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CRÍTICA

‘Satie/Planès’, excepcional recital en la Fundació Miró

El ciclo Miró y la Música se despidió el viernes 25 de septiembre con el recital Satie/Planès, excepcionalmente único

El ciclo Miró y la Música se despedía el viernes 25 de septiembre con un recital excepcionalmente único y de ahí la presencia entre el público de personas con apellido influyente. Se anunciaba el recital Satie/Planès, en absoluto por capricho, sino porque es la etiqueta comúnmente utilizada para referirse a Satie, el disco editado en marzo de 2025 por Harmonia Mundi en el que el pianista francés Alain Planès rinde homenaje al compositor Erik Satie en el centenario de su muerte y no de cualquier manera: gran parte del repertorio está tocado en un piano de cola Pleyel de 1928, con el ánimo de recoger la atmósfera sonora en tiempos de Erik Satie.

Me he referido a un recital excepcionalmente único por varias razones. En primer lugar, por la admiración y respeto que sentía Joan Miró por la obra de Erik Satie, un compositor fuertemente conectado con las vanguardias en el primer cuarto del siglo XX, como el mismo Miró. Asimismo, la estrecha relación del pianista Planès con Joan Miró y con sus herederos, a quienes dedicó el recital. La tercera, y no menos simbólica, es el hecho de celebrarse el recital en el auditorio de la Fundación Miró.

Creo no equivocarme si digo que este recital ya justifica por sí solo el acuerdo entre el Festival de Deià y la Fundación para poner en marcha el ciclo Miró y la Música, que venía a inspirarse en el libro homónimo escrito por Joan Punyet Miró, nieto del artista, en el que se relata la costumbre de Joan Miró de escuchar música, acto seguido apagarla y meterse en su estudio a trabajar en silencio.

Un dato a subrayar. Este recital fue por iniciativa de la Fundación Miró.

Vayamos con el recital, y antes que nada, con el interesante perfil de Alain Planès, reconocido como voz autorizada, incluso autoridad internacional en lo relacionado con la obra de Erik Satie, especialmente por su enfoque tan respetuoso y riguroso con la naturaleza del estilo del compositor francés y, como prueba de ello, verlo sentado al piano siguiendo con atención cuanto aparecía en cada partitura, y no por casualidad.

Él mismo lo dice: «En la música del pasado, el reto es imaginar cómo quería el compositor que su obra sonara y el único camino es seguir sus indicaciones. En la partitura todo está escrito, menos lo esencial: encontrar el carácter de la música y acertar en los cambios de atmósfera». Su depurada técnica, en especial su prodigiosa mano izquierda, le permite explorar con acierto a Satie, y buen ejemplo de ello es dejar que las notas paródicas hablen por sí solas, sin sobrecargar la interpretación. Además de dominar las partituras, Planès es buen conocedor del contexto de las vanguardias contemporáneas de Satie.

A propósito de aquellas vanguardias, conocerlas en grado aceptable es el camino adecuado para entender la obra de Satie, que en gran medida es la caja de resonancia de las singularidades atribuibles al dadaísmo, cubismo y surrealismo que, a través de la propia militancia en ellas del compositor, han dejado huella en su obra, hasta el punto de considerarle el precursor, nada menos que del minimalismo, aunque en origen era la consecuencia lógica de la íntima relación con lo que en su tiempo cabía entender. 

De hecho, el simple gesto de escuchar el repertorio con la mente abierta es suficiente para captar la riqueza que esconde su minimalismo, pues no en vano Erik Satie antes que nada era hijo de su tiempo, un tiempo sumergido en el romanticismo tardío y un academicismo estricto y asfixiante, que fue rechazado por Satie, eligiendo frente al dramatismo y el sonido pesado una música austera de formas muy breves.

Como ya he adelantado, en realidad asistimos a un recital que recorría los interiores de Satie, el álbum del año pasado donde no podían faltar sus piezas maestras más emblemáticas, que se corresponden con el período 1888-1897: Gnossienne y Gymnopédie; incluso el único bis, el vals Je te veux, también incluido en el álbum, es una composición breve creada entre 1897 y 1901. Después sonaron Pieces froides, Embryons dessechés y Chapitres tournées en tous sens.

Joan Miró sentía fascinación por Erik Satie probablemente desde que en el año 1917 asistió al estreno en el Gran Teatro del Liceo de Parade, ballet con música de Satie, libreto de Jean Cocteau y decorados de Picasso. Ya residiendo en París desde 1921, entabló amistad con Satie. Y de nuevo le fascinó otro ballet con su música: Mercure, estrenado en 1924. Cerrando el círculo, ahí estaba Alain Planès, invitado por Miró en 1978 a pasar unas semanas en la isla. También colaboró con los herederos del legado Miró.