Cuando se cría un niño, una de las cuestiones que más inquieta a muchos padres es cómo desarrollar su inteligencia. Hay quien apuesta pronto por los idiomas, como inglés, alemán o francés, y quien busca actividades tecnológicas con la idea de ir un paso por delante. Sin embargo, la ciencia apunta a algo más simple y mucho más cercano.
Se trata de un hábito cotidiano, fácil de aplicar y con efectos reales en el desarrollo cognitivo. Puede hacerse en casa, sin horarios rígidos ni materiales especiales, normalmente al final del día, cuando todo se relaja y queda un rato antes de dormir.
Este es el sencillo hábito que hace a los niños más inteligentes según un estudio psicológico
Durante años se ha repetido que leer a los niños es clave para su desarrollo y la realidad es que sí ayuda. El matiz está en cómo se hace. El estudio «Unlocking the Door: Is Parents’ Reading to Children the Key to Early Literacy Development?«, publicado en Canadian Psychology/Psychologie canadienne y firmado por Linda M. Phillips, Stephen P. Norris y Jim Anderson, revisa investigaciones previas y llega a una conclusión bastante clara: cuando el adulto lee y el niño se limita a mirar las ilustraciones, el avance en lectura y escritura suele ser limitado.
Según este trabajo, en muchas lecturas compartidas los padres apenas señalan el texto o comentan las palabras impresas, así que el niño centra la atención en los dibujos y pasa por alto las letras. Por eso, la lectura «de fondo» no acelera demasiado el aprendizaje lector.
En cambio, cuando el adulto dirige la atención del niño hacia el texto y le ayuda con estrategias concretas (seguir las palabras con el dedo, fijarse en letras y sonidos, comentar vocabulario), la lectura compartida sí impulsa la alfabetización temprana, incluso en niños de entornos más desfavorecidos.
Los niños dejan de ser oyentes pasivos y empiezan a trabajar el lenguaje de forma consciente. Activan la atención, la memoria y la capacidad de relacionar ideas. Algunos trabajos señalan mejoras medibles en habilidades cognitivas generales y avances claros en comprensión lectora desde edades muy tempranas.
Además, este tipo de lectura favorece un vocabulario más amplio y mejor estructurado. El niño no sólo escucha palabras nuevas, sino que las utiliza, las prueba y las conecta con situaciones concretas. Eso acelera el dominio del lenguaje y refuerza la capacidad de expresar ideas con claridad.
Por otro lado, cuando el adulto pregunta «¿por qué crees que ha hecho eso?» o «¿cómo se siente este personaje?», el niño aprende a pensar en causas y consecuencias. Ahí aparece el pensamiento crítico, la empatía y una forma más reflexiva de enfrentarse a las historias y, con el tiempo, a la realidad.
Cómo empezar a leer con tu hijo para criar niños más inteligentes
Lo mejor de este hábito es que no hace falta seguir métodos complicados ni convertir la lectura en una lección formal; sólo hay que cambiar la actitud. En lugar de leer de principio a fin sin interrupciones, conviene abrir espacio al diálogo. Pararse. Escuchar. Dar tiempo a que el niño responda, aunque se equivoque.
Funciona bien pedirle que describa lo que ve, que complete una frase conocida o que recuerde algo que ocurrió unas páginas antes. También ayuda relacionar el libro con su vida diaria: un parque parecido al que visita, una emoción que ya ha sentido, una situación familiar.
Señalar las palabras mientras se leen refuerza la relación entre sonido y escritura. Repetir un mismo libro varias noches no es un error, sino una ventaja: la repetición da seguridad y permite que el niño participe cada vez más.
El momento también importa. La lectura compartida encaja mejor en ratos tranquilos, sin prisas ni distracciones. Antes de dormir suele ser ideal, y no hace falta acabar el cuento. Si la conversación fluye, ahí está el verdadero valor.
