El árbol de la turismofobia en Mallorca no se ha movido solo
«Unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces». La célebre expresión de Xavier Arzalluz describía una estrategia política: unos crean el clima y otros aprovechan sus consecuencias. Salvando las enormes distancias entre los hechos, la mecánica que encierra aquella metáfora resulta inquietantemente reconocible en la Mallorca de la turismofobia.
Desde hace años, la izquierda y la extrema izquierda llevan construyendo un relato que presenta al turista como el responsable de casi todos los males de la isla. La falta de vivienda, la presión sobre los servicios públicos, la saturación o los bajos salarios tienen, según ese discurso, un culpable con rostro reconocible: quien nos visita. Así, el turista ha dejado de ser el motor económico del que dependen decenas de miles de familias para convertirse en el enemigo perfecto.
Las palabras, sin embargo, nunca son inocuas. Cuando durante años se señala a un colectivo como responsable de todos los problemas, resulta ingenuo pensar que nadie acabará llevando ese discurso un paso más allá. Primero llegan las pintadas, los escraches y los sabotajes; después, el vandalismo organizado. Las ideas tienen consecuencias, especialmente cuando quienes las difunden ocupan tribunas políticas e institucionales.
Eso es precisamente lo que hemos visto estos días. Las detenciones de activistas practicadas por la Policía no surgen de la nada. Son la respuesta del Estado de derecho a unos presuntos actos vandálicos que nunca debieron producirse. Lo verdaderamente llamativo no ha sido la actuación policial, sino la reacción de una gran parte de la izquierda.
Lejos de condenar con claridad unos comportamientos incompatibles con cualquier democracia, ha preferido cuestionar a la Policía, presentar a las detenidas como víctimas e incluso elevarlas a la categoría de activistas comprometidas. Es el viejo reflejo ideológico: cuando la violencia beneficia al relato propio, siempre aparece una excusa para justificarla, minimizarla o convertir a sus autoras en mártires de una supuesta causa social.
Y ahí reside la verdadera responsabilidad política. No porque la izquierda haya cometido los actos vandálicos, sino porque lleva demasiado tiempo abonando el terreno sobre el que esos comportamientos terminan germinando. Quien convierte sistemáticamente al turista en el culpable de todos los males no puede fingir sorpresa cuando algunos deciden pasar de la pancarta al adoquín.
Mallorca tiene problemas reales y merece soluciones serias. La vivienda, la planificación territorial, las infraestructuras o la gestión del éxito turístico exigen reformas profundas. Pero ninguna de ellas pasa por demonizar a quienes sostienen buena parte de nuestra economía ni por tolerar que el vandalismo se disfrace de activismo.
La metáfora de Arzalluz conserva toda su fuerza. Antes de que alguien recoja las nueces, otro ha tenido que sacudir el árbol. En Mallorca, el árbol de la turismofobia no se ha movido solo. Lo han sacudido durante años quienes hicieron del turista un chivo expiatorio. Y ahora que algunas han llevado ese discurso hasta la delincuencia, los mismos que alimentaron ese clima no solo se niegan a asumir responsabilidad alguna: prefieren convertir a estas sujetas en heroínas antes que reconocer que el odio, cuando se siembra, siempre acaba dando fruto.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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