COOL People

El financiero que desplumó a un dueño de Hermès robó 20 millones a Ursula Andress, la primera chica Bond

(Foto: GTRES/Getty)

Como en el episodio Victoria de Furia, donde Cecilia Roth interpreta a una actriz que descubre que su representante le ha robado durante años, la historia de Ursula Andress (la primera chica Bond) tiene algo de ficción incómodamente real. Sólo que aquí no hay guion: hay cerca de 20 millones de euros desaparecidos y una denuncia que llega demasiado tarde. El mismo día que cumple 90 años, la actriz no celebra. Denuncia. Y lo hace con una frase que resume más que cualquier titular: está «en estado de shock». El motivo: su ex representante, también asesor del heredero de Hermès, habría dilapidado cerca de 20 millones de euros de su patrimonio. Traducido al lenguaje financiero: prácticamente toda su fortuna.

El financiero Eric Freymond, fue también asesor de Nicolas Puech, heredero de Hermès. Eric se suicidó arrojándose a las vías de un tren tras verse envuelto en un escándalo por la desaparición de acciones valoradas en 12.800 millones de euros. Puech acusó a Freymond de vender sin su consentimiento su 5% en Hermès al grupo rival LVMH, aunque el asesor aseguró que actuaba con conocimiento del cliente. La controversia se suma a un historial de denuncias previas contra Freymond por falsificación y apropiación indebida de activos de otros clientes. Tras 25 años de relación profesional, Puech lamentó la muerte de su exasesor, destacando que aún no se conoce toda la verdad sobre los hechos, mientras la fortuna del multimillonario permanece vinculada a su decisión de legarla a Jadil Butrak, su jardinero en Sevilla.

El caso de Ursula Andress no es sólo una historia de estafa que ha desvelado al medio suizo Blick. Es también una lección incómoda sobre la arquitectura invisible que sostiene muchas carreras de éxito: representantes, asesores, gestores. Figuras que operan en la sombra, pero que manejan más poder del que se reconoce públicamente.

Según la denuncia, las maniobras incluyen transferencias sin consentimiento, inversiones dudosas y compras de arte que la actriz nunca llegó a ver. Una colección inexistente con dinero muy real. El dato más inquietante no es la cantidad (aunque lo sea), sino el tiempo: ocho años. Ocho años en los que la confianza funcionó como el mejor blindaje del fraude.

Ursula Andress (la primera chica Bond). (Foto: GTRES/Getty)

De chica Bond a víctima

Durante décadas, Andress encarnó una idea de mujer inalcanzable: sofisticada, libre, casi indestructible. Pero la realidad (como suele ocurrir) es menos cinematográfica. «Se aprovecharon de mi edad», ha declarado. Y ahí es donde el relato deja de ser individual para convertirse en estructural. Porque el caso pone sobre la mesa una vulnerabilidad poco explorada: la de las grandes figuras que envejecen alejadas del foco, pero rodeadas de decisiones económicas complejas.

No es casual que la actriz esperara «vivir sus últimos años en paz». Es, de hecho, el objetivo final de cualquier estrategia patrimonial bien diseñada. O debería serlo.

Hay algo inquietantemente familiar en esta historia. Como si ya la hubiéramos visto antes. Y, en cierto modo, así es. Como decíamos al principio, en Furia, el giro de guion llega en el momento justo. En la vida real, como en el caso de Andress, llega tarde.