Relojes & Joyas

El boxeador Logan Paul vende por 16 millones una carta Pokémon engastada en un colgante de diamantes

(Foto: Logan Paul)

Hay historias que parecen diseñadas para resumir la cultura digital de nuestro tiempo en un solo gesto. Un influencer convertido en luchador profesional, una carta de Pokémon convertida en objeto de culto y una subasta retransmitida en directo que termina en cifras millonarias. Pero el episodio que protagoniza Logan Paul en 2026 va más allá del espectáculo: su venta récord de una carta ultrarrara ha reabierto debates sobre especulación, propiedad compartida y la delgada línea entre negocio visionario y polémica.

(Foto: Logan Paul)

Logan Paul vende la carta Pokémon más cara del mundo por 16 millones

Pero este fenómeno no vive únicamente en el terreno de los grandes récords financieros: se filtra en lo cotidiano, en el consumo cultural y hasta en la gastronomía. Basta mirar el caso del pastelero madrileño Álex Cordobés, que llevó el coleccionismo al terreno foodie al esconder cartas Pokémon valoradas en miles de euros dentro de ediciones limitadas de sus tartas de queso, convirtiendo la compra en una experiencia de sorpresa, nostalgia y juego que evocaba el ritual de abrir sobres en la infancia.

Estas cartas ya no son sólo piezas de colección, sino catalizadores de comunidad y conversación. En ese contexto, operaciones millonarias como la protagonizada por Logan Paul dejan de ser una anomalía para integrarse en una tendencia más amplia donde entretenimiento, inversión y storytelling convergen. Ya sea dentro de una tarta o en una subasta internacional, la carta rara funciona como detonante de deseo, exclusividad y espectáculo.

(Foto: Logan Paul)

La pieza en cuestión es la famosa Pikachu Illustrator, considerada el Santo Grial del coleccionismo Pokémon. Creada en Japón en 1998 como premio de un concurso de ilustración, nunca se comercializó y apenas existen unas decenas de copias, 39 oficialmente, de las cuales muy pocas sobreviven en buen estado.

La unidad que poseía Paul tiene además una singularidad clave: fue calificada como PSA 10, la puntuación perfecta que certifica su estado impecable y la convierte en la única de su tipo con esa nota.

(Foto: Logan Paul)

En febrero de 2026 la carta cambió de manos por 16.492.000 dólares, estableciendo el récord de la carta coleccionable más cara jamás vendida en subasta. El comprador fue el inversor tecnológico AJ Scaramucci, quien la adquirió en una puja organizada por la casa Goldin tras semanas de ofertas y decenas de incrementos de precio.

La cifra no sólo superó todas las marcas previas del sector, sino que confirmó el crecimiento explosivo de los objetos de colección como activos alternativos, capaces de generar beneficios multimillonarios: Paul había comprado la carta en 2021 por unos 5,3 millones, por lo que la operación le reportó una ganancia notable.

(Foto: Logan Paul)

La escena de la venta fue puro espectáculo mediático: retransmisión en directo, confeti y un verificador de Guinness certificando el récord en el momento, mientras el influencer entregaba la carta, engastada en un colgante de diamantes, al nuevo dueño. Sin embargo, la narrativa triunfalista ha convivido con una sombra persistente. En paralelo al récord, comenzaron a circular acusaciones en redes y foros que cuestionan la legitimidad de algunas operaciones relacionadas con la carta.

Usuarios e inversores han señalado el caso del proyecto Liquid Marketplace, plataforma vinculada a Paul, donde supuestamente se vendió un 51 % de la propiedad del objeto al público para después recomprarlo por una fracción de su valor, generando malestar entre participantes que afirman no haber recuperado su inversión.

(Foto: Logan Paul)

Otros comentarios denuncian dificultades técnicas, falta de votaciones sobre la venta o ausencia de pruebas claras sobre la recompra de la participación mayoritaria. A este ruido se suman acusaciones virales sobre supuestas prácticas de información privilegiada en la subasta, que el propio Paul negó tajantemente calificándolas de falsas.