El hábito que hace a los niños más inteligentes y pocos padres trabajamos en España: avalado por psicólogos

Este es un hábito que puede costar al principio, pero los resultados en el desarrollo de los niños son mucho más beneficiosos de lo que imaginamos

Padre, hija, niños

Un padre cargando a su hija. Imagen: Pexels.

La crianza de los hijos es uno de los focos que más atención recibe en cualquier casa. Lo que hacen, lo que no hacen, lo que aprenden o incluso lo que dicen los niños sin querer deja pistas de cómo avanzan por dentro. La inteligencia suele ser uno de los temas que más inquieta a los padres, aunque, curiosamente, existe un hábito que puede potenciarla y que casi nadie conoce.

Hace décadas, un estudio realizado por el psicometrista Julian Stanley empezó a seguir a miles de menores con altas capacidades. Más de 5.000 niños con un coeficiente intelectual muy elevado pasaron por el Estudio Matemático de Jóvenes Precoces (SMPY), desarrollado en la Universidad Johns Hopkins. Los investigadores querían entender cómo evolucionaban estas mentes y qué factores marcaban una diferencia real.

Entre los participantes aparecieron figuras que hoy todo el mundo conoce, como Mark Zuckerberg, Sergey Brin o Lady Gaga. Sin embargo, lo importante no fueron sus futuros éxitos, sino una conclusión del estudio que señala un hábito clave que apenas trabajamos en España.

Este es el hábito que hace a los niños más inteligentes, pero que los padres apenas trabajamos según psicólogos

El SMPY mostró que la inteligencia no se impulsa sólo con clases extra, más deberes o una agenda llena. El hábito que marcó mayor diferencia fue algo que muchos padres intentan evitar por miedo a que sus hijos sufran: no temer al fracaso.

Los niños que convivían con el error crecían con una soltura mental que llamaba la atención. Cuando fallaban, en vez de hundirse, tomaban aire y buscaban una alternativa. El fallo no era una derrota. Era una pista. Y ese cambio de mirada disparaba su capacidad de resolver problemas, aumentaba su creatividad y les daba una confianza que no se compra con manuales ni con premios.

Sin embargo, esto no ocurre en casas donde cualquier tropiezo se vive como un drama. El miedo al error tensiona el cerebro del niño y bloquea el aprendizaje. Cuando ese miedo desaparece, la mente funciona con más fluidez. Asimila mejor lo nuevo y se atreve con retos más complejos.

Por otro lado, esa relación sana con el fallo refuerza una cualidad que en el estudio se vio imprescindible: la resiliencia. Los niños que aceptaban el error como parte del camino soportaban mejor la frustración y avanzaban con más constancia.

Muchos expertos coinciden en que esta mentalidad de crecimiento es una base esencial para que un niño despliegue todo su potencial. No porque vaya a convertirse en un genio, sino porque aprende a pensar sin miedo, analiza con calma y ajusta su estrategia cuando algo no cuadra. Es una habilidad que arrastra a lo largo de su vida y que marca la diferencia en cualquier etapa.

Cómo enseñarles a los hijos a perder el miedo al fracaso y crecer de forma más inteligente

Para que un niño pierda el miedo al fracaso, el ejemplo en casa es más importante que cualquier discurso. Cuando un adulto reconoce un error sin exagerar, el niño lo registra. Si escucha «esto no ha salido como quería, voy a probar otra forma», entiende que equivocarse no es un desastre.

Asimismo, conviene que los elogios no se centren en lo bien que ha quedado algo, sino en el esfuerzo. Si solo se celebra el acierto, el niño dejará de intentar cosas nuevas por miedo a fallar. En cambio, si valora su constancia, repetirá el intento con más calma.

También ayuda sentarse con él cuando algo no sale bien y hablarlo con naturalidad: qué ocurrió, qué cree que se torció y qué podría intentar después. Esa conversación, tan sencilla, despierta capacidades que no aparecen en los libros de texto.

Salir de la versión móvil