Contenido
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- 0.2 El fenómeno del ‘sadfishing’ llega con fuerza a España: no deja de crecer y pone en alerta a los expertos
- 0.3 Si alguno de estos 3 es tu color favorito, la psicología dice que puedes tener menos autoestima que el promedio
- 1 ¿Qué les sucede a las personas que se quejan siempre?
Durante mucho tiempo, quejarse ha sido visto como una forma inofensiva de desahogo cotidiano. Expresar malestar, verbalizar lo que no funciona o compartir frustraciones parece, a simple vista, una manera natural de aliviar tensiones. Sin embargo, cuando la queja se convierte en un hábito constante y la persona se instala de forma permanente en un discurso negativo, los efectos pueden ir mucho más allá de lo emocional. La ciencia lleva años advirtiendo que las personas que se quejan siempre es algo que no solo influye en el estado de ánimo, sino que también puede alterar la forma en que funciona el cerebro.
Quedarse atrapado en la queja implica mucho más que una percepción pesimista de la realidad. Significa entrenar al cerebro para fijarse de manera prioritaria en lo que falla, en lo que genera malestar o en lo que se percibe como amenaza. Estudios en neurociencia y psicología como el publicado por el Dr. Travis Bradberry, han demostrado que esta forma de pensar activa de manera constante los circuitos del estrés, con consecuencias directas sobre la memoria, la capacidad de razonamiento y la regulación emocional. Lo que comienza como una expresión verbal termina convirtiéndose en un patrón mental difícil de cambiar si no se es consciente de él.
¿Qué les sucede a las personas que se quejan siempre?
Cuando una persona se queja de forma reiterada, su organismo responde como si estuviera ante un peligro constante. El cuerpo libera cortisol, la hormona del estrés, diseñada para ayudarnos a reaccionar ante situaciones puntuales. El problema surge cuando esta activación se mantiene en el tiempo.
Según investigaciones publicadas por la Organización Mundial de la Salud, el estrés crónico está vinculado a alteraciones cognitivas, problemas de concentración y un mayor riesgo de trastornos emocionales.
La queja persistente mantiene al cerebro en estado de alerta, incluso cuando no existe una amenaza real. Esto desgasta los recursos mentales y dificulta la capacidad de tomar decisiones con claridad. A largo plazo, la persona puede sentirse mentalmente agotada, irritable y con menor tolerancia a la frustración.
Cambios reales en el cerebro de los que se quejan
Durante años se pensó que el impacto del estrés prolongado sobre el cerebro era reversible y limitado. Sin embargo, investigaciones recientes como las publicadas en Neurosciences Journal han demostrado que la exposición continua a pensamientos negativos puede provocar cambios estructurales.
Dichas investigaciones cuentan cómo estudios experimentales, inicialmente realizados en animales y posteriormente confirmados en humanos mediante técnicas avanzadas de resonancia magnética, muestran alteraciones en el hipocampo, una región clave para la memoria y el aprendizaje.
El efecto contagio de la negatividad
La queja constante no solo afecta a quien la practica. Diversos estudios en psicología social como los publicados por el National Institutes of Health (NIH), han demostrado que la negatividad es altamente contagiosa.
Escuchar de forma repetida discursos cargados de queja activa en los demás las mismas redes neuronales asociadas al estrés. En entornos laborales, familiares o sociales, esto puede generar climas tensos y relaciones marcadas por el agotamiento emocional.
La trampa de la identidad negativa
Otro de los efectos menos visibles de lo que les pasa a las personas que se quejan es la construcción de una identidad basada en el malestar. La persona empieza a definirse por lo que le falta, por lo que le molesta o por lo que considera injusto. Este relato interno se refuerza con cada repetición y dificulta el cambio, ya que abandonar la queja implica cuestionar una parte central de la propia identidad.
Cognitivamente, el cerebro tiende a buscar coherencia. Si alguien se percibe a sí mismo como una persona a la que todo le sale mal, interpretará la realidad de manera que confirme esa creencia. Este sesgo cognitivo alimenta un círculo vicioso difícil de romper sin un trabajo consciente.
Consecuencias en la salud física y emocional
El impacto de quedarse atrapado en la queja no se limita al cerebro. El estrés crónico está asociado a problemas cardiovasculares, trastornos del sueño, debilitamiento del sistema inmunológico y mayor riesgo de ansiedad y depresión. La Agencia Europea de Medicamentos recoge en diversos informes la relación entre estrés prolongado y un desmejoramiento general de la salud.
Además, las personas que se quejan constantemente suelen experimentar una sensación de impotencia aprendida. Al centrarse en lo negativo sin buscar soluciones, disminuye la percepción de control sobre la propia vida, lo que refuerza el malestar emocional y la pasividad.
Romper el hábito de la queja
Cambiar este patrón no implica negar los problemas ni adoptar un optimismo forzado. Se trata de aprender a identificar cuándo la queja deja de ser una expresión puntual para convertirse en un hábito. Técnicas como la atención plena, la reestructuración cognitiva o el entrenamiento en gratitud han demostrado ser eficaces para reducir la activación del estrés y modificar patrones de pensamiento negativos.
Universidades europeas como la Universidad de Granada han publicado estudios que muestran cómo entrenar la atención hacia aspectos positivos o neutros de la experiencia diaria puede generar cambios medibles en el cerebro, fortaleciendo áreas relacionadas con la regulación emocional.






