«En el momento en el que entrevisté a Dalí, en ese preciso momento, estaba muy mal visto. Era un fascista, una franquista, un payaso, un tipo al que no tomar en serio. Era lo peor, lo peor», contaba la periodista Paloma Chamorro al rememorar una entrevista que hizo al artista Salvador Dalí (Figueres, 1904 – 1989) a finales de mayo de 1979 en Nueva York.
Hacía mucho tiempo que Dalí era un personaje antipático para los sectores más progresistas de la sociedad española de entonces. De hecho, lo sigue siendo a día de hoy. A menudo, la imagen del pintor catalán estuvo ligada a la del régimen de Franco. Una decisión quizá cínica, quizá coherente o incoherente, quizá aprovechada, quizá equivocada, pero quizá también inteligente, ya que su presumible (o no) adhesión a esa España dictatorial le permitió vivir con inusual libertad y esquivar el exilio tras la Guerra Civil de España, como muchos de los artistas e intelectuales contemporáneos de la Generación del 27.
El cénit de su alianza voluntaria con el franquismo tuvo lugar en 1951. El Instituto de Cultura Hispánica, dependiente del Ministerio de Exteriores, organizó la primera gran exposición oficial de la dictadura, que se llamó I Bienal Hispanoamericana de Arte, el evento de arte contemporáneo más importante en España en ese momento.
El Gobierno invitó a diferentes artistas, entre ellos, también a Picasso, a pesar de su sabida colaboración con la Segunda República. Al fin y al cabo, esta muestra deseaba contar con uno de los pintores españoles más laureados y vendidos del momento.
La bienal y la contrabienal

Según relata Genoveva Tusell en El Guernica recobrado, «Picasso dejó la invitación oficial sin contestar y no sólo rechazó participar en este tipo de acciones oficiales, sino que también decidió boicotearla. Con este fin, firmó un manifiesto con otros escritores y artistas exiliados en París en el que recomendaban no acudir a la Bienal, a la vez que convocaba una bienal alternativa en la Galería Tronche de la capital francesa y otras ciudades americanas».
Rememora la autora, además, que aquel rechazo de Picasso enfadó a los organizadores de la Bienal, «entre ellos, a su secretario general, el poeta Leopoldo Panero, que a pesar de haber invitado al artista de forma oficial, negó con posterioridad haberlo hecho ‘sencillamente, porque no es español, pues ha adoptado desde hace tiempo otra nacionalidad extranjera’». Cosa que, todo sea dicho, no era cierto, ya que el Gobierno galo le denegó la nacionalidad francesa cuando la pide en abril de 1940, incluso moviendo sus contactos más importantes del Ministerio de Justicia. Tras la negativa, nunca más la vuelve a demandar.
Fue así como Picasso salió de toda exposición oficial del régimen. «Dos años más tarde», expone Tusell, «cuando la Embajada de España en París organiza la muestra Artistas Españoles en París, el embajador decide que invitaría a ‘todos los artistas cuyos nombres conocía, sin excluir a ninguno por razones políticas, salvo en lo que afecta al comunista Picasso’».
Finalmente, la inauguración de la I Bienal Hispanoamericana se hizo el 12 de octubre, el Día de la Hispanidad, con la presencia del general Franco, a pesar de su sabido desinterés por este tipo de arte que nada tiene que ver con las corrientes clásicas o neoclásicas. Sin embargo, más allá de sus gustos personales, también España tenía la intención de mostrarse abierta a las nuevas tendencias artísticas internacionales, que en ese momento estaban dominadas, sobre todo, por el expresionismo americano de EEUU, país al que se traslada toda producción artística tras la Segunda Guerra Mundial debido al masivo exilio de artistas, mecenas, escritores y demás personas dedicadas al mundo de las artes.
Dalí participó en aquella I Bienal con un total de 32 obras, y aprovechó el momento para dar a conocer su postura radicalmente opuesta a Picasso. «Envió un telegrama (…) anunciando su adhesión entusiasta a la Bienal, haciendo un llamamiento a los artistas para que no secundaran a Picasso en su contrabienal», explica Tusell.
Aquella breve misiva decía, entre otros aspectos, que «por encima de toda política, la España real se encuentra en España. Su imperio espiritual culminó y culminará en sus pintores con el genio de Picasso inclusive, pese a su actual comunismo. Ante la tentativa antipatriótica de Picasso, ruego a los pintores españoles y americanos que no la secunden».
El telegrama salió en la prensa, él mismo dio luz verde a su publicación íntegra. Tras esas líneas, los periódicos españoles «dieron la bienvenida a la actitud patriótica de Dalí frente al antipatriótico Picasso», detalla Tusell. Es más, Panero estaba dispuesto a sacar el máximo partido a la figura del pintor catalán, que estaba exponiendo en Londres en ese momento y acababa de venir de Nueva York –donde ya era una excéntrica celebridad–, y organizó una conferencia en el Teatro María Guerrero para que el surrealista ofreciera sus impresiones sobre la Bienal.
«Picasso es comunista, yo tampoco»

