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El español que se anticipó a Jack el Destripador: la historia real de ‘Sacamantecas’, primer asesino en serie confundido con el hombre del saco

Antonio de la Torre interpreta a Juan Díaz de Garayo, 'el sacamantecas', que aterrorizó a la sociedad de la época

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Antonio de la Torre en 'Sacamantecas'. (Caviar Films)
Paula M. Gonzálvez

Antes de que la niebla de Londres cobijara el mito de Jack el Destripador, el horror ya caminaba por los senderos de la Llanada Alavesa. En pleno siglo XIX, un hombre selló su leyenda negra como el primer asesino en serie documentado de España, al sembrar un pavor ancestral que hoy recupera el pulso en Sacamantecas, la película dirigida por David P. Sañudo (Ane). Con un inmenso Antonio de la Torre en la piel del monstruo y Patricia López Arnaiz como el rostro de la resistencia y la búsqueda de justicia, la cinta desentierra aquellos crímenes estremecedores para sacudir la cartelera.

El cine español ya se había adentrado antes en este mito, con el precedente directo El sacamantecas, una película de 1979 dirigida por Jesús del Val y Juan Carlos Ruiz de Gordoa que adaptaba los crímenes de Juan Díaz de Garayo en la Vitoria de finales del siglo XIX. Por otro lado, algunos títulos recientes han abordado la mitología popular que bebe históricamente de la sombra proyectada por los crímenes del sacamantecas, como El hombre del saco (2023).

El sacamantecas y el hombre del saco no nacieron siendo la misma figura, aunque el imaginario popular español haya terminado entrelazándolos con el paso del tiempo. Por una parte, el sacamantecas remite a un origen histórico real sustentado en asesinos decimonónicos como el propio Juan Díaz de Garayo en Álava o Manuel Blanco Romasanta en Galicia. El mito que los rodeaba sostenía que extirpaban la grasa (o manteca humana) de sus víctimas para comercializarla como ungüento, remedio curativo o lubricante. Además, asesinos reales como Díaz de Garayo atemorizaron y atacaron principalmente a mujeres adultas.

Por otra parte, el hombre del saco surgió originalmente como un arquetipo del folclore infantil global, una criatura legendaria representada como un anciano harapiento que erraba con un saco a la espalda para secuestrar a los niños desobedientes. Sin embargo, ambos conceptos terminaron fusionándose en la memoria colectiva por dos factores clave: los crímenes atroces de principios del siglo XX contra menores -como el trágico crimen de Gádor en Almería en 1910, donde se utilizó un saco y se extrajo sangre y grasa a un niño para curar a un hombre adinerado- y el propio lenguaje cotidiano de la época, en el que las familias empezaron a emplear indistintamente la amenaza del sacamantecas o del hombre del saco para infundir respeto a los más pequeños. Así, en la cultura popular actual, ambos nombres han quedado estrechamente emparentados como sinónimos del terror.

Juan Díaz de Garayo, ‘el sacamantecas’

Juan Díaz de Garayo nació en el pequeño pueblo de Eguílaz en 1821. Conocido popularmente como el zurrumbón -o, de manera más infame, el sacamantecas- era en apariencia un campesino de la empobrecida sociedad rural de la época. Criado entre privaciones y bregado en trabajos de servidumbre por los pueblos de los alrededores, nadie sospechaba que bajo su robusta apariencia y aparente normalidad se ocultaba una mente criminal implacable.

La trayectoria criminal de Garayo no se debió a un arrebato aislado, sino a una cadena sistemática de terror. Entre finales de la década de 1860 y principios de la de 1880, el territorio alavés se vio azotado por la desaparición y el hallazgo de los cadáveres de varias mujeres. A Garayo se le atribuyen oficialmente seis asesinatos probados y múltiples agresiones e intentos frustrados.

