola». «Hay gente que no se puede permitir divorciarse», remarca la primera.

El debate sobre el feminismo y las cuotas de poder también aflora en la conversación. Rosa Belmonte cuestiona los discursos promovidos en los últimos años: «Todas las mujeres somos feministas, y si no eres feminista es que no eres muy lista. Pero claro, el feminismo, como decía Doris Lessing, es la igualdad de oportunidades, igualdad de salario, ayudas para guarderías… Y todo lo demás es bla, bla, bla. El feminismo promulgado desde el ministerio de Irene Montero provoca reacciones porque hay cosas que son ridículas».

«Una de las intenciones del feminismo es que una mujer tonta pueda llegar tan lejos como un hombre tonto»

Sin embargo, Belmonte enfatiza que la brecha real persiste en los puestos altos: «En la oposición a la judicatura, hay una mayoría abrumadora de mujeres. Pero empiezas a escalar y sigue habiendo una mayoría abrumadora de hombres, porque son los hombres los que te eligen. Mientras te tengan que elegir, estamos en una posición de inferioridad». Por eso, sostiene que «una de las intenciones del feminismo es que una mujer tonta pueda llegar tan lejos como un hombre tonto». En el terreno cultural, no obstante, ve mayor apertura: «Una escritora puede ser leída muchísimo, tanto como un hombre. Además, la mayoría de los lectores son mujeres. Y ahora hay muchísimas directoras de cine y guionistas que están teniendo su lugar, cuando antes hablábamos de Ana Mariscal como una cosa extraordinaria».

Para ambas, la cultura más vinculada a lo intelectual y la cultura popular coexisten sin conflicto. Mezclar a Carmen Martínez-Bordiú, Bárbara Rey o Chelo García-Cortés con nombres de la filosofía como Raymond Aron es algo natural que ponen en práctica en la novela. «Los dos están dentro de lo que hemos leído, visto y vivido. Me parece artificial escapar de todo eso», defiende Belmonte. Landaluce suscribe esta visión recurriendo a Lázaro Carreter: «Decía que la persona culta es la que sabe cambiar de registro idiomático, y lo mismo pasa con la gente culta; tiene que saber de todo. Hay gente que lee cosas supuestamente importantes y está leyendo basura, y gente que no ha estudiado y tiene muchísimo más sentido común».

El «desprecio desde la superioridad cultural» y la apropiación cultural de la izquierda

Aunque, lo cierto es que ese «desprecio» desde «una supuesta superioridad cultural tampoco es nuevo», recuerda Belmonte: «Creen que todo lo demás es inferior. Pero, ¿por qué no voy a hablar de Søren Kierkegaard y de Paqui la coles? (…) Antes los columnistas serios no hablaban de fútbol y ahora todos lo hacen. Pues el fútbol es tan extraordinario como ver Sálvame, cuando lo veíamos».

Tampoco se muestran dispuestas a aceptar la etiqueta que vincula la cultura a una sola ideología, habitualmente a la izquierda. «Hablar de ‘gente de la cultura’ como un posicionamiento político ya es un poco risible», opina Landaluce. Belmonte añade que se trata de «una superioridad y un prejuicio que no es verdad»: «¿Usted por qué se va a apropiar de la cultura como diciendo que no hay humoristas o autores de derechas?». De igual modo, Rosa Belmonte lamenta la politización de ciertos símbolos identitarios y pone un ejemplo reciente visto en Francia: «Dentro de las protestas de los estudiantes franceses -las reales, no las de radicales-, tocaron La Marsellesa. Es verdad que luego tocaron la Internacional, pero también La Marsellesa. Tú imagínate aquí a unos estudiantes de izquierdas protestando y tocando el himno nacional. Es impensable».

Finalmente, al ser preguntadas sobre qué preferirían entre ganar el Premio Planeta o que su obra sea adaptada a una serie de éxito internacional, Belmonte responde sin rodeos: «Lo que dé más dinero, sin ningún lugar a dudas». Landaluce coincide con su propio toque de sorna: «Yo lo quiero en chistorras. Nosotras seríamos muy buenas ricas, haríamos cosas por la humanidad, como las misses». A lo que Belmonte remata: «Pero primero la familia, y luego la humanidad».