Anselm Kiefer (Donaueschingen, Alemania 1945) nació en el sótano de un hospital durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. «La misma noche de mi nacimiento, bombardearon nuestra casa», relata el artista en diferentes entrevistas. Fue un niño de posguerra criado en un país devastado en el que prácticamente nada quedó en pie. El final del nazismo dejó a Alemania completamente en ruinas. Finales, no obstante, que para Anselm Kiefer suponen un renacimiento y una oportunidad de transformación: «Para mí las ruinas no son un final, sino un comienzo».

Ese niño, que se refugió junto a sus abuelos en el bosque al estar la naturaleza y la intemperie libre de bombardeos, sobrepasa hoy los 80 años y es uno de los artistas vivos más importantes del mundo. Tiene obra permanente en el Museo del Louvre –el último que lo hizo fue Braque en 1953– y ha expuesto en Basilea, Nueva York, Venecia, París, Viena, Milán, Londres, San Petersburgo, y también en el Museo Guggenheim de Bilbao, pero de eso hace ya una década. Ahora la obra metafórica y monumental de Anselm Kiefer regresa a España y expone en el Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH) de Valencia.

La historia está construida por capas, igual que sus obras

Las obras del alemán se caracterizan por sus amplísimos formatos, que pueden ir de los 1,8 metros hasta los 13 metros, como es el caso de Dánae, uno de los cuadros presentes en la exposición, definido por Molins en una intervención reciente como «el Guernica de Kiefer, porque también hace referencias bélicas, en este caso a la Segunda Guerra Mundial y a la tragedia del nazismo en Alemania».

Unos enormes formatos que, en algunas ocasiones, podrían ser un problema a la hora del transporte y el montaje de exposiciones temporales; sin embargo, estas tareas se simplifican gracias al trabajo modular del pintor. «Un equipo especializado en el manejo de obras de arte, y especializado concretamente en la obra de Anselm Kiefer, es el encargado del transporte de las obras –que van al aire, no se meten en cajas– y del montaje de los módulos con el fin de mostrar una sola pintura», explican desde el CAHH.

Su obra es matérica, volúmenes y texturas conforman sus lienzos. Usa materiales clásicos, pero también inusuales como plomo, cemento, vidrio, piezas de tela, raíces de árboles o libros quemados. Todo ello lo posa sobre el lienzo, trabajando capa a capa, una sobre otra, al igual que se construye la historia de las ciudades y de las regiones, y de cómo todo se transforma con el tiempo y los acontecimientos.

Anselm Kiefer rechaza, a pesar de sus referencias históricas a la Segunda Guerra Mundial y al nazismo, que el arte deba ser moralista. «El arte no puede ser un juicio de la sociedad porque la moral está ligada a la época. Volvamos a la época de la democracia griega. En aquellos tiempos se podían tener esclavos. Incluso Aristóteles decía que para ser un buen filósofo había que ser rico y tener esclavos. Todo está ligado a una época determinada. Los artistas no deberían estar vinculados a un comportamiento moral específico», declaraba hace años en una charla con Elena Cué.

«El arte no puede ser un juicio de la sociedad»

El creador alemán Anselm Kiefer, protagonista de la primera exposición temporal del CAHH. @ EP

A pesar de esta apreciación del alemán, sí que podemos afirmar que el contexto que nos rodea impregna de forma involuntaria nuestras acciones y pensamientos. Anselm Kiefer desarrolló su personalidad y su carrera artística en uno de los momentos históricos más intensos de nuestra existencia reciente. Creció en la posguerra de una Alemania derrotada, derruida y repartida entre los Aliados y la URSS. Francia, Inglaterra y EEUU se quedó con la parte occidental; mientras la Unión Soviética dominó la Alemania oriental, con el Muro de Berlín como testigo de una época. Un muro que se derribó en 1989 y que, de forma progresiva, reunificó el país. Un hecho que muestra –de nuevo– que las ruinas, como apunta Anselm Kiefer, no son un final, sino un comienzo, y que la historia se construye con capas de acontecimientos.

