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Los nacidos en enero suelen estar rodeadas de una serie de creencias populares que las describen como más inteligentes, disciplinadas o con mayor capacidad de liderazgo. Estas ideas, que circulan tanto en el imaginario colectivo como en publicaciones de divulgación, no surgen únicamente de la astrología o del azar cultural. En los últimos años, la ciencia ha comenzado a analizar con mayor profundidad cómo el mes o la estación de nacimiento pueden influir, de manera sutil pero medible, en determinados aspectos del desarrollo físico y cognitivo.
Lejos de afirmaciones deterministas, diversos estudios científicos han explorado lo que se conoce como el “efecto de la estación de nacimiento”, una línea de investigación que analiza cómo factores ambientales tempranos, como la luz solar, la nutrición materna o la exposición a infecciones, pueden dejar huella en el desarrollo neurológico. En este contexto, los nacimientos que se producen en invierno, y especialmente en los nacidos en enero, han mostrado asociaciones interesantes con ciertos indicadores cognitivos, lo que ha alimentado la idea de que quienes llegan al mundo en este mes podrían tener ventajas específicas. El psicólogo Àlex Letosa declara en sus redes que los nacidos en enero y febrero tienen más posibilidades de ocupar un cargo de liderazgo, a acceder a estudios universitarios, y obtener calificaciones más altas en los estudios. «También una posibilidad mayor de obtener un buen puesto de trabajo».
Qué dice la ciencia sobre los nacidos en enero
La investigación sobre el impacto del mes de nacimiento no es nueva, pero durante décadas estuvo centrada casi exclusivamente en el ámbito de la salud mental. Uno de los fenómenos más estudiados por distintas instituciones, como por ejemplo la Universidad de Cambridge, ha sido la relación entre el nacimiento en invierno y un mayor riesgo de esquizofrenia, una asociación replicada de forma consistente en estudios epidemiológicos internacionales. Sin embargo, este mismo enfoque ha permitido observar efectos paralelos en la población general, más allá de cualquier patología.
Un estudio longitudinal de gran escala publicado en Schizophrenia Research y disponible en la base de datos científica ScienceDirect analizó el desarrollo de más de 22.000 niños desde el nacimiento hasta los siete años. Los resultados mostraron que los nacidos en invierno y primavera, un grupo en el que se incluyen los nacidos en enero, presentaban mejores indicadores de desarrollo físico y cognitivo en comparación con quienes nacían en verano o bien en otoño.
Desarrollo cognitivo y habilidades intelectuales
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es el rendimiento cognitivo observado en distintas etapas del desarrollo infantil. Los niños nacidos en invierno obtuvieron puntuaciones significativamente más altas en pruebas estandarizadas como la Escala Motora de Bayley a los ocho meses, la Prueba de Bloques de Graham-Ernhart a los cuatro años y las escalas de inteligencia de Wechsler a los siete años.
Estos resultados no implican que los nacidos en enero sean más inteligentes, pero sí sugieren que determinados factores asociados a la estación de nacimiento pueden favorecer, de media, un desarrollo neurocognitivo ligeramente más avanzado. Los investigadores apuntan a variables como una mejor nutrición materna durante el embarazo tardío o diferencias hormonales vinculadas a la exposición a la luz solar.
Factores ambientales y biológicos implicados
La explicación de estas diferencias no reside en el mes de nacimiento en sí, sino en el contexto biológico y ambiental que rodea a la gestación y los primeros meses de vida. Durante el embarazo, la cantidad de luz solar influye en la síntesis de vitamina D, un nutriente esencial para el desarrollo cerebral.
En latitudes europeas, las madres que dan a luz en enero han pasado el último trimestre del embarazo en meses con menor radiación solar, lo que paradójicamente puede generar adaptaciones biológicas beneficiosas.
Además, algunos estudios, como el publicado por BioMed Central, sugieren que los patrones estacionales de infecciones virales, la temperatura ambiente y los ritmos circadianos pueden interactuar con el desarrollo del sistema nervioso central. Instituciones como UNICEF han señalado en diversos informes que los primeros mil días de vida son críticos para el desarrollo cognitivo y que pequeños factores ambientales pueden tener efectos acumulativos a largo plazo.
Más allá de la inteligencia: personalidad y comportamiento
La idea de que los nacidos en enero son realmente más listos o más altos (todos conocemos a personas que tienen su cumpleaños en enero y tienen estatura media o baja) suele ir acompañada de otros rasgos atribuidos, como la constancia, la responsabilidad o la capacidad de planificación.
Aunque estos aspectos pertenecen en gran medida al ámbito de la psicología de la personalidad, algunos investigadores han observado correlaciones entre la edad relativa dentro del aula y el rendimiento académico.
En muchos sistemas educativos europeos, los niños nacidos a principios de año suelen ser los mayores de su cohorte escolar. Esta ventaja relativa de edad puede traducirse en un mejor desarrollo académico en las primeras etapas educativas, reforzando la percepción de mayor capacidad intelectual. De igual forma que se cree que los nacidos en diciembre pueden tener menos capacidades.
Ahora bien, con el tiempo, estas diferencias tienden a diluirse, pero pueden influir en la autoestima y en la motivación temprana.
Riesgos y límites de creer que los nacidos en enero son más listos
Es importante subrayar que los propios autores de los estudios antes vistos advierten contra interpretaciones simplistas. El hecho de que se observen medias más altas en determinados indicadores no significa que todos los nacidos en enero compartan las mismas características ni que el mes de nacimiento determine el destino cognitivo de una persona.
De hecho, el mismo estudio que identifica mejores resultados cognitivos en niños nacidos en los meses de invierno también señala una asociación con un mayor riesgo de ciertos trastornos mentales. Esto pone de manifiesto la complejidad del desarrollo humano y la imposibilidad de reducirlo a un único factor temporal.
Además, entre otros, la clave está en aceptar que la inteligencia no solo se mide en números, sino también en la capacidad de gestionar las emociones y cuidar del propio bienestar. Sea como sea, hay estudios pero temas generales que no corresponden con los establecido.
