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El agua con gas suele despertar opiniones encontradas. Para algunas personas es una alternativa refrescante al agua natural; para otras, una bebida que conviene evitar por supuestos efectos negativos sobre la salud. En los últimos años, estos recelos se han amplificado en redes sociales, donde se repiten advertencias sobre su impacto en la tensión arterial, los huesos o la salud dental.
Sin embargo, buena parte de estas afirmaciones no siempre se apoyan en evidencia científica contrastada. Ante esta confusión, voces expertas como la de Boticaria García, doctora en Farmacia y nutricionista, han contribuido a desmontar algunos de los mitos más extendidos sobre el agua con gas. Desde una mirada divulgativa pero rigurosa, su mensaje invita a revisar qué hay realmente detrás de estas creencias y a distinguir entre riesgos reales y temores infundados. Entender cómo se compone esta bebida y cómo actúa en el organismo es clave para incorporarla —o no— a la dieta cotidiana con criterio.
Qué es exactamente el agua con gas
El agua con gas no es más que agua a la que se le ha añadido dióxido de carbono (CO₂), de forma natural o artificial. Este gas se disuelve en el líquido y le aporta efervescencia, además de un sabor ligeramente ácido. A diferencia de los refrescos, no contiene azúcares, edulcorantes ni aditivos, salvo que se trate de versiones aromatizadas.
Desde el punto de vista nutricional, su composición es muy similar a la del agua sin gas. Puede contener minerales como sodio, calcio o magnesio, aunque en cantidades variables según la marca y el origen del agua. Por eso, revisar la etiqueta resulta fundamental para conocer sus características concretas.
El mito de la tensión arterial
Uno de los temores más frecuentes es que el agua con gas eleva la tensión arterial. Esta idea se basa en la presencia de sodio, pero conviene matizarla. La normativa europea establece que un agua se considera baja en sodio cuando contiene menos de 20 miligramos por litro, un umbral que cumple la mayoría de las aguas con gas disponibles en el mercado.
El European Food Information Council señala que el sodio presente en estas cantidades no tiene un impacto significativo en la presión arterial en personas sanas. Solo en casos concretos, como dietas estrictamente controladas por hipertensión severa, podría recomendarse una revisión más detallada del consumo.
¿Afecta a la salud ósea?
Otro mito recurrente es que el agua con gas perjudica los huesos. Esta creencia surge, en parte, de la confusión con algunos refrescos que contienen ácido fosfórico. Un consumo elevado de este ácido, sin una ingesta adecuada de calcio, sí podría afectar a la salud ósea a largo plazo.
Sin embargo, el agua con gas no contiene ácido fosfórico, sino únicamente CO₂. Según la Academia Española de Nutrición y Dietética, no existe evidencia científica que relacione el consumo de agua con gas con una disminución de la densidad ósea ni con un mayor riesgo de osteoporosis, tampoco en mujeres, uno de los colectivos más sensibles a este tipo de preocupaciones.
El esmalte dental bajo la lupa
La acidez del agua con gas es otro de los aspectos que genera dudas. Su pH es ligeramente ácido, pero se sitúa muy lejos del nivel de acidez de los refrescos azucarados. Además, al no contener azúcar ni otros fermentables, no favorece la aparición de caries.
Diversos estudios, como el citado por Didsbury Dental Practice, coinciden en que el consumo moderado de agua con gas no daña el esmalte dental en personas con una higiene bucal adecuada. El riesgo real aparece cuando se combina acidez con azúcares, algo que no ocurre en este caso.
Efectos sobre la digestión
Más allá de los mitos, el agua con gas sí puede tener efectos fisiológicos reales. En algunas personas, estimula la secreción gástrica, lo que puede facilitar la digestión y acelerar el vaciado del estómago. También se ha observado que puede mejorar el tránsito intestinal en determinados casos.
No obstante, este efecto no es universal. Personas con síndrome de intestino irritable, dispepsia funcional, aerofagia, reflujo gastroesofágico o hernia de hiato pueden experimentar molestias, como hinchazón o sensación de pesadez, debido al gas.
Para la hidratación
La dietista Lauren Sullivan, de la Clínica Cleveland, los beneficios del agua con gas se encuentran en la hidratación. En este sentido, resulta tan hidratante como el agua sin burbujas.
«Beber agua con gas puede hacer que experimentes un aumento inmediato y a corto plazo de la sensación de saciedad o plenitud», afirma Sullivan.
Cuándo conviene moderar el consumo de agua sin gas
Como ocurre con muchos alimentos y bebidas, la clave está en la individualización. El agua con gas es segura para la mayoría de la población y puede formar parte de una dieta equilibrada. Sin embargo, no es la mejor opción para todo el mundo ni en cualquier circunstancia.
Escuchar las señales del propio cuerpo resulta fundamental. Si tras consumirla aparecen molestias digestivas, lo más prudente es limitar su ingesta o reservarla para momentos puntuales.
