Nos hemos acercado hasta el número 88 de la calle Lagasca, donde ultiman los detalles de Vega Private Members, el club exclusivo impulsado por Íñigo Onieva que aspira a convertirse en el nuevo epicentro de poder y sofisticación de la capital. A pocos días de su apertura, hemos podido ver cómo avanza el proyecto y cómo Onieva supervisa cada detalle. Como puedes ver por las fotos en exclusiva, la fachada ya anticipa el nivel de exclusividad que promete en su interior. Y si algo deja claro es que aquí nada será evidente.
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Una fachada que susurra exclusividad
Antes de que el interior diseñado por Lázaro Rosa-Violán despliegue sus casi 1.000 metros cuadrados, el edificio ya envía un mensaje: discreción absoluta.
La fachada, revestida de azulejo cerámico en tonos azul noche con matices envejecidos, rompe con la estética habitual del barrio. No hay rótulos llamativos ni carteles que delaten lo que ocurre dentro. Sólo una presencia sólida, elegante y enigmática.
Un gran toldo azul marino ribeteado en dorado recorre los ventanales, creando una línea ondulante que aporta carácter y cierta teatralidad contenida. Bajo él, amplios cristales oscurecidos permiten intuir movimiento, pero nunca revelar demasiado.

La puerta doble de madera, robusta y sobria, con tiradores escultóricos en metal, parece diseñada para marcar un límite simbólico: lo que sucede dentro pertenece sólo a sus miembros. El conjunto invita al secretismo. No busca atraer a curiosos; seduce a quienes saben que deben estar ahí.
Mientras observábamos los últimos retoques, vimos acercarse a Íñigo Onieva para supervisar personalmente los detalles finales. Nada se deja al azar. Cada textura, cada línea, cada elemento parece responder a una narrativa muy clara: exclusividad sin estridencias.
Madrid necesitaba su gran ‘members club’
«Nuestro objetivo no es el volumen, sino la creación de una comunidad sólida, coherente y de alto valor»
Hace apenas un mes, en una entrevista exclusiva con COOL, Íñigo Onieva nos hablaba del concepto detrás de Vega (nombre con el que él mismo se refiere al proyecto). «Vega nace de una observación clara: Madrid es una capital vibrante, internacional y madura, pero hasta ahora no contaba con un members club que integrara de verdad vida social, profesional, cultural y gastronómica en un entorno privado y cuidado», nos explicaba.
No se trata, insiste, de crear «sólo un club al que se acude puntualmente, sino un espacio que forme parte de la rutina de los socios. Un entorno donde sentirse cómodo, cuidado, inspirado y acompañado, tanto a nivel personal como profesional». El acceso, por supuesto, no será masivo. Onieva lo deja claro: «Nuestro objetivo no es el volumen, sino la creación de una comunidad sólida, coherente y de alto valor».

La membresía será principalmente por invitación de un miembro fundador o mediante recomendación de dos socios, y todas las solicitudes pasarán por un Comité de Admisiones. El límite está fijado: máximo 100 Miembros Fundadores, 300 Individuales y 100 Corporativos. Más que un club grande, quieren (en sus palabras) «un gran club».

El nuevo entorno natural de los empresarios
«En un perímetro de apenas 500 metros se ubican algunos de los principales fondos de inversión, despachos de banca privada y bufetes de abogados más relevantes del país»
La ubicación no es casual. Lagasca 88 se encuentra en la esquina con Ortega y Gasset, en uno de los enclaves más prime de la capital, rodeado de grandes firmas internacionales y, lo más importante, de despachos de banca privada, fondos de inversión y bufetes de referencia. «En un perímetro de apenas 500 metros se ubican algunos de los principales fondos de inversión, despachos de banca privada y bufetes de abogados más relevantes del país», nos contaba Onieva.
Vega quiere convertirse en la extensión natural de esos despachos: un lugar donde cerrar acuerdos, celebrar reuniones privadas o recibir inversores en un entorno que combine negocio y placer. Porque si algo diferencia a Vega Private Members es su equilibrio. «No es solo un club de trabajo ni únicamente un espacio social», nos decía. «Aquí se puede trabajar, reunirse, celebrar, desconectar o simplemente estar, sin sentirse observado ni expuesto».

Privacidad como norma
«La comunidad está pensada para integrar distintas generaciones, sectores y nacionalidades que compartan una forma de entender las relaciones, el ocio y el tiempo»
Uno de los aspectos más llamativos es la política respecto al uso de móviles. «La privacidad es un valor irrenunciable en Vega», subrayaba Onieva. «Queremos que los socios se sientan libres y tranquilos, sin la sensación de estar expuestos o grabados». El uso del teléfono estará permitido para lo esencial, pero no para hacer fotografías o vídeos. Una decisión que conecta directamente con la estética de la fachada: lo importante sucede dentro, pero no se exhibe.
Impulsado por Mabel Hospitality (propiedad de Manuel Campos Guallar y Cristiano Ronaldo) junto a Onieva, el proyecto bebe de la tradición de los grandes clubs de Londres o Nueva York, pero con identidad propia.

«La comunidad está pensada para integrar distintas generaciones, sectores y nacionalidades que compartan una forma de entender las relaciones, el ocio y el tiempo», explicaba el empresario.
El diseño interior (que promete grandes salones con techos de más de cuatro metros, zonas de restauración diferenciadas, áreas de trabajo y salas privadas) ha sido concebido para que las conexiones surjan de manera orgánica. Nada de networking forzado. «En VEGA siempre está pasando algo. Por las mañanas, por las tardes y por las noches».
Tras el éxito de Casa Salesas, Onieva y su socio han dado un paso más ambicioso. Si aquel restaurante congregó a la socialité madrileña, Vega Private Members aspira a convertirse en el verdadero punto de pertenencia de la nueva élite de la ciudad.
