Un nuevo álbum inédito de acuarelas de Mariano Fortuny (Reus, 1838 – Roma, 1874) podrá verse por primera vez en una exposición monográfica en LAB-ART en Barcelona del 11 al 16 de mayo. La obra, que tiene el sello de la testamentaría de Fortuny, es un hallazgo reciente de la Galería José de la Mano durante la revisión de una colección de arte privada en Madrid. De trazos rápidos y vivos, casi rozando la abstracción, estamos ante un trabajo que muestra el deseo del artista catalán de huir de los encorsetados encargos de marchantes y clientes de la alta sociedad.
Este conjunto de acuarelas, experimentales y de ágil pincelada, está formado por 26 hojas sueltas, la mayor parte de ellas con composiciones tanto en el recto como en el verso del soporte. La autoría, además, se ve confirmada gracias a la presencia del sello de la testamentaría Fortuny, puesto en marcha por los Madrazo tras su muerte, ya que el artista catalán estaba casado con Cecilia de Madrazo, hija de Federico de Madrazo, director del Museo del Prado y de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Y también queda corroborada gracias a la aprobación experta de Francesc Quílez, especialista en el artista y comisario del Año Fortuny, quien data el álbum entre 1870 y 1874, en su etapa granadina.

Mariano Fortuny fue un artista que tuvo éxito muy pronto, logrando una gran aceptación dentro del mercado. Un aspecto que le aleja de los apuros económicos o el rechazo de la crítica que sí sufren otros artistas, aunque con el inconveniente de estar siempre obligado a ajustar sus obras a peticiones repetitivas que, a menudo, adormecen la tensión creativa y la experimentación, dos elementos esenciales en la pintura.
La aparición de este álbum es mucho más que un hallazgo maravilloso. Es también una señal inequívoca que muestra el hartazgo del pintor por esa «maquinaria perfecta y sin fisuras que le había permitido enriquecerse y alcanzar el éxito», detalla Francesc Quílez en el catálogo de la exposición. «En muchas de sus cartas, decía que estaba harto de representar las mismas temáticas, llegando a manifestar su disconformidad con las exigencias de un marchante –Adolphe Goupil– que parecía guiarse únicamente por el sentimiento de la codicia y no respetaba la libertad creativa», añade.
Sería La vicaría la obra que le abrió las puertas del mercado internacional y con la que alcanzaría un importante reconocimiento social como artista. Entre ese cuadro, que fue presentado en 1870 en la galería parisina de su marchante, Adolphe Goupil (1806-1893), y las acuarelas que se verán en los próximos días en Barcelona, hay grandes diferencias; en estas últimas observamos a un Mariano Fortuny libre y sin autoexigencias, novedoso y más cercano a la vanguardia.

El contrato de exclusividad que firmó el catalán con el todopoderoso Goupil era de una altísima exigencia. A través del acuerdo, por ejemplo, el marchante adquiría los derechos de comercialización de su obra o le exigía la producción de obras preciosistas, conocidas así por su pequeño tamaño y por su alto grado de detalle, ya que eran más fáciles de vender que otros géneros que, en general, necesitaban de formatos más grandes.
Goupil convirtió, sin duda, a Mariano Fortuny en un artista hecho a la medida del mercado, en un producto comercial y artístico de gran fama que se vendía estupendamente, sobre todo en el mercado norteamericano. Una circunstancia que, sin embargo, no satisfacía los deseos artísticos del pintor. Tras varios años trabajando para su marchante y de que éste exprimiera al máximo su capacidad de producción, el reusense rompió el contrato, marchó a Roma y se lanzó a pintar «a lo moderno».
Un adelanto a la modernidad
La carrera de este pintor ya se vislumbraba de una gran modernidad, sobre todo tras el viaje a África o el conocimiento de las estampas de estilo japonés. Hubiera formado parte de la revolución del color y la pincelada parisina, la de los impresionistas más celebrados, si la muerte no le hubiera sobrevenido tan pronto. Murió con sólo 36 años por una úlcera de estómago.
Y es que Mariano Fortuny contaba con un lenguaje propio que sentía deseos de explotar y de sentir, sin dejar de lado su cariño y admiración por la pintura española, y manifestando especial predilección por la obra de Goya. Le fascinaba la vanguardia del aragonés, esa pincelada rápida y enmarañada que dotaba a sus pinturas de una gran modernidad, inusual en sus contemporáneos.


