Hay lugares donde la historia pesa más que el paisaje. En medio del verde profundo del oriente antioqueño, frente a las aguas quietas de la represa de Guatapé, se alzan los restos de una propiedad que durante décadas encarnó el exceso, el poder y la violencia del narcotráfico. La finca La Manuela, uno de los enclaves más personales de Pablo Escobar, pasó de ser un proyecto familiar de lujo a convertirse en ruina turística y, finalmente, en un activo subastado por el Estado colombiano. Su trayectoria, llena de mitos, dinamita y memoria, es también una radiografía de cómo el tiempo reconfigura el significado de los lugares.
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La Manuela, la propiedad (más famosa) subastada de Pablo Escobar
La finca fue adquirida por el jefe del cartel de Medellín en los años ochenta y la construcción de la mansión se ordenó a mediados de esa década, a orillas de la represa de Guatapé.
La versión más extendida, transmitida por guías y antiguos trabajadores, sostiene que el complejo se levantó como regalo para su hija menor, Manuela Escobar, de quien tomaría el nombre, pensado para celebrar su cumpleaños número quince.

La elección del emplazamiento no fue casual: el conjunto se ubicó en uno de los islotes de la represa, con acceso por lancha desde el malecón de Guatapé o por tierra desde El Peñol, lo que le confería aislamiento, vistas privilegiadas y discreción estratégica.
El proyecto reflejaba la lógica del lujo ostentoso: piscina con vista directa al embalse, caballerizas y amplios jardines.

La finca alcanzaba dimensiones notables: unas 14 hectáreas de terreno y 7.826 metros cuadrados construidos, con áreas plantadas de especies traídas de África y Europa, además de ejemplares poco comunes en la región como magnolias o tulipanes.
Incluso los caballos alojados allí formaban parte del relato del exceso, por sus establos pasaron ejemplares célebres como Terremoto de Manizales, y contribuyeron a alimentar el aura casi legendaria del lugar.

Violencia, dinamita y abandono
Pero el sueño nunca llegó a materializarse del todo. En febrero de 1993, en pleno conflicto entre el cartel de Medellín y el grupo Los Pepes, la propiedad fue atacada con explosivos y reducida prácticamente a ruinas, cuando la casa aún no estaba completamente terminada. Escobar ni siquiera alcanzó a hospedarse allí.
Tras su muerte ese mismo año, el lugar quedó como vestigio físico de una época convulsa. Durante años fue administrado por antiguos trabajadores y terminó convertido en punto de interés turístico, tanto por su ubicación como por el relato que lo rodeaba: episodios familiares, actividades ilícitas y la simbología del poder criminal que había representado.

Su fama hizo que visitantes acudieran a recorrer las ruinas hasta que en 2019 la Sociedad de Activos Especiales (SAE) recuperó el control.
Durante ese tiempo se plantearon proyectos, como transformarla en parque de diversiones bajo concesión, pero el deterioro y la maleza avanzaron, reforzando su imagen fantasmagórica: paredes blancas erosionadas, cubiertas de vegetación y aves de rapiña en la cúspide.

La subasta: del mito al mercado
Décadas después, el Estado decidió cerrar el ciclo. La finca fue finalmente subastada en una puja pública cuyo precio base rondaba los 5.000 millones de pesos colombianos, y terminó vendiéndose por más de 7.700 millones. Esa cifra equivale aproximadamente a algo más de 1,7 millones de euros (dependiendo del cambio), es decir, muy por encima del precio inicial fijado para la subasta. Otra referencia mediática sitúa la operación global en más de dos millones de dólares, subrayando el interés que aún despertaba el enclave pese a su estado de abandono.
La venta, según la SAE, tenía un valor simbólico además de económico: convertir bienes adquiridos con dinero ilícito en recursos legales y cerrar capítulos de violencia mediante su reintegración al circuito formal.

Qué es hoy La Manuela
Hoy el espacio ya no se presenta únicamente como ruina narco, sino como un activo en transformación con perspectivas de desarrollo turístico privado.
La finca sigue siendo conocida como punto de interés en la región, incluida dentro de experiencias turísticas y excursiones en la zona de El Peñol, reinterpretada como símbolo de resiliencia y memoria histórica.
La paradoja es evidente: el lugar que fue símbolo del poder criminal del narcotráfico y escenario de episodios íntimos y violentos al mismo tiempo, ha pasado a convertirse en un testimonio visitable del pasado reciente colombiano.
