Anécdotas de películas

El bofetón del director de ‘El exorcista’ a un cura real para rodar la extremaunción más impactante del cine

La anécdota tras una de las escenas más famosas de la historia del cine, en 'El exorcista', de William Friedkin

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Imagen de la película 'El exorcista'. (Warner Bros.)
Paula M. Gonzálvez

El rodaje de la película El exorcista, en 1973, ya era un auténtico infierno terrenal. Su director, William Friedkin, no creía en las simulaciones ni en los artificios dramáticos; buscaba la verdad física y emocional a cualquier precio, aunque eso implicara cruzar líneas éticas que hoy dinamitarían cualquier producción cinematográfica.

Para el papel del padre Joseph Dyer, el cineasta tomó una decisión inusual: en lugar de contratar a un actor consagrado, fichó a William O’Malley, un sacerdote jesuita real que ejercía como profesor, y jamás se había puesto frente a una cámara profesional.

La falta de tablas del religioso se convirtió en un obstáculo insuperable durante el rodaje de la conmovedora escena final. En ella, el padre Dyer debía administrar la extremaunción a su compañero, el padre Karras, tras el fatal desenlace. La secuencia exigía una carga drástica de dolor, turbación y un temblor visceral en las manos. Sin embargo, toma tras toma, la interpretación de O’Malley resultaba plana, rígida y carente del colapso emocional que exigía el guion.

Con la paciencia agotada y el equipo de rodaje bajo una tensión insoportable, Friedkin decidió intervenir a su manera. Pidió un receso, mandó despejar ligeramente el encuadre y se acercó despacio al sacerdote. Le sujetó suavemente las manos, lo miró a los ojos con calidez y le formuló una pregunta casi íntima: «Padre, ¿usted me quiere?».

Confuso por la repentina muestra de afecto en mitad del caos, O’Malley esbozó una sonrisa franca y respondió: «Claro que sí, Bill, te quiero». En el segundo exacto en que las palabras salieron de la boca del jesuita, Friedkin le cruzó la cara con un bofetón ensordecedor.

El impacto retumbó en todo el plató. Antes de que el sacerdote pudiera encajar la humillación, la rabia o el desconcierto, el director se giró hacia la cámara y gritó con furia: «¡Acción!». La lente captó sin filtros el resultado del exceso: un hombre abrumado por el shock, con el rostro descompuesto, las manos tiritando de forma incontrolable y lágrimas verdaderas brotando de la impotencia.

Esa reacción, nacida de un abuso de confianza en pleno set, fue la que quedó inmortalizada en el montaje final, que sobrecogió a millones de espectadores en todo el mundo que vieron El exorcista.

Años después, el propio O’Malley admitió que, aunque la humillación pública lo devastó en aquel instante, el perdón cristiano y el asombro al ver la sobrecogedora verdad de la escena en pantalla le hicieron disculpar la temeraria treta del director.