Los descendientes de Lee Miller (Nueva York, 1907 – Reino Unido, 1977) buscan financiación para congelar negativos de miles de fotografías de la modelo de Vogue y fotógrafa surrealista. A través de una exposición en la Lyndsey Ingram Gallery de Londres, Lee Miller: Performance of a lifetime, tienen previsto recaudar fondos destinados directamente a la conservación de hasta 60.000 negativos, algunos de ellos en estado crítico.
Lee Miller tiene mil caras y mil vidas, pero en esta exposición, en concreto, se examina el papel de la performance a lo largo de su carrera, primero con los surrealistas en París en la década de los años 30 del S. XX en la fotografía, más tarde con su cobertura fotoperiodística de la Segunda Guerra Mundial para Vogue (sí, para Vogue) y finalmente en su faceta como cocinera, un aspecto en el que trabajaría en las etapas finales de su vida creando menús surrealistas, compuestos por platos como el pollo de Joan Miró o los espaguetis azules.
La única mujer que cubrió la II Guerra Mundial como fotorreportera

El archivo de Lee Miller (muy amplio) se conserva en Farleys House (Sussex, Inglaterra), la casa en la que la estadounidense vivió junto a su marido, el historiador del arte Roland Penrose, hasta su muerte. Allí, en el altillo de aquella residencia, hoy convertida en un espacio dedicado a Lee Miller y sus trabajos, su hijo Anthony Penrose encontró una caja llena de negativos. Ese fue el momento en el que comenzó a construir el archivo y a difundir la obra de su madre, una de las mujeres más bellas, talentosas y fascinantes de la historia del arte y la fotografía.
«Lo encontramos por casualidad hace 50 años. Justo tras mi nacimiento, mi madre subió a buscar fotos de mi madre de bebé, pero en lugar de bajar esas fotos, trajo una caja llena de las hojas de contacto y los manuscritos del asedio de Saint-Malo», relata Ami Bouhassane, nieta de Lee Miller y directora de la Farleys House, a la publicación especializada The Art Newspaper. Saint-Malo, que tuvo lugar en agosto de 1944, fue la primera vez que cubría el conflicto bélico para las revistas Vogue y Life. «Ella nunca hablaba de su carrera. Así que mi padre no tenía ni idea de casi nada. Se sabía que era fotógrafa, que hacía unas buenas fotos y que había sido modelo, pero no sabía el nivel de aquellos trabajos. Desconocía por completo lo que había hecho durante la guerra», añade Bouhassane.

La cobertura de la Segunda Guerra Mundial fue un reto para Lee Miller. Puso a prueba su capacidad de adaptación, su fuerza y su valentía. Ella, maniquí de moda en Vogue descubierta por el propio Conde Nast, portada de la más prestigiosa revista femenina con sólo 17 años y caída en desgracia por ser imagen de un spot de compresas en la puritana EEUU, fue testigo de la liberación de los campos de concentración Dachau y Buchenwald, observó en primera persona (y los retrató) a cientos de prisioneros de mirada triste y vacía, cuerpos sin vida hacinados y cámaras de gas aún humeantes. Lee Miller, de hecho, contribuyó a que el genocidio nazi se viera en todo el mundo, incluso en una revista predominantemente femenina. El texto y las fotografías de Vogue llevaban un breve titular: «Believe It».
«Tras la guerra, bebió un poco, era la única forma aceptada de afrontarlo»
Tras salir de los campos el 30 de abril de 1945, los amigos y compañeros Scherman y Lee Miller se trasladan a Munich y entran al apartamento privado de Adolf Hitler. El Führer y Eva Braun, su amante, ya están muertos. Allí, con las botas aún pesadas por el barro de los campos, la fotógrafa comprueba que la ducha funciona y tiene agua corriente. Se desnuda, se sienta y se da un baño. Scherman dispara a su compañera, dejando una de las imágenes más icónicas de la Segunda Guerra Mundial y, por supuesto, también de toda su existencia. Lee Miller se limpió la suciedad de aquellos campos recién fotografiados en el baño de su verdugo. Onírico.


Las escenas de guerra dejaron una profunda huella en Lee Miller. La artista intentó acallar los fantasmas del trastorno del estrés postraumático (TEPT), regresando a casa e intentando regresar a su vida de antes. Incluso coqueteó de una manera algo sobrepasada con el alcohol. Sobre este aspecto, su nieta Bouhassane explica que «los daños psíquicos que sufrió en la guerra están bien documentados, a Lee le costó mucho volver a ser fotógrafa de moda, entusiasmarse con sombreros y bolsos después de lo que había visto. Cuando nació mi padre, ella tenía TEPT y depresión postparto, pero su actitud era de aguantar y callar. Bebió un poco porque era la única forma aceptada de afrontarlo, no se hablaba ni de traumas ni de salud mental».
Una vez acabada la guerra, Europa estaba devastada. Nada ni nadie eran lo que habían sido. De hecho, prácticamente todo el círculo artístico de los surrealistas con los que Lee Miller había desarrollado toda su carrera fotográfica de vanguardia, ya no estaba en París. La mayor parte de sus conocidos se escaparon a América Latina, como Leonora Carrington, o a EEUU como Max Ernst, Marcel Duchamp, André Breton o Man Ray, el fotógrafo surrealista del momento con el que aprendió fotografía, compartió una relación tormentosa y junto al que descubre la solarización, el fenómeno fotográfico de crear imágenes a través de la exposición solar en el momento del revelado. Una técnica que, por cierto, Man Ray explotó con su nombre muchos años, a pesar de ser fruto de la experimentación de la americana.
Abandono del fotoperiodismo y traslado a Sussex, Inglaterra

Terminó por abandonar el fotoperiodismo. En 1949, Lee Miller y Penrose, su marido, se mudan de Londres a Farleys Houses, donde guarda todos sus negativos, trabajos y apuntes, cerrando así una prolífica y dura etapa de su vida. «Habría sido más fácil quemar todos los negativos, pero una parte de Lee Miller seguía ligada a su trabajo. Le dio la espalda al fotoperiodismo, a la moda y a la fotografía artística, pero creo que al mismo tiempo no quería desprenderse de ese mundo, por eso debió dejarlo en el altillo», comenta su nieta a la revista especializada.
Los precios para comprar obra de Lee Miller en esta exposición de Londres parten de las 3.800 libras esterlinas (4.500 euros, aproximadamente). Hace alrededor de 30 años, la obra se valoraba en centavos. Hijo y nieta de la fotógrafa han hecho labores de difusión de la obra de Lee Miller, luchando para que fuera reconocida.
«Teníamos que ir convenciendo a espacios y galerías de que hicieran exposiciones con sus trabajos, así que nuestra estrategia era enumerar a todos los artistas masculinos del S. XX que había retratado o con las que había tenido romances, sólo así lo conseguíamos», detalla. Eso ya no es necesario, Lee Miller ha tenido una docena de exposiciones propias en la última década, la última en la prestigiosa Tate Britain. Ya tiene su espacio.
La exposición Lee Miller. Performance of a lifetime está activa hasta el 25 de febrero en la Lyndsey Ingram Gallery de Londres.


