Eran las 8.27 minutos de la mañana del 10 de septiembre de 1981 cuando aterrizaba en Barajas-Madrid el vuelo regular de Iberia 0952 procedente de Nueva York. A pie de pista, decenas de personas estaban esperando ser testigos de un hecho histórico. Un hecho que, por cierto, desconocían los más de 300 pasajeros que venían de EEUU hasta que el comandante de la compañía, Juan López Durán, anunció a los pasajeros por megafonía: «Señoras y señores, bienvenidos a Madrid. Tengo que decirles que han venido acompañando al Guernica de Picasso en su regreso a España».

El mural de Picasso llegaba a nuestro país en la bodega de un Boeing 747, sacado de su bastidor, enrollado y resguardado en una caja de madera hecha ad hoc para el traslado. Los empleados del MOMA de Nueva York, donde estuvo depositado durante más de 40 años antes de viajar a España, trabajaron durante toda la noche para garantizar un traslado seguro y sin daños.

La Operación Guernica, que se llevó a cabo con la máxima discreción, casi de manera secreta, fue de una enorme complejidad porque se debían sortear importantes obstáculos que, poco a poco, se fueron superando. Una de las figuras clave de aquellas negociaciones fue Javier Tusell, el director general de Patrimonio Artístico, Archivos y Museos del momento, en el que recayó la importante hazaña. Su intervención fue fundamental, tanto en las cuestiones diplomáticas con el MOMA como en la investigación sobre la propiedad legítima del cuadro y los derechos sobre el mismo, así como en las negociaciones con los herederos de Pablo Picasso.

Genoveva Tusell, autora de El Guernica recobrado: Picasso, el franquismo y la llegada de la obra a España, relata que el primer obstáculo fue «la condición impuesta por Picasso, que redactó un documento en 1970 explicando las condiciones que se debían cumplir para que su cuadro viniera a España, y la principal era que existiera democracia».

El primer intento: 1968

La llegada del Guernica de Picasso a Barajas en 1981. @ Iberia

«En España hay muy poca gente que sabe que el primer intento de recuperar la obra fue todavía bajo la dictadura de Franco en 1968, ya que se estaba construyendo el Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC). Pensaron que la gran obra de ese museo podía ser el Guernica, un mural que se sabía que era propiedad española, aunque no se tenía ninguna documentación al respecto».

Aquel primer intento (fallido) del Gobierno de Franco fue lo que impulsó a Picasso a poner por escrito las condiciones del préstamo en el MOMA y la condición principal es que sólo volvería a España si había una democracia. «Al principio redactó una fórmula que decía que el Guernica vendría cuando se restableciera la República; sin embargo, su abogado le aconsejó poner: ‘Cuando se restablezcan las libertades públicas’. Es decir, cuando hubiera un régimen democrático, ya sea en forma de república o de monarquía parlamentaria, como fue finalmente».

Esta condición se fue superando poco a poco porque la Transición ya estaba en marcha a finales de los años 70. Se había aprobado la Constitución Española, se iban a celebrar las primeras elecciones democráticas desde los años 30 del s. XX y se estaban consiguiendo otros hitos en las libertades sociales.

Más tarde, las cosas se fueron complicando aún más porque en 1979 entraron en juego los herederos de Picasso, que en ese momento ya habían más o menos solucionado los asuntos de la herencia y la sucesión con respecto al legado del pintor, que había muerto en 1973. Un asunto complejo de resolver, teniendo en cuenta que el artista tuvo hijos dentro y fuera del matrimonio.

«Cuando terminan de organizar la sucesión, escriben una carta al MOMA pidiendo ser consultados sobre cualquier cosa que se hiciera con la obra. Ahora había que negociar con el museo y también con sus herederos, además de demostrar que, efectivamente, el Estado español era el legítimo propietario de la obra», señala Tusell.

La beligerancia de Maya Picasso

Proceso de desmontaje del Guernica en el MOMA. Fondos del Archivo Histórico Nacional de España

«La más beligerante fue su hija Maya Picasso; algo que tenía sentido, teniendo en cuenta que ella era una niña cuando se pinta el Guernica y está muchas veces en el estudio con su padre. Ella era la más parecida a su padre, pero en versión mujer; tenía mucha fuerza y estaba muy comprometida con que se respetaran las condiciones de Picasso», explica.

