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La búsqueda de la felicidad tiene una respuesta concreta respaldada por décadas de investigación psicológica. Los estudios de expertos revelan que las personas más felices comparten un rasgo en común accesible para cualquiera. Se trata de una acción intencional que funciona como un potente antídoto contra el vacío existencial.
Este hábito muy simple gira en torno a fortalecer los lazos con la familia. Es un pequeño cambio que puedes comenzar a aplicar hoy mismo y que podría cambiar tu perspectiva desde el primer momento, mucho antes que cualquier éxito material.
¿En qué consiste el hábito diario que aplican las personas más felices?
La clave reside en estar cerca de la familia y dedicar tiempo de calidad a fortalecer esos lazos biológicos. Según explica Arthur C. Brooks, profesor de Harvard, tras sus ponencias en el IESE Business School de la Universidad de Navarra, el pilar fundamental para elevar nuestros índices de felicidad no es el dinero ni el prestigio, sino el cuidado deliberado de nuestras relaciones más próximas.
Brooks, quien transformó su propia visión del mundo tras escuchar una conversación ajena durante un vuelo, sostiene que las personas más felices son aquellas que priorizan a su familia. Esta acción es muy simple sobre el papel, pero a menudo la descuidamos bajo la falsa creencia de que «siempre habrá tiempo». Sin embargo, la evidencia sugiere que comenzar a invertir energía en este ámbito hoy mismo es la decisión más inteligente que podemos tomar.
La biología respalda esta afirmación. Los seres humanos funcionamos como una especie jerárquica basada en el parentesco. Nuestro cerebro libera oxitocina, conocida como el neuropéptido del amor, cuando interactuamos con nuestros seres queridos. Esta sustancia química, según la ciencia, genera una profunda sensación de bienestar y seguridad que ninguna aplicación tecnológica ni logro profesional puede replicar.
¿Por qué es importante priorizar la familia, según los expertos?
Mantener el apellido cerca no siempre resulta sencillo. De acuerdo con las observaciones de Brooks, incluso en las mejores familias surgen roces, diferencias de opinión o conflictos antiguos. No obstante, el experto anima a no huir de estas complejidades. Aceptar a los parientes con sus virtudes y defectos, trabajar el perdón y la honestidad, constituye una oportunidad inigualable de crecimiento personal.
El error más frecuente radica en dar por sentada la presencia de nuestros padres, hermanos o hijos. Brooks comparte con frecuencia un remordimiento personal que ilustra este punto. Lamenta haber perdido el contacto con sus padres, figuras brillantes que fallecieron jóvenes, porque durante su juventud creyó erróneamente que disponía de todo el tiempo del mundo para estar con ellos.
No hace falta esperar a las vacaciones o a una fecha señalada para estar con la familia. Se trata de integrar pequeñas dosis de convivencia en el día a día. Al fin y al cabo, tal y como sugieren los estudios sobre desarrollo adulto, la calidad de nuestras relaciones determina nuestra salud física y mental mucho más que el nivel de colesterol.
No todas las familias son iguales
Entender que somos seres sociales diseñados para la compañía nos obliga a revisar la agenda. Si bien la fe o el trabajo suman en la ecuación de Brooks, la familia actúa como un ancla emocional insustituible.
Eso sí, otros expertos advierten que conviene matizar el concepto. Para muchos, la familia no siempre se define por el apellido o la sangre. A veces, los vínculos biológicos resultan complejos o incluso dañinos. Por eso, la búsqueda de la felicidad no implica forzar relaciones que restan bienestar ni sostener situaciones tóxicas por pura obligación.
Cuando el lazo sanguíneo falla, también puede cobrar fuerza la «familia elegida». Se trata de esas personas que, sin compartir ADN, ofrecen el refugio y el apoyo incondicional que todos necesitamos.
El profesor de Harvard alerta sobre la soledad de quien solo cultiva «amistades de negocios» y descubre tarde el vacío de no tener con quien ser vulnerable. Al final del día, necesitamos gente que nos valore por nuestra esencia y no por el estatus. Esa costumbre de cuidar a los tuyos, sean parientes de nacimiento o compañeros de vida elegidos, constituye la inversión más inteligente y rentable a largo plazo.