Once obras espectaculares, algunas de ellas nunca vistas porque son recientes, ya cuelgan de las galerías del CAHH. Para dar cabida a todo el montaje, se han tenido que sacar de las salas alrededor de 60 obras de la exposición permanente. Una petición, parece ser, del propio Anselm Kiefer, que quería que sus pinturas no dialogaran con otras piezas, que el espectador pudiera enfrentarse a ellas sin ruido.

Anselm Kiefer estudió Derecho, Lingüística y Literatura, pronto deja los estudios y comienza a formarse en  la Academia de Arte de Friburgo y en la de Karlsruhe. Coincide con el profesor Joseph Beuys, líder del Grupo Fluxus, un colectivo de lo más provocador, y piloto nazi de la Lufwaffe –fuerza aérea histórica del ejercito alemán–, tomando de él algunas ideas, como el mezclar arte con política, educación o naturaleza.

De ahí algunos de sus primeros trabajos, como Für Jean Genet (1969), un libro de artista y serie fotográfica que aborda el pasado nazi de Alemania, tras encontrar por casualidad unos discos con las voces de Hitler y Goebbels, y quedar impresionado por sus performances comunicativas. «Ahí sentí curiosidad y comencé a estudiar al Führer», relata en la citada entrevista con Cué.

En aquel libro de final de década, el pintor aparece vestido con el uniforme del Tercer Reich haciendo el saludo nazi, revelando el conocimiento de la sociedad alemana sobre el Holocausto, «un hecho del que no se hablaba en los años 60, fue más tarde, como alrededor de 1975 cuando se empezó a saber más sobre lo acontecido en Alemania». Críticos y público interpretó aquel trabajo de forma diversa. Unos lo percibían como una mirada nostálgica al pasado, otros como una mirada frontal a la realidad de un pueblo.

Dánae, una experiencia casi religiosa

Once obras de Anselm Kiefer ya cuelgan de las paredes del CAHH, apropiándose de seis galerías del centro valenciano. Hay referencias a la poesía –»le encanta Quevedo», cuenta Molins–, al amor consumado, al sueño de la ciudad nazi de Hitler, al bosque o a la mitología clásica, entre otros elementos.

Una de las piezas más espectaculares es Dánae, una obra inmensa de 13 metros de ancho que hace alusión al mito de Dánae y la profecía del oráculo de Delfos, y a la fisionomía del Aeropuerto de Berlín-Tempelhof, icono berlinés de la arquitectura nazi y el edificio más grande de la humanidad hasta la construcción del Pentágono en EEUU.

En la obra de Anselm Kiefer observamos el interior de Tempelhof, el cual formaba una parte esencial del proyecto arquitectónico de Hitler para Berlín conformado por Albert Speer, alto cargo nazi y arquitecto predilecto de Hitler. Un nuevo Berlín que el Führer quería que fuera monumental: «Quería que las ruinas de la ciudad en los 1.000 años posteriores fueran igual, de la misma grandeza, que las del Imperio Romano, por ellos los nazis construyeron mucho con materiales duraderos, como la piedra», expone Molins.

En este caso, Tempelhof estaba construido en piedra caliza y es una de las obras de ingeniería más innovadoras del momento. De gran extensión, fue usado en la Segunda Guerra Mundial para fabricar armas, se convirtió en uno de los primeros campos de concentración de la Gestapo y sirvió como aeródromo, tanto durante la guerra como tras ella.

Tras la caída de Hitler, el aeropuerto pasó de ser un símbolo nazi a una pieza clave de la libertad durante el bloqueo de Berlín. «Durante la época del Muro de Berlín, cuando los soviéticos bloqueaban a Occidente a finales de los años 50, los Aliados usaron este emplazamiento para abastecer al Berlín Occidental. Hoy en día, tras una nueva transformación, es un bar y un centro cultural para los berlineses», apunta Molins.