De aquellos días hay un intercambio de cartas entre Maya (que se llamaba en realidad María Concepción) y el director general de Bellas Artes, donde la primera preguntaba y preguntaba intentando verificar que se daban las condiciones democráticas en el país. «Son unas cartas magníficas. Hay un momento en que le dice a mi padre que, si España es un país democrático, debería tener una ley del divorcio. La contestación de mi padre fue mandarle el proyecto de ley del divorcio que se iba a discutir en el Congreso de los Diputados. Recuerdo que más o menos en el año 2004, se encontraron en Barcelona y se saludaron con un abrazo muy fraternal, y Maya le dijo: «Anda que no nos peleamos tú y yo por el Guernica», recuerda Tusell.

Otro aspecto a sortear para que el cuadro viniera era demostrar que era propiedad de España, aunque se sabía que el Guernica fue una obra encargada por la República para el Pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937 y que fue pagada al artista.

Sin embargo, «y a pesar de que Picasso guardaba todo», apunta Tusell, no se conservaba ningún recibo del abono de la obra ni tampoco la cantidad que se había pagado. En este momento crucial, Rafael Fernández Quintanilla, diplomático de carrera, fue nombrado embajador en misión especial en París, precisamente para conseguir alguna documentación que probara que el Guernica era de España.

«Y la encontró en los archivos de Luis Araquistain, que había sido el embajador de España de la República Española. Entre los papeles que halló, había una carta de Max Aub relatando la visita a Picasso para encargarle la obra, pero sobre todo había un documento con una relación de gastos de la embajada española en París en concepto de propaganda. Ahí aparece una línea que pone: ‘Pablo Picasso’. Y entre paréntesis, ‘gastos. Guernica’ y la cantidad de 150.000 francos, que fue lo que se pagó al artista. Ese fue el documento que probaba que el Estado español era el legítimo propietario y que, en el caso de tener que ir a los tribunales para reclamar el Guernica, se tenía todo a favor para ganarlo», relata.

Las conversaciones con el MOMA de NYC

Las conversaciones con el MOMA, que también era uno de los actores en escena, fueron relativamente sencillas porque su labor fue muy colaboradora, a pesar de que el Guernica era un foco importante de sus visitas. Muchas personas iban a Nueva York sólo a ver la obra de Picasso. El museo estadounidense hizo de nexo entre la familia y el Estado español, y a la hora del traslado, cedieron todos los bocetos y dibujos preparatorios, y otras obras de la misma época realizadas con temas similares, las cuales podemos ver hoy en el Museo Reina Sofía.

Recuerda Tusell que «hubo un momento en el que se planteó dejar algunas de estas últimas obras en el MOMA como agradecimiento, pero declinó la oferta porque eran muy conscientes de que era un conjunto que tenía sentido que se mantuviera unido y no lo querían separar. De modo que su colaboración fue muy positiva en todo el proceso».

Alrededor de aquella preparación de todo el material artístico para venir a Madrid hay decenas de anécdotas divertidas y curiosas. «La conservadora jefe del MOMA recuerda en una entrevista la noche en la que trabajaron para empaquetar todo en unos trabajos muy complicados, la delegación española estaba casi como de fiesta, riendo y haciendo chascarrillos porque, claro, había conseguido algo histórico y lo estaban viviendo con una tremenda alegría. Ella cuenta en aquella entrevista que los españoles no le dejaban trabajar tranquila; pero bueno, entiendo que estuvieran tan emocionados y creo que también habla mucho de cómo somos los españoles».

Eso sí, no es la única curiosidad alrededor de aquella operación, algunas cómicas, otras emocionantes. Durante los días previos al traslado, Álvaro Pérez-Novillo, subdirector de Artes Plásticas, y José María Cabrera, director del Instituto de Patrimonio, estaban en Nueva York como una semana antes, con el fin de ir haciendo gestiones y casualmente se encuentran en la calle con Luis García Berlanga.

«‘Hombre, ¿qué hacéis aquí?’, preguntó el director de cine. Ellos callados, claro, porque no podían decir nada. Luego, cuando Berlanga se enteró, les dijo que podría haber grabado y documentado todo el embalaje, pero claro es que la discreción debía ser máxima. Otra anécdota es que al salir del MOMA con los camiones hacia el aeropuerto, de repente, hay un fallo en la luz y los semáforos no funcionan en toda la ciudad. Aquello fue un caos y costó llegar hasta el avión, donde la delegación entró sin billete ni nada en el vuelo regular que hasta que aterriza en España y el comandante les da a todos la bienvenida a Madrid y les informa de que han venido acompañando al Guernica de Picasso. Todo el mundo se puso a aplaudir, Pérez-Novillo aún se emociona hasta el punto de no poder hablar cuando lo recuerda», explica Tusell.

