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Mary Greenwell, la maquilladora que cambió la mirada de Lady Di: «El delineador azul la envejecía»

(Foto: GettyImages)

Hay figuras que trabajan en la sombra pero cuyo impacto cambia la historia visual de una época. Mary Greenwell es una de ellas. Su nombre no siempre aparece en titulares, pero su pincel redefinió el rostro de algunas de las mujeres más fotografiadas del planeta, incluida Diana de Gales, y, décadas después, su trayectoria ha recibido el reconocimiento institucional de la familia real británica. Condecorada recientemente como Miembro de la Orden del Imperio Británico, la maquilladora simboliza la influencia silenciosa de la belleza bien entendida: aquella que no transforma, sino que revela. Este artículo recorre su carrera, el gesto que transformó la imagen de Lady Di y la filosofía estética que le ha valido un lugar en la historia del maquillaje contemporáneo.

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Mary Greenwell, la maquilladora que le quitó el lápiz azul a Lady Di

Durante años, el delineador azul fue casi una extensión del icono visual de Diana. Era una seña de identidad tan reconocible como sus trajes o sus joyas, repetida en actos públicos y retratos oficiales. Sin embargo, ese detalle cambió cuando Greenwell entró en escena y cuestionó lo establecido. Según explicaría más tarde, «el delineador azul la envejecía y apagaba el color natural de sus ojos». La observación, aparentemente mínima, marcó el inicio de una transformación estética que acabaría influyendo en la percepción pública de la princesa.

La maquilladora comenzó a trabajar con Diana en 1991 durante una sesión fotografiada por Patrick Demarchelier que se convirtió en el punto de partida de una colaboración basada en la confianza. Bajo su dirección, la paleta evolucionó hacia tonos neutros y sombras suaves que reforzaban la naturalidad de la mirada. Ese enfoque acompañó a la princesa en algunos de sus momentos más icónicos, consolidando su imagen de sofisticación moderna y seguridad personal.

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Una distinción que reconoce una trayectoria

Décadas después de aquel giro estético, la Corona británica ha reconocido su legado. Greenwell fue distinguida como Miembro de la Orden del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en el palacio de St. James y presidida por la princesa Ana, un gesto que celebra su contribución al mundo de la belleza y la cultura visual. La maquilladora compartió la emoción del momento: «Fue un honor inmenso estar frente a ella. Fue increíblemente amable y hablamos de maquillaje y belleza», escribió tras la entrega. Para ella, la jornada fue «un día verdaderamente especial e inolvidable», palabras que resumen el peso simbólico de una carrera que ha transitado con naturalidad entre palacios y editoriales de moda.

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De las supermodelos al entorno real

La historia de Greenwell no empieza en Buckingham ni en Kensington. Su carrera despegó en los años setenta tras maquillar a Brooke Shields y se consolidó en París trabajando junto a fotógrafos influyentes y a las supermodelos que definieron los noventa, desde Kate Moss hasta Naomi Campbell. Su estilo, piel luminosa y sofisticación sin artificios, se convirtió en una firma personal que le abrió las puertas del círculo real.

La lista de mujeres que han pasado por sus manos incluye también a Cate Blanchett, Elizabeth Hurley, la reina Rania de Jordania o Meghan Markle. Todas ellas comparten un denominador común: una elegancia sin estridencias que subraya la personalidad antes que el artificio. En ese sentido, su reconocimiento oficial trasciende lo protocolario y actúa como aval a una forma de entender el maquillaje como lenguaje cultural.

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La filosofía detrás del pincel

Más allá del gesto simbólico de desterrar un color, la maquilladora compartía con la princesa una visión concreta de la belleza. Su método comenzaba por algo tan simple como preparar los labios desde el inicio del proceso: «siempre hidrato los labios al principio», y descansaba en una convicción clara: «Con una buena piel, todo es más fácil». Apostaba por ojos naturales en tonos marrones, difuminados impecables y pestañas definidas sin artificio: «Diana tenía unas pestañas increíbles. Nunca le habría puesto pestañas postizas», además de evitar el contouring excesivo en favor de la luz natural del rostro.

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