Este viernes 20 de febrero a las 19.00 h, el Espacio La Cabina (Cava Alta, 19, Madrid) inaugura ¡Ay, Diosito! Mitos y mitologías, la nueva exposición de Rebeca Khamlichi, comisariada por María Eugenia Godoy. Una muestra que se presenta como un canto colorista y vitalista tras los años más oscuros de la artista, y que vuelve a situar en el centro de su universo creativo esa tensión (tan suya) entre lo sagrado y lo pop, lo profundo y lo aparentemente naïf.
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Khamlichi nunca ha entendido su obra como provocación, sino como lenguaje propio. «Yo siempre he dicho que pertenezco a una generación que ha visto en la televisión tantas procesiones de Semana Santa como episodios de Bola de Dragón. Las dos cosas forman parte de mi cultura visual», explica.
«Los colores llamativos y los dibujos amables me sirven para contar otras realidades más profundas. Algo así como un chicle de fresa relleno de jalapeños»
Desde el inicio de su carrera, ha retratado iconografía religiosa «con técnicas propias de la cultura pop y los dibujos animados». Y aclara: «No ha habido nunca ecos de una provocación fácil: simplemente es el lenguaje con el que me comunico desde que empecé a pintar. Los colores llamativos y los dibujos amables me sirven para contar otras realidades más profundas. Algo así como un chicle de fresa relleno de jalapeños».

Amor, muerte y nuevos dioses
«Los temas que mueven a la Humanidad no han cambiado desde que el primer mono se puso a dos patas»
El título de la muestra remite a una exclamación casi infantil (¡Ay, Diosito!) que, sin embargo, encierra preguntas universales. Para Khamlichi, las mitologías no pertenecen únicamente al pasado clásico. «Yo creo que todas las historias de la literatura universal de todos los tiempos, fíjate si tiro alto: todas las historias de la literatura universal de todos los tiempos, hablan sólo de dos temas: el amor y la muerte (y el amor suele ser una solución para tratar de burlar de alguna forma a la muerte)».
Los relatos fundacionales, los dioses griegos o los reels de TikTok comparten, según ella, una misma pulsión: «Los temas que mueven a la Humanidad no han cambiado desde que el primer mono se puso a dos patas, da igual que la historia se cuente con unas figuras pintadas en una cueva en Altamira, que en un reel de Tik Tok».

En esta exposición, la iconografía religiosa no funciona como crítica directa, sino como espejo antropológico. «No hay una crítica concreta a las religiones en esta exposición. Es más bien una reflexión sobre cómo desde el principio de la Humanidad, el hombre ha necesitado creer que hay algo más allá de este mundo para poder soportar el hecho de que vamos a morir». Y añade una reflexión casi filosófica: «El Hombre, de todos los tiempos y de todas las partes del mundo ha convivido con sus dioses».
Algunas piezas actualizan esa tradición clásica de humanizar a las divinidades. «En algunos cuadros de la exposición he tratado de llevar o actualizar, un punto más allá, esa humanización de los problemas de los dioses que tan brillantemente desarrollaron los griegos y los he enfrentado a problemas muy muy cotidianos».
Un respiro tras la tormenta
«Tenía ganas de volver a pasármelo bien pintando. Y lo he conseguido. Y creo que se nota en las obras»
Después de años marcados por la enfermedad, que plasmó con crudeza en su libro Sanatorio (Crossbooks, 2024), esta muestra supone un giro emocional. «Esta exposición es un respiro, un tomar aire», confiesa. «Vengo de unos años muy complicados y muy intensos de una enfermedad que retraté con palabras y dibujos en mi libro ‘Sanatorio’. Después de esos tiempos en los que las decisiones eran literalmente a vida o muerte (…) la recuperación me ha llevado a retomar el espíritu más lúdico, colorista y divertido de mi pintura».
Y lo dice sin rodeos: «Tenía ganas de volver a pasármelo bien pintando. Y lo he conseguido. Y creo que se nota en las obras».
Entre las piezas, destaca especialmente Prometeo animalista. «Hay una vieja canción argentina que habla de un pequeño arbusto azotado por los vientos y castigado por la falta de agua pero que aún así hace flores de sus penas. Mi Prometeo es un poco eso, trata de hacer algo bello y generoso de lo que le ha tocado vivir y ofrece de buen grado su hígado a las aves que lo requieren».

Diálogo y destino
«El destino está escrito. Pero todos nacemos con una goma de borrar en la mano»
El relato expositivo ha contado con el acompañamiento de María Eugenia Godoy, en un diálogo que la artista define como «enriquecedor». «A veces me viene bien un contrapeso academicista a mis impulsos creativos, y la comisaria Godoy ha cumplido perfectamente con ese papel de reconducir y guiar». También subraya «la libertad creativa y la confianza» otorgadas por la dirección del Espacio La Cabina.
En cuanto al público, Khamlichi no busca incomodar por sistema. «En estos tiempos creo que la provocación es muy fácil, no me convence esa provocación que es casi de catálogo. No compro la provocación por la provocación si no hay un discurso intelectual real por debajo». Si Sanatorio incomodó, fue «por la naturalidad con la que hablaba de unas enfermedades como las mentales». Esta vez, en cambio, la intención es otra: «Que cualquiera pueda ver y disfrutar de unas obras que rezuman colorido y optimismo».
Si tuviera que definir su mitología personal, recurre al concepto clásico del fatum, pero lo subvierte: «En la mitología clásica es muy importante la intervención del destino (…) Yo no creo que sea así y me acojo a una frase que me ha acompañado desde hace muchos años: El destino está escrito. Pero todos nacemos con una goma de borrar en la mano”.
¿Y después de ¡Ay, Diosito!? La respuesta es tan abierta como honesta: «La vida me ha enseñado en los últimos años que es mejor no hacer planes. Pero yo creo que, con este título de la exposición, habría que decir que mi trabajo se dirige a donde Dios quiera…!».
