Cuando alguien se va a dormir, lo que busca es descanso, silencio y un momento de desconexión. La sorpresa llega cuando aparece una pesadilla. Cuando eso ocurre de vez en cuando, sin patrón ni frecuencia, tiene poca relevancia.
Pero el psicólogo Timothy Hearn, de la Universidad Anglia Ruskin, advierte que las personas que las sufren cada semana tienen el triple de probabilidades de morir antes de los 75 años. Algo que pocos se esperan al cerrar los ojos.
Así se relacionan las pesadillas frecuentes con el envejecimiento y la muerte prematura
La afirmación de Hearn recoge los resultados de una investigación liderada por el Dr. Abidemi Otaiku, del Imperial College London, y presentada en el Congreso de la Academia Europea de Neurología de 2025. El equipo combinó datos de cuatro estudios longitudinales en Estados Unidos con más de 4.000 participantes de entre 26 y 74 años, a los que siguió durante 18 años. Durante ese periodo murieron prematuramente 227 personas.
Los investigadores midieron la edad biológica de los participantes mediante tres relojes epigenéticos, marcas químicas en el ADN que indican a qué ritmo envejece el organismo. Las personas con pesadillas semanales resultaron biológicamente más viejas que su edad real. Ese envejecimiento acelerado explica aproximadamente el 39% del vínculo entre las pesadillas y la muerte prematura.
El mecanismo que propone Hearn es el del estrés crónico. Las pesadillas activan una respuesta de lucha o huida tan intensa que el cerebro no distingue del peligro real. El cortisol y la adrenalina se disparan noche tras noche, lo que genera inflamación, daña el ADN y desgasta los telómeros, los extremos protectores de los cromosomas.
A ello se añade que las interrupciones del sueño profundo impiden que el organismo repare tejidos y elimine residuos celulares. El riesgo resultante se sitúa en un nivel comparable al del tabaquismo intenso, por encima de la obesidad o el sedentarismo.
Estudios anteriores ya habían vinculado las pesadillas frecuentes con un mayor riesgo de demencia y párkinson, a veces décadas antes de que aparezcan los primeros síntomas diurnos. Las áreas cerebrales implicadas en los sueños coinciden con las que afectan estas enfermedades neurodegenerativas, lo que convierte a las pesadillas recurrentes en una posible señal de alerta temprana.
Por qué se tienen pesadillas y qué hábitos ayudan a reducirlas
Las pesadillas son el mecanismo del cerebro para procesar emociones no resueltas, miedos o estrés acumulado. El estrés y la ansiedad cotidiana activan las áreas cerebrales que gestionan las emociones negativas durante la fase REM. Los traumas pasados se manifiestan en forma de sueños recurrentes, síntoma habitual del trastorno de estrés postraumático.
El alcohol, la nicotina, la cafeína y ciertos fármacos, como algunos antidepresivos o medicamentos para la hipertensión, también alteran esa fase del sueño. Cenar tarde y con exceso activa el metabolismo y la actividad cerebral justo cuando el cuerpo necesita calmarse.
Reducir su frecuencia está al alcance de la mayoría. Mantener horarios de sueño estables regula el ritmo biológico. Dedicar los treinta minutos previos a acostarse a actividades tranquilas, sin pantallas, facilita la transición al descanso. Una cena ligera al menos dos horas antes de dormir y un dormitorio fresco, oscuro y silencioso completan el entorno ideal.
Para las pesadillas recurrentes, la terapia de ensayo en imaginación (IRT) ofrece resultados contrastados: el paciente reescribe el final del sueño mientras está despierto y lo visualiza antes de dormir, lo que puede modificar el patrón con el tiempo.
