La Odisea se leerá este verano. La película de Christopher Nolan ha despertado el interés por este poema épico de Homero donde se narra el regreso de Odiseo (Ulises en versión romana) a Ítaca, su casa, tras diez años en la Guerra de Troya.

Una década lleva el héroe griego en la playa de Troya esperando el momento del asedio final, gracias a su astuta idea de meter a los soldados dentro de una ofrenda de paz en forma de caballo; y otros diez años más son los que tarda en llegar a su reino. Allí le esperan su hijo Telémaco y su mujer Penélope, asediados por los pretendientes de la eterna esposa.

A lo largo de esa década, Odiseo vive diferentes aventuras, no siempre agradables, sobre todo por algunos momentos de soberbia del héroe frente a los dioses: el canto de las sirenas, sus soldados convertidos en una piara de cerdos por la hechicera Circe, su estancia de siete años en la isla con Calipso, el encuentro con el cíclope Polifemo (hijo de Poseidón), los monstruos marinos Escila y Caribdis, etc.

Ahora todo el mundo habla de la cinta Nolan, pero no es el único que ha representado con imágenes el poema dedicado a Odiseo; también a lo largo de los siglos la mitología ha sido una permanente inspiración para los artistas de diferentes disciplinas, viviendo (digamos) un pequeño parón en la Edad Media, donde el interés por el mundo clásico sufre una ligera decadencia en favor de los temas religiosos.

La mitología, un tema predominante en el arte

Ulises y las sirenas. Herbert James Draper. @ Ferens Art Gallery, Hull (Reino Unido)

La Odisea de Homero ha sido representada en el arte desde la Antigüedad, primero en Grecia y más tarde con sus adaptaciones en el mundo romano, regresando los artistas a este canto durante el Renacimiento y el Barroco.

Javier del Hoyo, catedrático de Filología Latina y profesor de Mitología Clásica en la Universidad Autónoma de Madrid, detalla en el podcast Medio Punto que los textos clásicos, como La Odisea, La Iliada o la Metamorfosis de Ovidio, «van a marcar las representaciones de los mitos en el arte durante el Renacimiento y el Barroco, y serán las directrices de la Iglesia y la Santa Inquisición las que impulsen estos temas entre los artistas. Estaban prohibidos los desnudos femeninos, pero habían puesto una letra pequeña que decía: ‘salvo que sea mitológico’».

De ese modo, todos los pintores se acogen a esa letra pequeña del contrato y tienden a representar los desnudos de mujeres con mitos clásicos. Ya que es la única forma de burlar la censura. Y es así como los artistas renacentistas y barrocos tienen la opción de representar en sus cuadros y esculturas desnudos femeninos, que en muchas ocasiones son sus propias amantes y personas conocidas de su alrededor.

Detalle de Baco, de Leonardo da Vinci. @ Museo del Louvre

En este sentido, Del Hoyo recuerda, por ejemplo, que la «Afrodita que emerge de las aguas en el Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli (hoy en la Galería de los Uffizi de Florencia) es Simonetta Vespucci, una mujer real a la que retrata desnuda y que era la amante del pintor».

A esa letra pequeña, gracias a la cual los artistas podían esquivar la censura, se une un fenómeno más que pone de moda la representación de los héroes literarios de la antigüedad. «El mundo del Renacimiento, además, es un momento en el que se reedita y se traducen obras como la Metamorfosis de Ovidio, entre otras; los pintores empiezan a tener conocimiento de los mitos y se hacen muchas ediciones ilustradas», apunta.

No obstante, aclara el catedrático, «eso no quiere decir que la pintura religiosa no siga, para nada; pero sí que es cierto que la mitología gana peso y que muchas obras cristianas se convierten en paganas, y viceversa, como el famoso Baco de Leonardo da Vinci, un joven que era en realidad un San Juan Bautista. Lo sabemos por cómo tiene el dedo extendido señalando al cordero de Dios. Francisco I le hace a Leonardo este encargo, pero al pintor no debe gustarle y lo convierte en el dios del vino con la presencia de elementos como las hojas de vid en el pelo y la piel de leopardo, dos de los símbolos de Baco».

El canto de las sirenas

Vaso de las Sirenas. Cerámica con figuras rojas. @ British Museum de Londres

Las aventuras de Odiseo no se sitúan al margen de esta fiebre por los clásicos, pero antes la lucha del héroe por regresar a casa ha sido representada en las cerámicas griegas, siendo el canto de las sirenas el pasaje más representado. Esos seres (mitad mujer, mitad pájaro) que con su canto hechizaban a los navegantes y los llevaban a chocar sus naves contra las rocas. En una cerámica conservada en el British Museum de Londres vemos a Odiseo atado al mástil del barco, mirando hacia el cielo y rodeado de las figuras de las sirenas intentando arrastrarle hasta su isla.

Inspirándose en esta cerámica, el artista inglés John William Waterhouse hará a finales del s. XIX cuadros dedicados al mito de Ulises y las sirenas, así como a otros personajes que se citan en La Odisea, como a la hechicera Circe, que ofrece su copa a Ulises con la poción que convierte en una piara de cerdos a la tripulación. El espejo en la composición ofrece al espectador la figura del héroe, la presencia de la nave y un cerdo a los pies de la hechicera.

