Ana Mena vive uno de esos momentos que, vistos desde fuera, parecen un triunfo continuo: éxito en la música dentro y fuera de España, presencia cada vez más sólida en el cine y ahora Ídolos, la película que llega a los cines protagonizada junto a Óscar Casas, con quien además mantiene una relación sentimental a día de hoy. Una historia que mezcla amor y fama, muy en sintonía con la vida de la propia Ana. Pero si algo tiene claro la artista malagueña es que nada de esto ha sido inmediato ni fácil. Porque antes del presente brillante hubo muchos «no». Y ella misma lo resumió con una frase que hoy cobra más sentido que nunca: «Trabajando desde los ocho años me han cerrado la puerta en la cara muchísimas veces».
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«Mi madre es cantaora de flamenco, nunca se dedicó de manera profesional, pero con mi edad abrió conciertos de Camarón»
Ana Mena canta desde que tiene uso de razón. La música siempre estuvo ahí, casi como un idioma materno. «Mi madre es cantaora de flamenco, nunca se dedicó de manera profesional, pero con mi edad abrió conciertos de Camarón», me contó la última vez que nos vimos hace unos años en Madrid, en el entonces restaurante Ana la Santa. Aquella conversación, previa a muchos de sus grandes hitos, ya dejaba claro que lo suyo no era un capricho ni una casualidad.
Aunque hoy la identifiquemos sobre todo como cantante, fue la interpretación la que primero la puso en el foco. Con apenas once años protagonizó la miniserie Marisol, dando vida a Pepa Flores.
Su currículum infantil impresiona: a los doce años trabajó con Pedro Almodóvar en La piel que habito, participó en series como Vive cantando y nunca dejó de lado la música. «Si te das cuenta, en todos los papeles que he interpretado la música estaba presente», explicaba. Y es que, para ella, ambas disciplinas siempre han ido de la mano.
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«Canto desde que tengo uso de razón. Con ocho años lo tuve claro»
Cuando le pregunté qué llegó antes, si ser actriz o cantante, no dudó:
«Canto desde que tengo uso de razón. Con ocho años lo tuve claro».
Se presentó a todos los concursos de copla y flamenco de Andalucía, daba conciertos de hora y media en ferias de pueblo con sólo 12 años y viajaba varias veces por semana a Málaga para recibir clases de canto. «Para mí era como un juego», recordaba entonces.

Pero el juego se volvió serio pronto. Y también duro. «Nunca ha sido todo rodado. Hay periodos en los que tienes muchas cosas que hacer y otros en los que nadie te llama, y estás en tu casa pensando qué es lo que pasa… y te planteas hacer otra cosa», confesaba.
¿Pensó en rendirse? Sí. ¿Tuvo plan B? También. Psicología, maquillaje, alternativas varias. «Tenía plan B, C, D…, pero el primero era el primero: música e interpretación». Y ese plan, a base de insistencia, terminó funcionando.
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El gran punto de inflexión llegó con Italia. Una colaboración con Fred de Palma la llevó de ser una completa desconocida allí a encabezar listas, discos de platino y giras constantes. «Me lancé a la piscina», decía. Y no exageraba. Desde entonces, Ana Mena es un nombre imprescindible en el pop europeo, con colaboraciones internacionales y una carrera que no entiende de fronteras.
Hoy, mientras estrena Ídolos junto a Óscar Casas y consolida su faceta como actriz, Ana Mena representa algo más que el éxito precoz: la resistencia de quien empezó muy pronto y aprendió a convivir con el rechazo sin perder el rumbo.
