En ocasiones, el destino parece reservar sus mejores sorpresas para el último momento. Es lo que acaba de ocurrir en la remota Diavik Diamond Mine, situada a pocos kilómetros del Círculo Polar Ártico, donde ha aparecido un extraordinario diamante amarillo de 158 quilates justo cuando la explotación minera se preparaba para cerrar definitivamente.
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El descubrimiento tiene algo cinematográfico. Tras más de dos décadas de actividad (y más de 150 millones de quilates extraídos) la mina, una de las operaciones más emblemáticas del norte de Canadá, afrontaba el final de su ciclo productivo. Sin embargo, en los últimos meses de explotación, la tierra ha revelado una de las piezas más excepcionales jamás encontradas en la región.
Una rareza geológica
Los diamantes amarillos son extremadamente escasos. Su color se debe a la presencia de nitrógeno en la estructura cristalina durante su formación, un proceso que ocurre a profundidades de más de 150 kilómetros bajo la superficie terrestre y a temperaturas superiores a los 1.000 grados. En el caso de esta gema, los geólogos estiman que su origen se remonta a hace aproximadamente 2.000 millones de años.
En términos de mercado, ese tipo de características (tamaño, pureza y color) sitúan la piedra en una categoría muy exclusiva dentro de la minería global. En la propia mina de Diavik, los diamantes amarillos representan menos del 1 % de la producción total.


