Ser un jefe comprensivo suele verse como algo positivo. Escuchar, entender los fallos y no castigar a la primera genera buen clima. El problema aparece cuando esa permisividad se convierte en norma y los errores dejan de tener consecuencias. Ahí el liderazgo empieza a diluirse sin que te des cuenta.
La experta en relaciones laborales Arménia Barradas plantea una idea incómoda pero habitual en muchas empresas: no marcar límites claros, aunque nazca de una buena intención, acaba debilitando tu papel como responsable. Se debe asumir que dirigir implica tomar decisiones incómodas.
En este artículo repasamos por qué una tolerancia excesiva puede jugar en tu contra, qué explica Barradas sobre este tipo de liderazgo y qué ajustes prácticos puedes hacer para mejorar sin convertirte en un jefe autoritario.
Cuando la permisividad de un jefe se confunde con liderazgo
Según Arménia Barradas, uno de los errores más comunes en quienes dirigen equipos es pensar que ser buen jefe consiste en caer bien. Esa idea lleva a tolerar fallos de forma sistemática, a no corregir a tiempo y a evitar conversaciones incómodas. El resultado no es un equipo más motivado, sino uno desorientado.
Cuando no corriges, el mensaje que llega no es empatía, sino falta de rumbo. El equipo deja de saber qué se espera de él, dónde están los límites y qué tiene prioridad. Los errores se repiten porque nadie los aborda con claridad y tú acabas enterándote tarde, cuando el problema ya es grande o alguien lo ha resuelto por su cuenta.
Barradas insiste en que ser jefe no va de hacerlo todo bien ni de ser perfecto, sino de asumir que tienes límites y que tu rol exige ordenar, decidir y marcar dirección. Ser demasiado flexible con los fallos no te hace cercano, te vuelve invisible, y un jefe invisible no lidera.
Claves para ser mejor jefe sin caer en el extremo contrario
Ser menos permisivo no significa volverte duro ni perder humanidad. Puedes asumir tu rol con mayor claridad y menos miedo al conflicto. Estos consejos te pueden inspirar.
- Define qué errores son asumibles y cuáles no: No todo fallo tiene el mismo peso. Diferenciar entre equivocarse aprendiendo y repetir errores por falta de atención evita injusticias y malentendidos.
- Corrige pronto y en privado: Dejar pasar el tiempo solo agrava el problema. Una corrección en el momento exacto, bien explicada y sin exposición pública, suele ser suficiente.
- Marca objetivos claros y medibles: Si el equipo no sabe qué se espera, no puede responder bien. La permisividad muchas veces tapa una falta de dirección previa.
- Acepta que no tienes que gustar siempre: Tomar decisiones incómodas forma parte del puesto y evitarlas para caer bien suele salir más caro a medio plazo.
- Reconoce tus propios límites: No llegar a todo es normal. Lo importante es detectar qué áreas necesitan refuerzo y apoyarte en otras personas para cubrirlas.
- Da ejemplo con tus propios errores: Aceptar los fallos propios legitima que los demás asuman los suyos, pero siempre desde la responsabilidad.
Ser un buen jefe no es ni permitirlo todo ni controlarlo todo; es un equilibrio que combina criterio, firmeza y no esconderse detrás de la buena intención.
