La psicología dice que las personas que desean el mal a los demás no son malas, más bien su cerebro actúa así como mecanismo de defensa

La psicología dice que las personas que desean el mal a los demás no son malas, más bien su cerebro actúa así como mecanismo de defensa

En la convivencia diaria aparecen enfados, rivalidades, decepciones y pensamientos que preferiríamos no tener. A veces surgen de manera repentina y desaparecen sin dejar huella; otras, se transforman en deseos conscientes de perjudicar a otra persona. Esa diferencia resulta importante, porque no todo pensamiento relacionado con el daño revela una intención real. La Asociación Estadounidense de Ansiedad y Depresión (ADAA) explica que los pensamientos intrusivos pueden generar miedo precisamente porque chocan con los valores de quien los experimenta. Ahora bien, las personas que desean el mal a los demás no son malas tienen cierto mecanismo de defensa. Desear conscientemente hacer daño implica una motivación distinta, aunque tampoco significa necesariamente que vaya a convertirse en una acción.

En ese sentido, resulta clave entender qué hay detrás de quienes desean el mal a los demás. La ira, la venganza, el resentimiento o una percepción distorsionada del poder pueden alimentar este tipo de deseos. Desde la ADAA señalan que algunas personas dañan incluso a quienes son inofensivos porque perciben que amenazan su posición o reconocimiento. En otros casos, la explicación puede encontrarse en una menor sensibilidad ante el sufrimiento ajeno o, en situaciones más extremas, en el placer que produce contemplarlo. Por eso, detrás de una conducta dañina pueden existir motivaciones muy diferentes. También conviene observar la frecuencia, la intensidad y el contexto en que aparecen estas ideas, sin convertirlas automáticamente en una descripción permanente de la personalidad de quien las experimenta de forma muy consciente.

Cómo son las personas que desean el mal a los demás

La diferencia entre un pensamiento y un deseo

Uno de los aspectos más importantes es distinguir entre una idea involuntaria y una intención consciente. Según la ADAA, los pensamientos intrusivos sobre el daño pueden resultar angustiosos porque aparecen contra la voluntad y contradicen aquello que la persona considera correcto. Pueden generar miedo, ansiedad o culpa porque la persona no quiere llevarlos a cabo.

El deseo consciente de desear mal a los demás funciona de otra manera. Puede estar vinculado con la ira, el odio, la venganza o el resentimiento hacia alguien. En estos casos, el pensamiento puede sentirse compatible con las creencias de la persona e incluso producir satisfacción. Sin embargo, ese deseo no permite afirmar que alguien vaya a actuar. Hay que separar intención y conducta.

¿Qué sucede cuando aparece el resentimiento?

El resentimiento puede convertir un conflicto en una visión negativa de la otra persona. Una ofensa, una humillación percibida o una disputa por reconocimiento pueden alimentar la sensación de recuperar poder mediante el daño.

Los especialistas de Trinity College Dublin destacan la importancia de las amenazas percibidas al estatus social para entender conductas agresivas. Así, alguien puede perjudicar incluso a quien no representa un peligro físico o económico.

“La amenaza puede estar en la reputación o la sensación de superioridad. El deseo de hacer daño no siempre nace de un enfrentamiento directo: puede surgir de una comparación social”, mencionan los expertos.

¿Cuál es el papel de la empatía ante el sufrimiento?

La empatía también ayuda a entender estas conductas. Según Trinity College Dublin, la mayoría de las personas evita causar sufrimiento porque imaginar el dolor ajeno resulta desagradable. Cuando esa reacción es menor, puede existir menos freno emocional ante algunas acciones perjudiciales.

El caso más extremo descrito por esta institución corresponde al sadismo: personas que disfrutan con el dolor o la humillación de otros. No obstante, no todo sadismo adopta formas extraordinarias. Existe también el llamado sadismo cotidiano, menos extremo y extendido, que puede manifestarse disfrutando peleas, escenas violentas o sufrimiento ajeno.

Sadismo cotidiano y deseo de hacer daño

El concepto de sadismo cotidiano muestra que el deseo de dañar no pertenece únicamente al imaginario de torturadores o asesinos. Puede aparecer en comportamientos cotidianos, aunque eso no significa que toda persona que disfrute de una película violenta sea sádica. La clave está en el placer ante el sufrimiento y la intención de provocarlo.

Por eso, conviene evitar diagnósticos improvisados. Desear que alguien fracase, sentir rabia después de una discusión o un pensamiento desagradable no basta para definir la personalidad de alguien. El contexto y la relación entre pensamientos, emociones e intenciones ayudan a comprender qué ocurre.

Una conducta que requiere contexto

Las personas que desean el mal a los demás no forman un grupo homogéneo. Algunas atraviesan ira o resentimiento; otras interpretan situaciones como amenazas; en casos extremos existe disfrute del sufrimiento. Además, un pensamiento relacionado con el daño puede ser completamente distinto cuando aparece de forma involuntaria y provoca angustia.

Según las instituciones mencionadas, es importante diferenciar pensamientos, deseos y comportamientos para no generar confusión. Por lo tanto, entender sus diferencias permite evitar juicios precipitados y reconocer mecanismos diversos detrás de una conducta dañina.

El deseo de perjudicar no convierte automáticamente a una persona en alguien peligroso, pero sí merece atención cuando existe una intención consciente y persistente de hacerlo.

 

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