El paisaje nunca es inocente: detrás puede haber una trinchera o un campo de concentración

La metamorfosis de los edificios por el devenir de la historia también le interesa a Anselm Kiefer, y es algo que observamos en esta obra de gran formato. «La obra se llama Dánae porque la lluvia dorada, representada con ese pan de oro, cae sobre la arquitectura y transforma el edificio en otros usos. El artista hace referencia al mito griego que tiene como protagonista Dánae, hija del rey de Argos, a quien el oráculo le dice que va a morir a manos de su nieto. Por ello, y con el fin de evitarlo, encierra a Dánae en una torre para que no conociera a ningún hombre y no tuviera descendencia; pero allí es fecundada por Zeus que, transformado en lluvia de oro, trae al mundo a Perseo», cuenta el comisario.

«Este tema», prosigue, «está muy presente en otros artistas, como Tiziano, Klimt o Rembrant, entre otros; aunque aquí Anselm Kiefer hace alusión a una arquitectura y no a una mujer que se transforma con ese pan de oro. Hay que decir, además, que finalmente el oráculo se va a cumplir: Perseo mata de manera accidental a su abuelo en el lanzamiento de disco de unos juegos deportivos. Por tanto, no puedes luchar contra la profecía».

Toda elección de Anselm Kiefer carece de inocencia. De acuerdo con el artista, un paisaje –salvaje o urbano– nunca es inocente, detrás de algo aparentemente sencillo puede haber una huella de otras cosas, «como señales de trincheras, campos de concentración, hornos crematorios de la Segunda Guerra Mundial o la huella de unos amantes que han consumado su amor en la naturaleza, como en una obra que tenemos donde se ven las flores aplastadas haciendo referencia a un poema de un trovador alemán», concluye Molins.

Obra de primer nivel en Valencia

Hortensia Herrero durante la presentación de la exposición de Anselm Kiefer en el CAHH. @ CAHH

Con esta primera muestra efímera del CAHH, la mujer de Juan Roig, presidente de Mercadona, atrae todo el interés artístico hacia Valencia. Se consolida –aún más– como una de las mayores coleccionistas del mundo y también como una de las figuras clave del mundo del arte con altísima capacidad de marcar la agenda cultural internacional.

Además, consta que la propia empresaria se involucra personalmente en los proyectos expositivos del centro de arte que lleva su nombre, y lo hace desde el principio. Desde la elección de Anselm Kiefer hasta el cierre de los pequeños detalles hasta la negociación de los detalles, los cuales se han discutido de tú a tú con el pintor alemán.

Cuenta Javier Molins, director artístico del CAHH y comisario de la exposición, que Hortensia Herrero y Anselm Kiefer llevan dialogando alrededor de cinco años para cerrar la exposición. «Esta relación viene de lejos, la primera obra que se incorpora a la colección fue en 2016, más tarde se incorporan tres más, la última de ella es inédita y se puede ver ahora en Valencia», detalla.

«Tuvimos la oportunidad de visitar a Anselm Kiefer en Barjac, cerca de Avignon, en Francia. Allí tenía un gran estudio que ahora se ha convertido en una fundación que lleva su nombre y se puede visitar. Es como una gran ciudad, tiene más de 60 edificaciones que son pabellones con pinturas suyas, las cuales se comunican por túneles. Tiene, incluso, un anfiteatro. Vivió y trabajó allí muchos años, aunque finalmente se trasladó a París», explica el asesor de arte.

Allí, en su espacio más personal, Molins y la mecenas valenciana conocieron personalmente a Anselm Kiefer, quedando ésta última sorprendida por la inmensidad de sus pinturas, según ella misma ha admitido en la presentación de la muestra. Y no sólo eso, también por la recreación de la exposición de Valencia que el pintor había hecho en su estudio, en este caso concreto en el que está ubicado a las afueras de París, donde ahora trabaja. «Cuando visitamos a Kiefer en su estudio de Croissy me quedé impresionada porque había recreado a escala real las salas de este centro con la selección de obras idóneas», explicaba Hortensia Herrero durante la inauguración.

@MaríaVillardón