Su modus operandi solía repetirse con sombría regularidad: abordaba a mujeres -generalmente viudas, vendedoras o caminantes humildes a las que captaba en las inmediaciones de Vitoria o caminos rurales- y les ofrecía una pequeña cantidad de dinero a cambio de mantener relaciones sexuales. Cuando surgían disputas por el pago o las condiciones, el asesino desataba un furor ciego. Las estrangulaba sin piedad, las agredía sexualmente y, en muchos casos, utilizaba un cuchillo para abrirlas en canal, mutilando sus cuerpos de forma atroz.

La crueldad de los crímenes y el estado en el que aparecían las víctimas hicieron que la imaginación popular y el miedo colectivo revivieran la figura mítica del sacamantecas, un ente con el que las madres amenazaban a los niños desobedientes. Lo que muchos ignoraban es que detrás de ese espantoso arquetipo popular se ocultaba una persona de carne y hueso.

La presión social y las investigaciones acabaron estrechando el cerco sobre él. Su detención supuso una auténtica conmoción en la sociedad decimonónica española. Tras ser capturado por las autoridades y confesar los crímenes, los informes forenses de la época llegaron a analizar su fisonomía bajo los prismas pseudocientíficos del momento, y destacaron rasgos brutos o primitivos en sus mandíbulas.

Durante su estancia en la prisión de Vitoria, Garayo, que era analfabeto, aprendió a leer y escribir, mientras que la justicia siguió su curso y fue condenado a la pena capital y ajusticiado mediante garrote vil el 11 de mayo de 1881 en el Polvorín Viejo de Vitoria. Paradójicamente, su rostro y su leyenda alcanzaron tal dimensión que fotógrafos de la época immortalizaron su figura en varios retratos carcelarios, y lo convirtieron en el primer gran icono del true crime patrio.

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Patricia López Arnaiz en ‘Sacamantecas’. (Caviar Films)

La película Sacamantecas huye con acierto del artificio del thriller estadounidense convencional para abrazar un tono arraigado en la historia española. Sacamantecas no busca únicamente el efectismo gore o el susto fácil, sino que realiza un ejercicio de arqueología cinematográfica y social, y sumerge al espectador en la atmósfera asfixiante de la España rural de finales del siglo XIX, marcada por la pobreza, la violencia de las guerras carlistas y la desprotección institucional hacia las mujeres.

La interpretación de Antonio de la Torre hiela la sangre precisamente por huir del villano de caricatura: compone un asesino cotidiano, sordo al dolor ajeno, que aterra por su pasmosa normalidad. Por su parte, Patricia López Arnaiz aporta el anclaje emocional necesario, y dota a su personaje de una dignidad y una fuerza arrolladoras en su empeño por destapar una verdad que las autoridades prefieren silenciar.

Como toda película basada en hechos reales, Sacamantecas introduce licencias narrativas y elementos de ficción para cohesionar el relato dramático. Entre ellas destaca el peso de la investigación coral y personal: aunque existieron pesquisas policiales y rondas de vigilancia, la figura de Ángela Berrosteguieta (el personaje de Patricia López Arnaiz) como una hermana volcada en la investigación frente a la desidia oficial está dramatizada para dotar de un hilo conductor emocional y de suspense a la trama. En la vida real, la captura de Garayo respondió más al avance de las pesquisas de la Guardia Civil, delatores y a las pistas acumuladas en sus últimos tropiezos criminales que a una investigación familiar tan focalizada.

Asimismo, la estructura temporal y el punto de vista se adaptan al medio cinematográfico, que comprime los tiempos, agrupa vivencias de los matrimonios de Garayo y dramatiza los diálogos íntimos y los pensamientos del asesino -de los cuales existen registros judiciales y confesiones, pero cuyas motivaciones psicológicas han de ser inevitablemente interpretadas y moldeadas por los guionistas y el actor-. Con todo, la cinta respeta escrupulosamente el trasfondo histórico, los escenarios geográficos alaveses y la crudeza de unos asesinatos que marcaron un antes y un después en la criminología española.

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