En el Museo del Prado conservan un dibujo de Circe atribuido a Parmigianino, fechado en el 1520, donde se ve un estudio de la seductora hechicera; aunque, sin duda, debemos destacar El juicio de Paris, de Peter Paul Rubens. Una obra que, aunque no forma parte de La Odisea como tal, sí que es el origen de la Guerra de Troya.

Esta obra, fechada hacia 1638, representa la escena en la que Paris, príncipe troyano hijo de Príamo, debe elegir a la deidad más bella: Venus, Hera o Atenea. Cada una de ellas, con el fin de ser elegidas, ofrece a Paris diferentes presentes a modo de soborno.

Hera le promete todo el poder imaginable; Atenea le ofrece sabiduría y poder en la batalla, y Venus le ofrece el amor de la mujer más bella del mundo. Como ya conocemos, Paris se queda con la opción del amor y la belleza, y Venus hace crecer en el pecho del troyano el amor por Helena de Esparta, esposa del griego Menelao. Paris rapta a Helena a su paso por Esparta y la lleva a Troya, desencadenando así el final de su pueblo, que verá cómo los griegos reducen a cenizas una próspera ciudad.

El juicio de Paris, el origen de la Guerra de Troya en el Museo del Prado

Detalle del Juicio de Paris, de Rubens. @ Museo del Prado

Rubens conoce los textos clásicos, le interesan y lo muestra en muchas de sus composiciones, como en este Juicio de Paris, donde hay tres desnudos femeninos apenas disimulados a través de unas ligerísimas telas.

Cuerpos con los cánones del momento, anatomías de piel blanca, sinuosas y sensuales; tanto es así, que llamaron la atención de Fernando de Austria, gobernador de los Países Bajos, quien comentó a su hermano Felipe VI que, aun siendo una de las mejores obras de Rubens, tenía sus reticencias ante la excesiva sensualidad y desnudez de las tres mujeres. Todas ellas, por cierto, acompañadas de los símbolos representativos: la armadura en el caso de Atenea, el pequeño Cupido en el caso de Venus; y Hera con el pavo real. Un detalle más que muestra que Rubens en el s. XVII había leído a los clásicos como Homero y Ovidio.

Durante el s. XIX, otros autores se interesan también por los temas de la mitología clásica y los usan en sus trabajos, como es el caso de William Turner, un artista inglés conocido por su técnica cercana a la abstracción y su temática dedicada al mundo del mar y las tormentas.

En este caso, la obra relacionada con La Odisea es Ulises burlando a Polifemo, retratando el momento en el que la nave huye de la isla de los cíclopes, una vez que han dejado ciego al monstruo de un solo ojo. Un hecho que, como relata este poema, levantará la furia de Poseidón, padre de Polifemo y dios de las aguas, un enfado que supone un problema para un héroe que pretende regresar a casa por mar.

Ulises burlando a Polifemo. William Turner. @ National Gallery

En la composición podemos ver a Odiseo en color rojo con una antorcha en la mano al mismo tiempo que la tripulación mueve los remos, un movimiento que Turner representa con pequeñas pinceladas en la parte inferior de la nave. A pesar de la temática, lo cierto es que el paisaje y el color son aquí (como en todas las obras de Turner) los verdaderos protagonistas. Un cielo conformado por diferentes tonalidades y un amanecer al fondo donde Turner ha representado un carro de caballos tirado por Helios, el dios del sol, que guía en su huida a las naves.

Cuando pinta este episodio de La Odisea, Turner ya ha viajado a Italia, conoce las obras mitológicas de los renacentistas y barrocos y, además, conoce parte de las piezas griegas que han llegado a Londres, como los conocidos Mármoles de Lord Elgin, una extensa colección de escultura procedente del Partenón de Atenas y otros edificios de la Acrópolis que el noble vendió al Gobierno del Reino Unido en los años 30 del s. XIX y que hoy se expone en el British Museum de Londres, a pesar de que los griegos llevan décadas exigiendo su regreso.

La Penélope durmiente de París

Penélope con huso. Jules Cavelier, s. XIX. @ Museo de Orsay

Por último, no podemos olvidar el protagonismo de la figura de Penélope, la esposa de Odiseo que le es fiel durante los 20 años que está fuera y que debe hacer frente a la presión de decenas de pretendientes que le piden que se case de nuevo. Ella, empeñada en esperar a su marido, al que cree vivo, a pesar del tiempo transcurrido, dice a esos pretendientes que elegirá esposo cuando termine de tejer el sudario de su suegro. Sin embargo, cada noche desteje lo que ha tejido por el día, una estratagema que al final es denunciada por una de sus sirvientas.

Es por ello que la iconografía artística representa a Penélope con telares, hilos y un huso en las manos, a veces despierta y desesperada, otras veces dormida y rendida al cansancio, como en la escultura de mármol de Jules Cavelier (1848) del Museo de Orsay de París. El escultor se inspira para la ejecución de Penélope durmiente en las esculturas clásicas que conoce en Roma, algo que podemos percibir en los drapeados de la indumentaria y el cabello, con un punto de sensibilidad romántica, la cual se refleja sobre todo en la elección de la temática.

@MaríaVillardón

Imagen de portada: Circe envidiosa, de John William Waterhouse. @ Art Gallery of South Australia.