Operación Guernica: en marcha y de alto secreto

Detalle de la portada de El ‘Guernica’ recobrado, de Genoveva Tusell.

El Guernica venía a España. La operación de traer el cuadro de 1937 pintado por Picasso, que ya se había convertido en un símbolo contra los conflictos bélicos y en una de las obras más importantes de la historia del arte, estaba en marcha.

Toda la operación de traslado exigía un máximo secreto, de ahí que la obra y todo el cortejo artístico de dibujos y fotografías relacionadas con el Guernica se desmontara en plena noche, tras el cierre del museo neoyorquino. Un secretismo que emergía sobre todo por el temor a que el cuadro sufriera algún daño o algún ataque durante el traslado o a la instalación en Madrid.

España en 1981 vivía una atmósfera de extrema tensión política y social. La democracia aún tenía poco recorrido, y además había sufrido un intento de golpe de Estado hacía apenas unos meses por parte del teniente de la Guardia Civil, Antonio Tejero. En esos días estaba ahí, sin duda, el fantasma del 23-F; pero también la sombra de ETA, la banda terrorista seguía sumando asesinatos y había una constante sensación de inseguridad; así como la reciente dimisión en enero de 1981 de Adolfo Suárez, el presidente del Gobierno, que dejó el cargo a Leopoldo Calvo-Sotelo.

Frente a esa tensión, y como contrapunto, se percibía también una revolución cultural en las calles de las grandes ciudades, consolidándose la Movida Madrileña, una efervescencia potentísima de los garitos míticos del momento, como la Sala Rock-Ola, en el barrio de Prosperidad. A la vez que se aprobaba la Ley del Divorcio en julio de 1981, un hito y una conquista social que escandalizó a los sectores más conservadores de la sociedad española.

Esa era la España a la que llegaba el Guernica de Picasso, un país en el que no había estado nunca hasta este 1981. Por tanto, no regresaba ni volvía: llegaba tras unas arduas negociaciones que se habían enfocado como una auténtica cuestión de Estado.

Cristal antibalas y agentes de la Guardia Civil con metralletas

‘Guernica’ en proceso de creación en el taller donde trabajaba Picasso. Fotografía de Dora Maar. @ Reina Sofía Museo

Al llegar a España, una comitiva de seguridad acompañó al Guernica hasta el Casón del Buen Retiro, un espacio junto a la iglesia de los Jerónimos y el Museo del Prado. Allí se llevaron a cabo los trabajos de desenrollar la obra, que venía en un estado delicado por todas las veces que se había prestado la tela para múltiples exposiciones internacionales, se colocó en su bastidor y se colgó en la pared, quedando a disposición de los españoles y poniendo casi el último peldaño a la Transición española.

El Guernica se ubicó tras un cristal antibalas y fue custodiado por dos agentes de la Guardia Civil ataviados con tricornio y provistos de metralletas. Una escena que dejó una fotografía para la historia: era la primera vez que se vigilaba de este modo una obra de arte, hoy convertida en uno de los símbolos artísticos, culturales y sociales de nuestro país.

«El cuadro estaba amenazado por grupos de extrema derecha. Por tanto, que tuviera protección tenía todo el sentido. Además, la obra ya había sufrido un atentado anteriormente en Nueva York en 1974, cuando el artista iraní Tony Shafrazi pintó con un aerosol rojo la frase «Kill lies all» («Matad todas las mentiras)» como protesta política contra la guerra de Vietnam», apunta Tusell.

«En este sentido», aclara la historiadora, «en España había un temor real de que le pudiera pasar algo a la obra, no sólo por lo ocurrido en Nueva York, sino por la polémica que había alrededor de la obra, teniendo en cuenta, además, los altercados ocurridos en la Galería Theo de Madrid en 1971 durante una exposición de Picasso con grabados de la Suite Vollard. Un grupo radical denominado los Guerrilleros de Cristo Rey entró en la muestra y roció con spray muchas de las obras que había expuestas. Ese era un poco el ambiente del momento, lo que hizo que se extremaran las precauciones».

«Pocas obras han tenido el privilegio, si cabe denominarlo así, de concentrar tanta atención desde el punto de vista de su exhibición pública. El Guernica de Picasso es una de ellas, una obra que rebasa su propia condición estética, para convertirse en mito de los altares políticos», escribe María Ángeles Layuno, catedrática de Arquitectura de la Universidad de Alcalá, en Guernica: Museos e instalaciones.

@MaríaVillardón