Suena extraño, pero la psicología lo avala: si das demasiadas explicaciones es porque tienes baja autoestima

La psicología sugiere que este exceso de explicaciones nace del miedo al rechazo

La tendencia a justificar cada decisión personal es un indicador directo de fragilidad emocional asociada a una baja autoestima. (Foto: Freepik)

La tendencia a justificar cada decisión personal es un indicador directo de fragilidad emocional asociada a una baja autoestima. (Foto: Freepik)

A menudo caemos en la trampa de justificar cada paso que damos, como si necesitáramos una validación externa constante que apruebe nuestra existencia. La necesidad de ofrecer demasiadas explicaciones suele esconder una realidad interna bastante más frágil de lo que parece a simple vista. No es cortesía, sino un síntoma claro de que nuestra percepción de la propia valía depende de la aprobación ajena.

La sensación de que debemos justificar todo lo que hacemos responde a un mecanismo de defensa de una baja autoestima. El temor a ser juzgados o a no ser «suficientes» nos empuja a construir argumentos defensivos, incluso cuando nadie nos lo ha pedido o ha preguntado nada. En el fondo, este comportamiento revela que, lamentablemente, creemos que debemos buscar en el otro el permiso para ser quienes somos.

¿Por qué sentimos que debemos explicarnos constantemente?

Si das explicaciones innecesarias, la psicología apunta directamente a una baja autoestima. Según la experta Silvia Congost, esta conducta nace del sentimiento de culpa y del miedo a que nos dejen de querer si no demostramos que somos personas dignas de afecto. Quien siente que debe justificar su forma de ser suele creer que el amor no es algo gratuito, sino algo que se debe ganar mediante méritos y argumentos constantes.

Esta dinámica deriva de la baja autoestima y de la idea errónea de que debemos ofrecer algo a cambio para que nos acepten. Sin embargo, la realidad es que las personas que te aprecian y te respetan no requieren «validar» tus actos. Justificarse en exceso genera un estrés innecesario y nos hace perder la objetividad sobre nuestras prioridades, olvidando que somos responsables ante nosotros mismos antes que ante los demás.

«Cuando te digo que no te justifiques me refiero a esa esfera en la que no podemos parar de intentar demostrar quiénes somos, defendiéndonos a través de argumentos e incluso acciones (que muchas veces ni siquiera nos han pedido) con las que solo queremos corroborar que somos buenos y dignos de amor», puntualiza la psicóloga experta en dependencia emocional, autoestima y relaciones.

Causas que nos llevan a justificarnos cuando tenemos baja autoestima

Aprender a poner límites y ser asertivo

Para romper este ciclo, es fundamental entender que tienes derecho a no explicarte. Tal como detallan en La mente es maravillosa, la presión social o familiar nos empuja a justificar nuestra vida y nuestras decisiones. No obstante, practicar la asertividad implica reconocer que nuestras opiniones y sentimientos son válidos por sí mismos, sin necesidad de que un tercero los certifique.

Poner límites es una herramienta clave. Frases cortas y directas suelen ser suficientes para frenar la demanda de explicaciones. Aceptar que habrá personas que «entiendan lo que quieran», independientemente de lo que digas, te libera de la carga de intentar convencer a todo el mundo. Al final, dejar de dar demasiadas explicaciones por todo se convierte en uno de los pasos más firmes hacia la recuperación del amor propio.

Consejos de la Clínica Mayo para mejorar la autoestima

La salud mental requiere un trabajo activo sobre nuestra forma de pensamiento. Desde la Clínica Mayo sugieren que, para levantar la valoración personal, hay que identificar las situaciones que disparan la inseguridad. Prestar atención al diálogo interno y cuestionar si lo que nos decimos es realmente cierto ayuda a desmentir creencias irracionales que nos hacen sentir inferiores.

Cuestionar los pensamientos negativos y evitar filtros mentales que solo resaltan lo malo permite una perspectiva más equilibrada. En lugar de castigarse con «debería» o exigencias imposibles, resulta más sano concentrarse en los logros y en lo que hemos aprendido de las dificultades. El objetivo final es tomar distancia de los pensamientos automáticos y tratarse con la misma amabilidad con la que trataríamos a un buen amigo.

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