Contenido
- 0.1 La frase de 8 palabras que tranquiliza a un niño enfadado en 30 segundos y funciona siempre, según los psicólogos
- 0.2 Todos los militares profesionales comparten estos rasgos de personalidad, según un estudio psicológico
- 0.3 La razón por la que las personas mayores de 70 años se vuelven más irritables, según los especialistas
- 1 La queja como forma de relacionarse: una demostración de falta de habilidades sociales
- 2 Los psicólogos defienden que la queja constante afecta negativamente a tu cerebro
Tenemos claro que gestos cotidianos como la dificultad para iniciar una conversación demuestran pocas habilidades sociales, pero hay uno más discreto y mucho más significativo: no parar de quejarse. ¿Tienes ese amigo que dice que todo le pasa a él, nadie le entiende y que vive entre injusticias?
Si lo tienes, estás ante una persona que ha convertido la queja en su idioma principal. Lo curioso es que no es una simple actitud ni el fruto de una mala racha, sino que varios expertos en habilidades sociales y psicología lo han relacionado con las escasas habilidades sociales.
Es el caso de la profesora de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) y psicóloga María J. García-Rubio, que explicó a la BBC que los patrones repetitivos de insatisfacción pueden ser señal de un déficit emocional y social. Es decir, la queja se convierte en un bucle y una forma de buscar validación y atención.
A veces parece que en nuestra sociedad se ha normalizado el lamento constante, casi como una forma de entablar conversación. Todo gira en torno al tráfico, el malvado jefe, el clima, etc. Sin embargo, cuando este hábito se cronifica puede convertirse en una estrategia fallida de interacción.
El fenómeno no es nuevo y García-Rubio no ha sido la primera en señalarlo. El psicoanalista Saverio Tomasella lo bautizó como el síndrome de Calimero, en referencia a un pollito animado que siempre se lamentaba de ser incomprendido.
En su libro explica que muchas personas han vivido experiencias traumáticas o injusticias reales, y utilizan la queja como vía para expresar un dolor que no saben canalizar de otra forma.
Esto acaba provocando que haya personas que se quejen por cosas aparentemente insignificantes. No hablan de un verdadero problema, sino de lo que se sienten capaces de expresar sin miedo a ser juzgados. La queja se transforma en una válvula de escape, pero también en una barrera para conectar con los demás.
Los psicólogos defienden que la queja constante afecta negativamente a tu cerebro
Más allá del plano social, la neurociencia ha detectado consecuencias reales en el funcionamiento del cerebro. Por ejemplo, centrarse constantemente en lo negativo activa el sesgo de negatividad, un mecanismo evolutivo que nos hacía estar alerta frente a peligros, pero que hoy se convierte en un obstáculo emocional.
Este sesgo tiene una explicación: sirve para que el cerebro humano detecte amenazas y estemos a salvo, pero si lo usamos en exceso puede venirse en contra. «Focalizarse en lo malo de manera continua puede alterar la forma en que las personas ven el mundo», ha explicado García-Rubio.
Pero el problema va más allá: «El acto de lamentarse puede provocar cambios estructurales en el cerebro que, a su vez, generan problemas en la resolución de conflictos y la función cognitiva».
Y más allá de los rasgos cerebrales por ser una persona negativa, las consecuencias físicas y mentales pueden ser desastrosas. La queja constante se asocia a síntomas de ansiedad, fatiga mental y baja autoestima.
Dicho de otra manera, las personas que se quejan todo el tiempo son más vulnerables a desarrollar trastornos del estado de ánimo.