Este árbol recuerda a la construcción de las pirámides: el Matusalén de madera tiene 5.000 años de antigüedad y su ubicación es secreta
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En las White Mountains californianas, a cerca de 3.000 metros de altitud, sobrevive un pino cuya semilla germinó en la época en que los egipcios levantaban sus pirámides. Lo llaman Matusalén, como el patriarca bíblico, y los cálculos le atribuyen unos 4.850 años, lo que lo sitúa entre los árboles individuales vivos más antiguos que se conocen. Pero quien espere encontrarse un titán frondoso se llevará una sorpresa, porque lo que se ve es un tronco retorcido, una copa muy clara y buena parte de la madera ya muerta, sostenida por una franja estrecha de corteza que aún hace circular la savia.
Su emplazamiento exacto no figura en ningún mapa oficial. El Servicio Forestal estadounidense prefiere mantenerlo en secreto para evitar que algún visitante lo dañe o se lleve un trozo de recuerdo, y por eso, aunque el Bosque Nacional de Inyo acoge numerosos pinos longevos que pueden contemplarse durante un paseo, ninguno aparece señalado como el célebre Matusalén. Más allá de la curiosidad, el árbol interesa mucho a los científicos, ya que los anillos de su tronco guardan una crónica del clima de épocas remotas, con sequías y vaivenes de temperatura de los que no quedó ninguna medición directa y que ayudan a afinar lo que sabemos sobre el pasado del planeta.
Este árbol recuerda a la construcción de las pirámides: el Matusalén de madera tiene 5.000 años
El secreto de Matusalén está en el sitio donde vive. A esa altitud los suelos aportan pocos nutrientes, llueve poco, el viento no da tregua y las temperaturas cambian de golpe, un escenario en el que la mayoría de las especies no pasaría de la juventud. El pino longevo, en cambio, ha convertido esa escasez en ventaja ya que crece con una lentitud extrema y fabrica una madera densa, cargada de resina, que resiste bien a los insectos, a los hongos y a la descomposición, de modo que el tiempo apenas la desgasta.
En los ejemplares más antiguos gran parte del tronco está muerta y la vida se concentra en una banda fina de corteza, una forma de ahorrar recursos que les permite seguir adelante donde otros se rendirían. Por eso su éxito no tiene nada que ver con la corpulencia ni con la belleza que solemos asociar a un árbol monumental. En su caso, consume poco y soporta condiciones que frenan tanto su crecimiento como el de cualquier competidor que intente instalarse a su lado.
Por qué es tan difícil saber cuál es el más viejo
Señalar al árbol más antiguo del mundo es menos sencillo de lo que parece, porque no todos los récords miden lo mismo. En un tronco sano basta contar los anillos, pero si está hueco o dañado pueden faltar algunos y la edad pasa a ser una estimación. Con los organismos que se extienden por las raíces y van produciendo troncos nuevos con el paso de los siglos el cálculo se complica todavía más. En las mismas montañas crece otro pino al que se le atribuyen más de 5.000 años, aunque las cifras varían según la fuente, y conviene distinguir entre la edad confirmada de un ejemplar concreto y las aproximaciones generales.
Más triste es la historia del pino Prometeo, en Nevada, al que se calculaban entre 4.700 y 5.200 años. En 1964 lo talaron durante una investigación científica, antes de que se comprendiera hasta qué punto era excepcional, y es posible que fuera más viejo que el propio Matusalén. Su caso se recuerda hoy como una advertencia de lo rápido que puede perderse un récord natural cuando nadie ha reparado aún en su valor.
Alerces, cedros, secuoyas y un bosque que es un sólo organismo
La longevidad extrema no es exclusiva de las montañas secas de Norteamérica. En el sur de Chile crece el alerce (Fitzroya cupressoides), en bosques fríos y húmedos de los Andes, y uno de sus ejemplares más conocidos alcanzó, según estudios científicos, unos 3.639 años; su lento crecimiento y las cualidades de su madera explican esa vida larga, aunque la tala intensiva lo puso en serio peligro. Y en la isla japonesa de Yakushima, Patrimonio Mundial de la UNESCO, viven cedros milenarios como el Jōmon Sugi, cuya edad se calcula en varios miles de años sin que exista una cifra confirmada, porque datar troncos irregulares y huecos es muy difícil.
Si el criterio es el tamaño, el campeón es otro californiano: la secuoya General Sherman, en el Parque Nacional de Sequoia, con unos 84 metros de altura, un tronco de unos 1.487 metros cúbicos y cerca de 31 metros de perímetro en la base. Tiene unos 2.200 años, mucho menos que Matusalén, pero acumula más madera que ningún otro ser vivo. Y en Utah se extiende Pando, un bosque de álamos temblones que en realidad es un único organismo genéticamente idéntico, con unos 43 hectáreas y unos 47.000 troncos unidos por la misma red de raíces. Se le calculan entre miles y decenas de miles de años, con una cifra que según dicen podría llegar a los 80.000, aunque nunca ha sido confirmada. Sin embargo, ni siquiera estos colosos son invulnerables, ya que los incendios intensos, la sequía prolongada y el exceso de ramoneo sobre los brotes jóvenes amenazan su futuro.
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