Los reyes de Países Bajos de visita oficial a Estados Unidos. ¿Qué es lo que ocurre cuando suceden en el calendario real este tipo de reuniones? Ver a una royal junto a una primera dama genera un efecto casi magnético y despierta el interés de todo el mundo por ver por dónde se decantan la línea estilística de unas y otras. En esta ocasión no ha habido sorpresas y sí que se ha podido ver a ambas siguiendo su línea con elegancia y coherencia al acto. Ahora bien, es bien sabido que las royals europeas no dan puntada sin hilo a la hora de elegir los estilismos y, en el caso del look de Máxima de Holanda, hay un detalle intrínseco que puede pasar desapercibido a simple vista y que está relacionado con la corona de España.
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La visita se da en un marco un tanto paradójico que ha despertado ciertos comentarios e incertidumbre entre los neerlandeses. Primero, porque la reunión se celebraba un año después de que los Reyes de Holanda acogiesen a los Trump en un palacio real durante una cumbre de la OTAN muy vigilada. Pero ahora el marco es diferente y la quedada, igual.
Incluso dejó una divertida anécdota a la altura del encuentro, cuando los Reyes de Holanda se dirigieron a la entrada y compartieron un momento con los niños en la entrada. Más aún, cuando la Reina dijo a una de las niñas con ternura: «Dejé mi corona en casa. Lo siento. La próxima vez intentaré traerla».
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Porque los reyes incluso llegaron a pasar el lunes por la noche en la Casa Blanca, algo poco común en este tipo de visitas. Incluso el New York Times describió en una publicación al respecto que se trataba de la «pijamada más rara de la historia». Pese a ello, lo que no ha defraudado en ningún momento han sido los looks elegidos tanto por los anfitriones como por los invitados.
Dos looks de altura
Ambas mujeres derrocharon elegancia, dejando una lección de estilo en la recepción de la Casa Blanca. Con el tiempo a favor, ambas aprovecharon para sacar del armario los cortes que están dando la bienvenida a la primavera. Especialmente marcado en el look elegido por la primera dama de los Estados Unidos, que eligió un vestido midi en blanco con bordados en negro con tirante ancho de la firma londinense Erdem. Un guiño al punto europeo de sus huéspedes. Acompañó el look con unos zapatos altos en tono negro.
Mientras que la reina Máxima de Holanda decidió optar por uno de sus diseñadores indispensables en el armario para esta ocasión y, por ello, lució un vestido midi naranja con drapeado lateral del danés Claes Iversen. Culminó el look con unos zapatos altos en tono marrón de Gianvito Rossi y un bolso del mismo color. Aparentemente no hay nada que debiera llamar la atención, pero todo cambia si prestamos cierta atención al detalle del vestido.
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Un signo de la monarquía de Holanda
Se trata del tono elegido: el naranja. Si ampliamos las referencias a todo el universo holandés, veremos cómo este color se repite una y otra vez; incluso los jugadores de fútbol de la selección nacional son conocidos como la «marea naranja» porque emplean este color en sus equipaciones. Y su origen no es otro que homenajear a la Casa de Orange-Nassau, la familia real, cuyo apellido deriva de la ciudad francesa de Orange.

Para conocer el motivo, tendríamos que remontarnos a la historia de Países Bajos, concretamente a la Guerra de los 80 años en el siglo XVI. Esta batalla liberó a los neerlandeses, liderados por Guillermo I de Orange, del reino de España; aquí la relación con nuestra nación. Originalmente, la bandera neerlandesa era naranja, blanca y azul, antes de que el rojo reemplazara al naranja en el siglo XVII. Y este color naranja fue precisamente adquirido por el nombre de la Casa Real que llevó a los Países Bajos a su independencia.

Lejos de haber quedado como un punto aislado en la historia, aún a día de hoy este color se ha mantenido como un símbolo de unión y de fuerza entre el pueblo neerlandés, representando el sentimiento de comunidad, muy visible en el Koningsdag (Día del Rey) y en la equipación de los deportistas nacionales del país.
