Carl Gustav Jung nació en 1875 en la Suiza germánica y pasó su infancia como un niño solitario con un mundo interior muy intenso. Era hijo de un pastor protestante, introvertido, dado a jugar solo y a construirse un universo propio de ideas. Esa soledad temprana, que no era ausencia de personas, sino dificultad para comunicar lo que sentía con profundidad, marcó su pensamiento durante toda su vida.
Con Freud desarrolló una de las colaboraciones más fértiles de la historia de la psicología, aunque también la más conflictiva: rompieron en 1912 por diferencias teóricas que ninguno de los dos fue capaz de salvar. Ya como fundador de la psicología analítica, Jung volcó en sus memorias de vejez una reflexión sobre la soledad que contradecía lo que casi todo el mundo asumía sobre el concepto. Lo que escribió sigue desconcertando décadas después.
Jung y su postura de la soledad interior: lo que sentimos, pero no podemos decir
La frase aparece en Recuerdos, sueños, pensamientos, la obra autobiográfica que Jung dictó en los últimos años de su vida, publicada en 1963, dos años después de su muerte.
El texto completo de la cita va más allá del fragmento más conocido: «La soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar cosas que nos parecen importantes, o de considerar que nuestros puntos de vista son inadmisibles para los demás».
Antes de precipitarse, no hay que interpretar que Jung estuviera describiendo a quienes viven solos. Estaba describiendo a quienes, rodeados de otros, sienten que lo que tienen dentro no encuentra salida. La soledad que le preocupaba era la de la incomunicación, la del que calla porque cree que nadie entenderá. Una soledad mucho más común, y mucho más difícil de remediar, que la soledad física.
Esa incapacidad de comunicar, según su psicología, tiene raíces profundas. Desde niño, Jung cultivó una vida interior rica que rara vez podía compartir con quienes le rodeaban. La sensación de que sus pensamientos eran «inadmisibles» para los demás no era solo timidez. Simplemente, era la intuición de que el mundo exterior y su mundo interior hablaban idiomas distintos.
Fromm, Schopenhauer y Yalom defienden la misma tesis
Jung no fue el único en llegar a esta conclusión. Erich Fromm, psicólogo alemán contemporáneo de Jung, argumentó en El arte de amar (1956) que la condición humana fundamental es la separación.
¿Y qué sería esto? Que cada persona vive encerrada en su propia conciencia, y la incapacidad de trascender esa separación a través de la comunicación y el amor es la fuente de la mayor parte del sufrimiento humano. Para Fromm, la respuesta al aislamiento no es rodearse de gente, sino aprender a conectarse de verdad.
El filósofo alemán Arthur Schopenhauer había llegado antes a una conclusión paralela: la persona de vida interior rica tiende a la insociabilidad no por elección, sino por necesidad. Quienes tienen pensamientos que difícilmente encuentran eco en los demás aprenden a no intentarlo. El resultado es una soledad que se instala aunque uno esté en compañía constante.
Más cerca en el tiempo, el psiquiatra existencial Irvin Yalom identificó lo que llamó «el aislamiento existencial» como una de las cuatro preocupaciones fundamentales del ser humano. Incluso en las relaciones más profundas, hay aspectos de la experiencia interior que no pueden transmitirse del todo. Cuando esa brecha es muy grande, o cuando se acepta sin intentar reducirla, la soledad se vuelve crónica.
La sombra y la máscara: el Jung que explica por qué callamos
La misma psicología de Jung ofrece una explicación para ese silencio. En su sistema de pensamiento, la «persona» es la máscara social que mostramos al mundo. ¿La sombra? Se preguntarán muchos. Para explicarlo, se parte de un conjunto de rasgos y comportamientos con los que respondemos a lo que se espera de nosotros. Frente a ella está la «sombra», el repositorio de todo lo que consideramos inadmisible en nosotros mismos y, por tanto, ocultamos.
El problema es que cuanto mayor es la distancia entre la persona que mostramos y la sombra que escondemos, mayor es el aislamiento interior. Comunicamos solo la máscara, nunca lo que hay detrás. Y la soledad que Jung describía en su cita es exactamente esa, la que surge de mostrar siempre el personaje y nunca el individuo real.
El proceso que Jung llamó «individuación» (el camino hacia la integración psicológica, hacia convertirse en quien uno realmente es) requiere precisamente lo contrario: atreverse a comunicar lo que la sombra contiene, a mostrar los pensamientos que se consideraban inadmisibles. Cuando ese proceso avanza, la soledad retrocede. No porque haya más gente alrededor, sino porque hay más verdad en el contacto.