Así fue como el 11 de noviembre de 1951, Dalí dio la conferencia Picasso y yo en un teatro lleno de público, prensa y bajo la atenta mirada de Manuel Fraga Iribarne, en ese momento secretario del Instituto de Cultura Hispánica. «Como siempre, pertenece a España el honor de los máximos contrastes, esta vez en las personas de los dos pintores más antagónicos de la pintura contemporánea. Picasso y yo, servidor de ustedes. Picasso es español, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso es conocido en todos los países del mundo, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco», pronunció Dalí ante un abarrotado espacio.
También pronunció Dalí unas palabras de alabanza hacia Franco y leyó en alto el telegrama que le había mandado a Picasso, invitándole a abandonar el comunismo. «Tú sabes que en Rusia se purga, por razones políticas, hasta la misma música. Nosotros creemos en la libertad absoluta y católica del alma humana. Sabes, pues, que a pesar de tu actual comunismo, consideramos tu genio anárquico como patrimonio inseparable de nuestro imperio espiritual y a tu obra como una gloria de la pintura española», relató.
Dos días más tarde, Dalí tuvo un homenaje en forma de almuerzo en el Hotel Palace, donde se contó con Eugenio d´Ors, Gregorio Marañón, Daniel Vázquez Díaz, Benjamín Palencia o Leopoldo Panero, entre otros. «Aquel acto había servido para reivindicar la españolidad de Picasso, que se encontraba en París, desde donde, al parecer, contestó irónicamente: ‘Dalí tiene la mano tendida, pero yo sólo veo la Falange’», rememora Tusell en su libro.
Hacía años que Dalí había dado la espalda a las ideas de izquierdas, a las cuales estaban adscritos la mayor parte de sus compañeros artistas e intelectuales, tanto en España como en Francia, en París, donde el catalán estuvo muy cerca del movimiento surrealista fundado por André Breton y al que pertenecían otros nombres como Paul Eluard, entonces aún marido de Gala Dalí.
En los años 30 –1934–, Dalí fue expulsado del grupo de los surrealistas, cercanos al Partido Comunista de Francia, por insurrección, sus enfrentamientos con Breton –que no quiso, contó Dalí a Chamorro, exponer una de sus obras donde aparecían unos «calzoncillos cagados»– y por su cercanía a Marinetti, el poeta y escritor italiano fundador del futurismo, un movimiento artístico e intelectual cercano al fascismo de Mussolini que glorificaba la guerra «como única higiene en el mundo», decía el manifiesto fundacional futurista publicado en Le Figaro en 1909.
Ruptura total con la Segunda República

En España, la ruptura total con la Segunda República fue en 1937, cuando Dalí irrumpió de manera vehemente en el despacho de Josep Renau, entonces director general de Bellas Artes del Gobierno de la República, pidiendo que le explicase la razón por la que él no estaba siendo invitado a participar en el Pabellón de España en la Exposición Internacional de París del citado año, donde sí participaron Picasso, Joan Miró y Calder, entre otros.
Renau relata en Albures y cuitas con el Guernica y su madre (1982) que cumplió la misión de invitar a los artistas españoles que estaban en París a participar en esa importante cita anual, salvo por un «incidente que estuvo a punto de terminar en un escándalo diplomático». A continuación, explica que, estando «dictando algo a mi secretaria, irrumpió inopinadamente Dalí en mi gabinete. A las primeras de cambio y sin miramiento alguno, se puso a increparme a voz en grito: que si en el Gobierno no se sabía nada de lo que pasaba en París; que si Picasso estaba ya acabado y era un grandísimo reaccionario; que si el único pintor español comunista en París era él, que si le dejábamos en primer lugar…».
Rememora, además, que «aquella visita me cayó como una piedra. Yo era demasiado impulsivo y me falló la sangre fría. Me levanté de un brinco de la silla para decirle que no estaba acostumbrado a que nadie me gritara: que si tenía algo que reclamar, podía hacerlo desde allí mismo –señalé el teléfono– llamando a mi Ministro, al Jefe del Gobierno y hasta a la propia Presidencia de la República».
«Busqué nerviosamente mi agenda de direcciones, que estaba en mi gabardina», detalla Renau, «y cuando volví la cabeza con la libreta en la mano, Dalí había desaparecido… La secretaria me dijo que se había quedado lívido. Semanas después, no sé cuántas, Dalí tomó parte en un virulento mitin organizado en París por el POUM y la FAI contra el Gobierno de la República Española».
Dalí, con 32 años, acababa de llegar de EEUU, donde ya había expuesto en la prestigiosa Galería de Julien Levy de Nueva York, en el MoMA y la revista Time ya le había dedicado una portada. Tenía 32 años y, considerando que había superado artísticamente a Picasso, no compartía que la República no le hubiera invitado a participar en el pabellón galo.
Una extrañeza que, además, queda probada a través de una carta que Dalí manda a Josep Lluís Sert, arquitecto del citado Pabellón junto a Luis Lacasa. En esa misiva, el surrealista comenta que «hace unos días que he llegado a París y me ha sorprendido que no hayáis dicho ni propuesto nada para el pabellón español».
La historiadora y sobrina de Sert que ha tenido acceso al fondo del arquitecto, María del Mar Arnús, señala que Sert le aconsejó que no entrara más en el pabellón, inaugurado finalmente el 12 de julio, y le sugirió que se fuera con sus amigos fascistas. Destaca, además, que tanto Sert como el grupo de artistas que se reunían casi cada día en el Café de Flore (Picasso, Miró, Huidobro, Calder o Braque) no perdonaban la deriva frívola de Dalí en plena Guerra Civil, y sobre todo que se hubiera negado a firmar el manifiesto de intelectuales que condenaba el nazismo.
«Yo no quería que se me llamase otra cosa que Dalí. Pero ya la hiena de la opinión pública se escurría en torno mío, pidiéndome con la babeante amenaza de sus expectantes colmillos que me decidiera por fin, que me hiciera estalinista o hitlerista. ¡No, no, no, y mil veces no! ¡Continuaría siendo, como siempre y hasta la muerte, daliniano y únicamente daliniano!», escribe Dalí en su autobiografía Vida secreta.
