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Sonia Díez sobre la ira: «El cuerpo reacciona como si hubiera peligro, aunque sólo sea una conversación incómoda»

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(Foto: Sonia Díaz)
  • Lucía Lera
    • Actualizado:

Un mal gesto, una discusión o una reacción impulsiva suelen etiquetarse hoy rápidamente como comportamientos tóxicos. Pero ¿qué hay detrás de todo ello? Lo cierto es que tanto la ira como el enfado son respuestas personales que pueden afectar a tus relaciones, tu situación laboral y a tu bienestar personal. Sonia Díaz Rois, mentora y coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente, nos da las claves para identificar los momentos de ira y evitar que el descontrol tome tu vida.

¿Qué es realmente un comportamiento tóxico?

Hoy en día parece que todo lo que no nos parece bien, nos molesta o nos incomoda es tóxico. «Y la realidad es que es normal sentirnos incómodos, observar otros comportamientos que no nos parecen adecuados», explica Sonia Díaz. Porque es ahí donde también podemos caer en un comportamiento poco saludable: «Dejamos de mostrar comprensión por el otro y tampoco nos damos el espacio para la duda o para intentar ayudar». El riesgo de llamar tóxico a cualquier comportamiento que nos incomoda «es que dejamos de mirar, de comprender y de dar espacio a que algo se pueda hacer de otra forma»

«Cuando el enfado guía lo que sientes, deja de ser una emoción puntual y pasa a ser la forma desde la que interpretas todo lo que te pasa»

Identificar estas situaciones es crucial para poder comprender el bienestar emocional. Hay una falsa creencia acerca de que estar bien es, simplemente, sentirse bien. Sonia Díaz pone un matiz más a esta definición: la necesidad de saber gestionar las emociones en todo este proceso. Básicamente, porque la mala gestión emocional incrementa las posibilidades de encontrarse en una posición de descontrol emocional, apunta: «El enfado, junto al miedo y la tristeza, nos genera incomodidad y, mal gestionado, incluso malas relaciones. Por lo tanto, darse cuenta de que sientes enfado, regular su intensidad y expresarlo adecuadamente suma a nuestro bienestar«.

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(Foto: Pexels)

Escucha correctamente el enfado

Según Sonia Díaz, hay una parte positiva de una situación de enfado; en el hecho de que «la emoción es información y nos ayuda a adaptarnos. El enfado es útil cuando lo reconocemos, escuchamos su mensaje y le prestamos atención sin juicio y luego decidimos si es necesario compartirlo con alguien más». 

Además de todo lo que ya sabemos sobre límites, el enfado también nos habla de nuestra tolerancia hacia los demás, explica la experta, y nos abre la puerta a cuestionar si hay otras formas de hacer las cosas. «Es una forma honesta de expresar desacuerdo, sin necesidad de convencer ni ponernos a la defensiva cuando pensamos diferente», y, bien gestionado, se convierte en una herramienta de diálogo. «Si lo gestionamos de forma respetuosa, nos permite pensar con más libertad y aprender de otros puntos de vista».

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(Foto: Pexels)

«El enfado, junto al miedo y la tristeza, nos genera incomodidad y, mal gestionado, incluso malas relaciones. Darse cuenta de que sientes enfado, regula su intensidad y expresarlo adecuadamente, suma a nuestro bienestar»

El problema radica en que el enfado se ignora, astilla y pasa a convertirse en la ira. «Hablamos de ira y enfado cuando la emoción ya está gritando. No solemos escuchar al enfado cuando susurra y eso hace que acumulemos, que no gestionemos y que acabe saliendo con más intensidad y menos foco. Debido a ese no reconocimiento inicial, tendemos a reprimirnos y contenernos, hasta que llega un momento en el que podemos explotar en una situación que no guarda relación directa con lo que hemos ido acumulando». 

En esta línea, la experta añade que cuando el enfado escala a ira, «dejamos de razonar con claridad, no tenemos en cuenta las consecuencias de nuestras palabras y el foco deja de estar en solucionar para centrarse en tener razón». La ira, como carga emocional del enfado, no es útil en este contexto y su energía sí puede ayudarnos en situaciones de peligro físico real, donde el cuerpo necesita reaccionar rápido y adaptarse.

Efectos secundarios de la ira

La ira afecta a tu entorno, pero también a tu organismo. Cuando el enfado deriva en esta situación, la experta subraya que se activa al estilo más primitivo de nuestro sistema y se prepara para defenderse de una amenaza. Entonces el cuerpo entra en situación de alerta y se acelera, se tensa y se prepara para actuar.

