Cómo mantener hábitos de fitness constantes y enamorarse del ejercicio físico: dos expertas comparten sus secretos

ejercicio físico

Cómo mantener hábitos de fitness constantes y enamorarse del ejercicio físico dos expertas comparten sus secretos

La relación que cada persona mantiene con el ejercicio físico es más compleja de lo que a veces se admite. Aunque sabemos que moverse es beneficioso, sostener una rutina estable puede convertirse en una carga emocional: expectativas irreales, comparaciones que agotan y la sensación de que todo debe ser intenso para que valga la pena. Con ese ruido de fondo, muchas personas abandonan antes de descubrir cómo se sienten realmente cuando entrenan sin presiones. Y, sin embargo, hay otra manera de acercarse al movimiento, una que no exige perfección ni resultados inmediatos.

A menudo sucede lo mismo: alguien se apunta al gimnasio pensando que en pocas semanas alcanzará una versión idealizada de sí mismo. Pero la realidad suele desmontar esa fantasía. Los inicios cuestan. Los músculos se sienten pesados. La torpeza aparece. Hay días en los que simplemente no apetece. Es un proceso normal, aunque pocas veces se dice en voz alta. Lo importante, según coinciden psicólogos y entrenadores, es entender que el ejercicio no es un romance a primera vista; es una relación que se construye. Durante el Festival Well organizado por The New York Times, la psicóloga de la salud Kelly McGonigal (Stanford) y la entrenadora de Peloton Robin Arzón compartieron una visión distinta: entrenar no tiene por qué ser una lucha constante ni un examen diario. Ambas insisten en que la clave con el ejercicio físico está en ajustar expectativas, crear una inercia propia y descubrir el poder de entrenar con otros. Sus ideas, lejos del discurso del “cuerpo perfecto”, plantean una ruta mucho más amable y realista para convertir el movimiento en un hábito estable.

Aceptar que no necesitas amar el ejercicio físico cada segundo

Una de las trampas más comunes es esperar que el ejercicio físico resulte siempre placentero. Kelly McGonigal lo explica con claridad: «incluso las sesiones más satisfactorias incluyen tramos incómodos». La sensación de bienestar no siempre coincide con el esfuerzo en tiempo real; muchas veces aparece después, cuando uno comprueba que fue capaz de continuar pese al cansancio. Ella lo ilustra con el ejemplo de su hermana, corredora habitual, que terminó apreciando las partes más duras de sus entrenamientos porque eran justamente las que le demostraban que estaba creciendo.

Robin Arzón, conocida por su trabajo en Peloton, coincide en esta idea. A menudo, la verdadera recompensa no está en la marca conseguida ni en el rendimiento físico, sino en el simple hecho de haber ido. «La victoria está en presentarse», afirma. Ese cambio de mirada, valorando la constancia más que el disfrute inmediato, reduce la presión y permite que la práctica se sostenga a largo plazo. No se trata de esperar una epifanía deportiva, sino de aceptar que los altibajos forman parte del camino.

Construir impulso: por qué la motivación no basta

Confiar solamente en la motivación para entrenar suele conducir al abandono, y ambas expertas lo remarcaron en el evento. Robin Arzón lo resumió de forma directa: la motivación es frágil, aparece y desaparece. El impulso, en cambio, se construye y se sostiene. Ella lo describe como una combinación de hábito, proceso y agenda. En otras palabras, dejar de entrenar solo cuando apetece y empezar a hacerlo porque forma parte del día.

Arzón lo expresa sin rodeos: más vale entrenar mal que no entrenar. La constancia, aunque sea modesta, crea una identidad diferente: ya no eres la persona que «quiere empezar a hacer ejercicio», sino alguien que lo practica con regularidad. Kelly McGonigal añade que incluso rutinas breves de ejercicio físico pueden activar esta inercia positiva, derribando la barrera inicial que tantas veces paraliza. Con el tiempo, esa repetición deja de sentirse forzada y empieza a integrarse de forma natural en la vida cotidiana.

El poder de la comunidad: cuando entrenar deja de ser algo solitario

El ejercicio físico no es únicamente un acto individual. Entrenar con otros tiene efectos que van mucho más allá de lo social. Kelly McGonigal explicó que, cuando varias personas se mueven juntas, ya sea en una clase de baile, un grupo de running o un entrenamiento colectivo, el cerebro activa un estado conocido como modo nosotros. Se trata de un mecanismo biológico que genera sensación de pertenencia, confianza y conexión emocional.

Este fenómeno tiene consecuencias prácticas: quienes entrenan en grupo suelen mantener el hábito durante más tiempo, disfrutan más la experiencia y encuentran un sentido compartido al esfuerzo. Robin Arzón insiste en este punto: formar parte de un equipo, de una comunidad o de una clase puede convertirse en el empujón que muchas personas necesitan para comenzar y seguir. En un momento histórico marcado por la soledad y el individualismo, el movimiento compartido funciona como un puente hacia algo más grande que el propio entrenamiento.

En definitiva, no hay que convertirse en atleta ni esperar el estallido de motivación perfecta. McGonigal y Arzón coinciden en que lo que realmente transforma la relación con el ejercicio físico es aceptar la incomodidad inicial, crear un ritmo propio y buscar entornos donde entrenar no sea un acto aislado. Cuando dejamos de perseguir una idea rígida de perfección y empezamos a observar el proceso con más paciencia, el entrenamiento deja de sentirse como una carga y empieza a tomar forma como una fuente de bienestar real y se acaba convirtiendo en algo con lo que cada vez, es más fácil ser constante.

Salir de la versión móvil