Basta con salir a caminar por cualquier ciudad española durante un verano de Eurocopa o Mundial de la FIFA para verlas: banderas rojigualdas colgando de balcones, ventanas y terrazas. Y, por supuesto, ni hablar ahora que somos campeones del mundo en el fútbol, habiéndole ganado a la poderosa Selección Argentina. La lectura habitual es tan sencilla que casi nadie se detiene a cuestionarla, pero la psicología social lleva tiempo advirtiendo que el hecho de colgar una bandera de España en el balcón responde a algo mucho más profundo.
Varios estudios coinciden en algo: la bandera de España en su balcón funciona como un lenguaje no verbal, una forma de decir quién es uno sin necesidad de palabras. El fútbol puede ser la excusa que anima a sacarla del cajón, pero la necesidad que satisface ese gesto tiene raíces mucho más antiguas y estables en la psique humana.
Por qué necesitamos símbolos: la bandera de España en su balcón como refuerzo de identidad
La psicóloga Shannon Callahan y la investigadora Alison Ledgerwood, de la Universidad de California en Davis, publicaron en 2016 un estudio en el Journal of Personality and Social Psychology que ayuda a entender por qué los símbolos grupales, como banderas o logotipos, resultan tan poderosos psicológicamente.
Su investigación, basada en cinco experimentos distintos, demostró que la simple presencia de un símbolo hace que un grupo de personas parezca mucho más unido y cohesionado de lo que en realidad está.
Colgar una bandera equivale, en términos psicológicos, a declarar públicamente una pertenencia: comunica identidad, valores y sentido de comunidad sin que haga falta ninguna conversación con el vecino.
Un estudio de la Universidad Pontificia de Comillas, firmado por los psicólogos Carlos Martínez y Carmen Valor, añade un matiz importante a esta historia: no toda bandera que aparece en un balcón responde a una convicción personal firme. Según explicaron, cuantos más vecinos de un mismo edificio cuelgan la bandera, más probable es que otro vecino termine haciendo lo mismo, casi por simple contagio social.
El fenómeno sigue un patrón por edades con forma de «u»: son los jóvenes y las personas mayores quienes más la exhiben, mientras que la ideología también actúa como catalizador.
Martínez explica que una persona con una postura política muy marcada suele iniciar el gesto en su bloque, y sus vecinos, aunque no tengan convicciones tan claras, terminan imitándolo.
Una tercera investigación, publicada en 2024 en The Journal of Politics bajo el título «Cambio de normas sociales, símbolos políticos y expresión de preferencias estigmatizadas», analizó un episodio muy concreto: el aumento de banderas españolas en balcones tras el referéndum independentista catalán de 2017.
Los autores comprobaron que ese repunte respondió más a un cambio de norma social que a un cambio real en las preferencias políticas de la gente. Al normalizarse la exhibición de la bandera, más personas se sintieron cómodas mostrándola en público.
El estudio señala, incluso, que esa misma normalización facilitó que algunas personas con posturas de extrema derecha expresaran de forma más abierta posiciones favorables al franquismo, algo que hasta entonces mantenían en un terreno más privado.
Ninguna de estas explicaciones anula a las demás. El fútbol sigue siendo el detonante más visible y el que mejor entiende todo el mundo, pero detrás de cada bandera de España en su balcón conviven la necesidad psicológica de expresar una identidad, la presión silenciosa del vecindario y, en determinados contextos políticos, el efecto de una norma social que cambia de forma colectiva.
Sabiendo todo esto, la próxima vez que alguien vea una bandera ondeando en un balcón, quizá valga la pena preguntarse cuál de esas tres capas pesa más en ese caso concreto.