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(Foto: Pexels)

«Hablamos de ira y enfado cuando la emoción ya está gritando. No solemos escuchar al enfado cuando susurra y eso hace que acumulemos, que no gestionemos y que acabe saliendo con más intensidad y menos foco»

«Tu cuerpo reacciona como si hubiera peligro real, aunque lo que tengas delante sea sólo una conversación incómoda», alerta Sonia Díaz. «El problema es que, en muchos casos, no es necesaria tanta activación porque lo único que necesitamos es dialogar, escuchar, comprender, exponer ideas y buscar soluciones que beneficien a ambas partes». Y desde ahí no sólo se resiente el cuerpo, también dejamos de pensar con claridad.

No dejes que la ira se convierta en un conductor de emociones

Muchas veces nos encontramos en situaciones en las que, sin ser conscientes del todo, estamos tomando decisiones desde un punto de vista emocional y no racional. Y el detonante puede ser una situación de enfado. «Cuando el enfado guía lo que sientes, deja de ser una emoción puntual y pasa a ser la forma desde la que interpretas todo lo que te pasa», expresa Sonia. Las emociones se ramifican en diferentes respuestas y no tienen un manual o una respuesta universal hacia todas las personas, sino que son individuales y corren el riesgo de convertirse en la respuesta que ofrecemos a diferentes situaciones.

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(Foto: Pexels)

La ira tiene varias formas de aparecer; generalmente, la más común es que el enfado se mezcla de forma casi natural con el miedo. Y genera una situación de acción / reacción: tengo miedo de perder algo y me enfado. «Un proyecto, una falta de respeto, no sentir que nos tienen en cuenta. Y entonces el foco se pone en esa posible pérdida: perder un objetivo, autoridad o la oportunidad de participar y ser tenido en cuenta».

Otra forma de verlo es cerciorarte de cómo varía la forma en que miras el mundo «cuando nada parece estar bien. Todo falla, la gente es mala, las cosas no van como deberían. Cuando este foco está muy entrenado, es fácil que la persona se centre mucho más en los errores y en lo que está mal, que en lo que sí funciona». Algunas personas han aprendido a utilizar la ira desde la protección, «les hace sentir más fuertes y hasta lo parece, aunque por dentro están temblando. Han aprendido que mostrar su vulnerabilidad les expone y les pone en peligro». Y en estos casos, el enfado aparece de tapadera, para disimular tanto miedo como tristeza.

«Tu cuerpo reacciona como si hubiera peligro real, aunque lo que tengas delante sea sólo una conversación incómoda»

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(Foto: Pexels)

De igual modo, conviene prestar atención al uso del enfado para conseguir objetivos y que las cosas cambien. «Si me impongo, si elevo el tono de voz, me siento con más autoridad y me hacen caso», puesto que estas respuestas son las que pueden comprenderse dentro de los parámetros que definen la toxicidad.

No existen los enfados, existen personas que se enfadan

Cómo entender qué sucede puede ayudarte a prevenir situaciones límite en las que el enfado pasa a ser quien conduce la situación. Una herramienta clave para ello es prestar atención a los propios pensamientos: «Desde dónde veo el mundo, lo que ocurre y a mí». Si todo parece estar mal, si hay queja constante, si el lenguaje reprocha, culpa y busca que los demás sean los que solucionen su propio bienestar, «ahí hay una pista clara», subraya la experta.

Ese diálogo interno, que Sonia Díaz define como la música de ascensor, es fundamental aprender a escucharlo, «porque no nos enfada tanto lo que ocurre, sino lo que nos contamos sobre lo que ocurre. La calidad de nuestros pensamientos tiene la capacidad de desinflar o inflar nuestro enfado».

Muchas veces el detalle está en cosas concretas que parten de la forma en que te relacionas con los demás o tus reacciones ante pequeñas cosas. Aunque el verdadero problema comienza cuando el enfado deja de ser algo puntual y se instala como estado de base. «La emoción te acompaña en forma de una activación constante, y desde ahí cualquier situación puede convertirse en detonante».

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(Foto: Pexels)

«No nos enfada tanto lo que ocurre, sino lo que nos contamos sobre lo que ocurre»

Comprender qué es lo que te activa a ti es un gran paso. «Sí que hay ciertos temas relacionados con la justicia, con valores o con ese sentido común que podemos compartir. Pero los matices son enormes, porque todo está condicionado por la propia experiencia, por lo que te haya ocurrido ese día y también por tu estado físico: descanso, hambre, salud». 

Lo cierto es que muchas veces no reaccionamos a lo que está ocurriendo, «sino a lo que recordamos de manera inconsciente. Es ahí cuando se activa el patrón», señala Sonia Díaz. En esas situaciones no reaccionas sólo a lo que pasa, reaccionas a lo que eso despierta en ti, «un patrón que, seguramente, en su momento fue útil, pero ahora es posible que ya no tanto«.