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En España, el año escolar comienza en septiembre. Eso significa que los niños nacidos en diciembre son, dentro de su clase, los más jóvenes, con una diferencia de edad de hasta once meses respecto a los nacidos en enero. Una brecha que, en la infancia, no es trivial. La investigación científica lleva décadas estudiando qué consecuencias tiene esa diferencia de edad dentro del aula.
Cabe remarcar, antes de avalanzarse hacia cualquier conjetura, que las conclusiones no son alarmistas, pero tampoco son neutras: los niños nacidos a finales de año presentan, de media, algunas desventajas mensurables frente a sus compañeros mayores.
¿Por qué los niños nacidos en diciembre parten con desventaja dentro del aula?
La explicación está en lo que los investigadores llaman el efecto de la edad relativa. En un aula donde conviven niños nacidos entre enero y diciembre del mismo año, la diferencia de madurez neurológica entre los mayores y los menores puede ser de casi un año entero. En los primeros cursos de primaria, ese margen se traduce en diferencias reales en capacidad de atención, coordinación motriz y habilidades socioemocionales.
Una revisión sistemática publicada en 2021 en la revista International Journal of Environmental Research and Public Health, firmada por Urruticoechea y colaboradores, analizó 21 estudios de 24 países y concluyó que los niños nacidos al final del año escolar (los relativamente más jóvenes de su clase) obtienen «puntuaciones significativamente más bajas en pruebas cognitivas y motoras» comparados con sus compañeros nacidos a principios de año.
La revisión detectó también mayores tasas de repetición de curso y menor desarrollo socioemocional. Y ojo aquí, porque los efectos documentados no se limitan al rendimiento en exámenes.
El estudio registró que los niños más jóvenes de cada cohorte tienden a tener menos amigos, menor autoestima y peor percepción de sus propias capacidades. Las diferencias son más marcadas en los primeros años de escolarización y se van atenuando a medida que avanza la educación primaria.
Más allá del rendimiento: el riesgo de diagnósticos erróneos
Investigaciones realizadas en la Universidad de Aarhus (Dinamarca), dirigidas por Søren Dalsgaard a partir del análisis de más de un millón de expedientes médicos infantiles, encontraron que los niños nacidos entre octubre y diciembre presentan una mayor probabilidad de recibir diagnósticos de trastornos mentales, especialmente TDAH y trastornos de ansiedad, durante la etapa escolar.
La interpretación más extendida entre los investigadores no es que estos niños estén más enfermos, sino que sus comportamientos son interpretados de forma distinta.
Un niño de cinco años y seis meses puede comportarse de manera muy distinta a uno de seis años y cinco meses, aunque ambos estén en el mismo grupo escolar.
Si el primero tiene dificultades de concentración o de autocontrol, el contexto del aula puede llevar a confundir esas diferencias con un trastorno, cuando en realidad son una consecuencia directa de la menor edad cronológica. El riesgo no está en el niño, sino en la interpretación de su conducta.
Las mismas investigaciones encontraron mayor probabilidad de abandono escolar en la adolescencia y menor acceso a estudios universitarios entre los niños nacidos en diciembre y en los meses previos, aunque estos datos son promedios poblacionales, no predicciones individuales.
Lo que el estudio no dice sobre los niños nacidos en diciembre, y lo que sí importa
Antes que nada, conviene contextualizar estos datos con cuidado. El efecto de la edad relativa está documentado y se repite en muchos países con sistemas educativos similares, pero no es determinista. Las diferencias son estadísticas, y ningún estudio afirma que el mes de nacimiento define el futuro académico de un niño concreto. Hay muchos niños nacidos en diciembre que rinden igual o mejor que sus compañeros mayores.
Lo que sí apuntan los datos es que el entorno puede marcar la diferencia. Los docentes que conocen este efecto son más cuidadosos antes de derivar a un niño a evaluación psicológica por comportamientos que podrían simplemente reflejar su menor madurez cronológica.
Los padres que lo conocen pueden relativizar las primeras comparaciones de rendimiento escolar sin exigir al niño que rinda exactamente igual que sus compañeros mayores.
Por último, las diferencias detectadas en los estudios tienden a reducirse significativamente a partir de los doce años, cuando la brecha de madurez biológica entre los compañeros de clase se estrecha. El efecto es real, pero no es permanente.
