La inteligencia emocional no ayuda a sumar como una calculadora ni a resolver un problema complejo. Sirve para algo mucho más cotidiano: cómo reaccionamos ante lo que nos pasa. Cuando algo no sale como esperabas, alguien te molesta o surge un conflicto y toca responder, ahí se ve si salen los nervios o si la reacción es más regulada.
A diferencia de lo que muchos creen, la inteligencia emocional es una habilidad que se debe practicar con constancia, ya que no se adquiere de un día para otro. Afortunadamente, hay un hábito sencillo que puede incluirse en la rutina para dejar de actuar por impulsos y gestionar la situación con más calma y criterio.
Este es el sencillo hábito que mejora la inteligencia emocional de las personas, según la ciencia
Según el estudio liderado por Ciarán O’Driscoll, uno de los errores más comunes al hablar de inteligencia emocional es pensar que depende del carácter o de la buena voluntad. Su trabajo muestra que muchas dificultades emocionales tienen más que ver con cómo interpretamos lo que ocurre que con lo que ocurre en sí.
Ahí entra en juego la reevaluación cognitiva, también conocida como cognitive appraisal. Se trata de entrenar la capacidad de reinterpretar una situación antes de reaccionar. No consiste en engañarse ni en «verlo todo positivo», sino en ampliar la mirada para que la emoción no tome el control absoluto.
Dicho de forma sencilla: el hecho es el mismo, pero el significado que le das cambia la intensidad de lo que sientes. Y cuando baja la intensidad, aparece el margen para decidir cómo responder.
Los ejercicios de regulación cognitiva se apoyan justo en esta idea. Ayudan a reducir respuestas emocionales desproporcionadas y refuerzan la resiliencia emocional. Por eso se usan desde hace años en psicología clínica y en programas de entrenamiento emocional: funcionan porque actúan antes de que la reacción se dispare.
La reevaluación cognitiva no reprime emociones. Al contrario, parte de reconocerlas y darles un contexto más ajustado. Un comentario seco puede ser una falta de respeto, o alguien teniendo un mal día. Un error puede ser un fracaso, o información útil para no repetirlo.
Cómo entrenar este hábito de forma sencilla y mejorar la inteligencia emocional
La práctica empieza en el momento incómodo, no después. Cuando una situación te activa, conviene parar un segundo y abrir un espacio antes de reaccionar. Una pregunta basta para hacerlo: «¿Qué otra explicación podría tener esto?». No resuelve el problema, pero frena el impulso y te devuelve algo de control.
Para entrenar esta habilidad, estos ejercicios resultan especialmente prácticos:
- Reenfoque en oportunidades. Ante un reto que te supera o te incomoda, cambia el foco. En lugar de quedarte en el «¿por qué a mí?», prueba con «¿qué me obliga a entrenar esta situación?».
- Distanciamiento en tercera persona. Cuenta lo que ha pasado como si le ocurriera a otra persona. Al hacerlo, la emoción pierde fuerza y los hechos se ordenan mejor.
- Cuestionamiento socrático. Revisa tus pensamientos con algo de rigor. Pregúntate si lo que estás pensando es un hecho comprobable o una suposición.
- Registro de pensamientos. Ponerlo por escrito ayuda más de lo que parece. Anota qué ha pasado, qué te has dicho y cómo te has sentido.
- Puesta en perspectiva. Cuando algo se vuelve grande en tu cabeza, amplía el plano. ¿Qué más está ocurriendo ahora mismo que también cuenta? Un detalle pequeño basta para que el problema deje de ocuparlo todo.
Estos ejercicios no buscan eliminar emociones ni forzar una actitud positiva. Sirven para que la reacción no vaya siempre por delante de ti. Practicados con regularidad, no cambian la vida de golpe, pero sí muchas respuestas diarias.
