En tiempos de técnicas sofisticadas y emplatados milimétricos, hay recetas que siguen recordándonos que la cocina empieza en la sencillez. Pocas preparaciones evocan tanta memoria doméstica como el flan de huevo: un postre que pertenece tanto al recetario familiar como al imaginario colectivo de la gastronomía española. Cuando esa tradición pasa por las manos de Samantha Vallejo-Nájera, cocinera, empresaria y una de las voces más reconocibles de la cocina contemporánea, el resultado no es una reinvención radical, sino un ejercicio de respeto por lo esencial.
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La propia página de la chef lo presenta como un clásico infalible, una propuesta que demuestra cómo «combinar huevos, leche y azúcar para obtener un flan suave y cremoso» se convierte en algo más que una fórmula: en una pequeña lección de cocina doméstica. En esa idea está el germen del atractivo del plato. El flan no necesita excesos; su identidad se construye desde la austeridad, y quizá por eso ha sobrevivido intacto al paso del tiempo.
Hablar de flan es hablar de una genealogía compartida con otras preparaciones lácteas a base de huevo que han marcado la tradición culinaria europea. Postres como las natillas, elaboradas igualmente con leche, yemas y azúcar, nacieron en entornos donde la sencillez y el aprovechamiento eran clave, como conventos o cocinas humildes, y terminaron por consolidarse en el recetario popular.

En esencia, la receta sigue la liturgia conocida: el caramelo se prepara primero, vigilando su punto exacto, ni demasiado oscuro ni pálido, para que aporte ese contrapunto amargo que estructura el postre. Después, la mezcla de huevos, leche y azúcar se integra sin prisas, evitando introducir aire en exceso. No hay prisa: el flan se cuaja al baño María, técnica que permite controlar la temperatura y lograr esa textura sedosa que define el resultado final.
En ese proceso, el atractivo no reside sólo en el resultado sino en el acto mismo de cocinar. La receta invita a detenerse, a observar cómo el azúcar cambia de color o cómo la superficie del flan adquiere consistencia durante el horneado. En el universo mediático de Vallejo-Nájera, acostumbrado a proyectos televisivos y catering de gran escala, esta propuesta adquiere una dimensión íntima: devuelve a la cocina doméstica su protagonismo.

Además, su flan conecta con un momento cultural concreto: el regreso a la cocina casera como espacio de confort y creatividad. En una época donde la gastronomía convive con la hiperestimulación visual de las redes sociales, recuperar un postre clásico implica también reivindicar el valor emocional de la memoria culinaria.
Desde el punto de vista gastronómico, el flan también funciona como un ejercicio técnico. Conseguir el equilibrio exacto entre firmeza y cremosidad exige precisión en la temperatura y el tiempo. El baño María, recurso tradicional para preparaciones con huevo, amortigua el calor y evita que la mezcla se corte, permitiendo una coagulación suave. Esa técnica, compartida con otras elaboraciones dulces como las cremas o natillas, subraya la continuidad entre distintas tradiciones de la repostería europea y mediterránea.