Todo ese arrebato por conformar una senda de rebeldía dentro del escenario artístico queda probado en estas acuarelas. «Sin duda, el conjunto de dibujos muestra un alejamiento de los convencionalismos artísticos y una búsqueda de libertad creativa. Para sorpresa de propios y ajenos, con la entrega de esta acuarela, lo que hizo fue empezar a demostrar su rebeldía y a optar por una vía inesperada», apunta Francesc Quílez.
La etapa granadina
Con respecto a la fecha de autoría de este cuaderno inédito, Francesc Quílez defiende que estas acuarelas estarían entre 1870 y 1874, durante la etapa granadina del artista y los últimos años de su vida. Mariano Fortuny se traslada a Granada junto a toda su familia, permitiéndole esta nueva estancia una mayor experimentación en temas y técnicas. Allí disfruta de la luz granadina y de algunas de las maravillas del Reino Nazarí, como la Alhambra; así como de la compañía de su amigo, el también pintor Martín Rico, a quien conoce en París en los comienzos de su carrera y con el que tiene una estrecha amistad.
«Estamos en una etapa de búsqueda constante de nuevos horizontes estéticos (…), atendiendo a los propios intereses. Aun así, la mayoría de las páginas del cuaderno son reveladoras de un estado de ánimo muy positivo y constituyen el reflejo de las vicisitudes de una persona que, a pesar de las dificultades, fue capaz de resguardarse de las inclemencias invasivas del marchante y encontrar un refugio de libertad», destaca Francesc Quílez.
Llegados a este punto, es interesante también comentar el papel tan fundamental que tuvieron los viajes para los intelectuales y artistas del s. XIX, muchos de los cuales practicaron la producción de diarios o cuadernos de viajes. Una herramienta usada por los viajeros para dar una mirada íntima y muy personal de los lugares que visitaban, y dejar constancia, además, de la evolución socioeconómica de la sociedad o la mejora del transporte de personas, entre otros aspectos. Y que, a menudo, no sólo contaban con escritura, sino que también ésta iba acompañada de pequeños dibujos abocetados que demuestran la pericia de los artistas en los pequeños formatos en papel.
Los viajes fueron, sin duda, un elemento presente e imprescindible para la producción de Mariano Fortuny. Visitó, y en muchas de estas ciudades se estableció temporalmente, París, Roma, Madrid y Toledo, donde pudo estar en contacto con Goya, Velázquez o El Greco, y cubrió como cronista gráfico la Guerra de África que enfrentaba a España y Marruecos, país al que llegó por mandato de la Diputación de Barcelona. Allí encuentra un exotismo que le fascina y que marca para siempre la luz y los temas de sus pinturas, aspectos que cuela de forma tímida en sus encargos más comerciales.
Experimentación en terreno privado

Al situarnos frente a estas deliciosas acuarelas, estamos ante unos trabajos que serían «pulsiones» que dan rienda suelta a la imaginación del artista, con el deseo de «transformar el trabajo artístico en una fuente de experimentación», explica el experto. Unas prácticas privadas que se llevan a cabo en la intimidad del taller, «muchas veces ininteligibles, porque no nacen con la voluntad de trascender»; sin embargo, advierte, estamos ante una «informalidad» que «anticipa el recorrido que seguirá el arte occidental, a finales del s. XIX y, en el caso de Fortuny, prefigura la eclosión de un lenguaje sugerente, vibrante y luminoso».
Una vez más, reitera, la obra contemplada nos revela «el talento innato» de un Mariano Fortuny que ni se «dormía en los laureles» ni mostraba conformismo, sino que posee una actitud desafiante y combativa, adoptando un riesgo «impropio de un artista» que, a pesar de todo, seguía manteniendo una relación real y necesaria con un mercado que «le exigía productos comerciales y adaptados al gusto de una clientela poco amante de las novedades o de las aventuras temerarias».
Este nuevo hallazgo de la Galería José de la Mano tiene, en definitiva, una dimensión anticipativa colosal que nos pone frente a frente con uno de los alumnos aventajados que fueron capaces de intuir la transformación narrativa que sufriría la pintura europea en apenas 25 años.
Portada Los hijos del pintor de Mariano Fortuny. @ Museo del Prado
