Alice Kellen vuelve a situar en el centro de su literatura las emociones que no siempre se dicen en voz alta: la nostalgia, las amistades que resisten, o se resquebrajan, con el paso del tiempo y esa sensación de tránsito permanente entre lo que fuimos y lo que estamos dejando de ser. En su nuevo libro, El Club del Olvido, la autora construye una historia donde el pasado no es un lugar al que volver con nostalgia complaciente, sino un territorio lleno de luces y sombras, de recuerdos que a veces duelen y a veces reconcilian. Kellen reflexiona sobre la escritura, la identidad de sus personajes y las dinámicas de un grupo de amigos atravesado por los años, los cambios vitales y la irrupción de alguien nuevo que descoloca todo. También habla de su forma de narrar, de su proceso creativo y de cómo la ficción le permite habitar vidas ajenas sin perder la propia, en una novela que juega con distintas épocas, estructuras y tonos para explorar lo que significa crecer sin dejar del todo atrás a quienes nos acompañaron al principio.
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‘El Club del Olvido’, de Alice Kellen
El título del libro no es casual ni literal, sino casi una ironía emocional. El Club del Olvido es, en realidad, todo lo contrario: un espacio donde nadie termina de desaparecer del todo. «Es un lugar que ninguno va a olvidar», explica la autora, que sitúa parte de la historia en un club de copas donde se cruzan los personajes y comienzan a resquebrajarse sus certezas.
Ese espacio funciona como núcleo narrativo y emocional. Allí trabajan y conviven cuatro amigos de la infancia que arrastran una historia compartida durante dos décadas. Sin embargo, la llegada de Dalia, un personaje externo, casi catalizador, altera el equilibrio: «Es una chica que escarba y escarba en alguien hasta que esa persona se harta de ti», describe Kellen. Su presencia actúa como una lupa emocional que intensifica lo que ya estaba latente: silencios, tensiones y afectos que no siempre encuentran forma de expresarse.

Amistades que no se eligen
Uno de los grandes temas de la novela es la naturaleza de las amistades no elegidas. Aquellas que no nacen de una decisión consciente, sino del entorno, la infancia o la inercia vital. La autora lo resume con una idea sencilla pero contundente: «No hay nadie que no haya vivido esto. Hay amistades que se quedan por el camino y otras con las que sigues teniendo contacto, aunque ya no tengas grandes cosas en común».
En su reflexión aparece una visión madura de los vínculos: no todos están destinados a durar con la misma intensidad, pero eso no implica ruptura absoluta. «Se espacian. A lo mejor no necesitas hablar a diario, pero sí saber cómo están», señala. Kellen incluso menciona sus propias costumbres, como una cena anual con amigas de toda la vida, un ritual que sirve para constatar cómo han cambiado todas sin necesidad de dramatizarlo.
«Te das cuenta de que ya no hay tantísimas cosas en común y más allá de eso, como que se alimentan del pasado», explica. Una idea que atraviesa toda la novela: la memoria compartida como pegamento emocional, incluso cuando el presente ya no encaja del todo.
Entre lo juvenil y lo adulto
«Creo que lo divertido es que la novela sea diferente y sorprenda, que tenga cambios en estructura, tema y estilo»
Aunque El Club del Olvido transita el terreno de la juventud tardía y la entrada en la vida adulta, la autora rechaza encasillarla como su obra «más adulta». «No, yo creo que la anterior», afirma, en referencia a otros títulos donde ya había explorado temas como el matrimonio, la madurez o la vejez.
Kellen defiende una escritura en constante movimiento, sin etiquetas fijas: «Creo que lo divertido es que la novela sea diferente y sorprenda, que tenga cambios en estructura, tema y estilo». En este libro, esa idea se traduce en una narrativa que va y viene en el tiempo, con una ambientación situada en los años 90 y una parte más contemporánea, lo que refuerza la sensación de tránsito entre etapas vitales.
Nostalgia, identidad y decisiones
Si hubiera que condensar la esencia emocional del libro en una sola palabra, la autora lo tiene claro: nostalgia. Pero no una nostalgia idealizada, sino compleja. «Momentos que recordamos con felicidad desde el presente, pero que en realidad no fueron tan felices en su momento», explica. Esa contradicción, la memoria que reescribe lo vivido, se convierte en uno de los motores emocionales de la historia.
A ello se suman otros temas como la identidad, el paso a la vida adulta o las decisiones que separan caminos. También aparece el privilegio de clase, el amor y las transformaciones personales que afectan a cada uno de los personajes de forma distinta.

Dalia: la pieza que desordena todo
Uno de los personajes más importantes del libro es Dalia, cuya función narrativa va más allá de lo anecdótico. «A cada uno de ellos los atraviesa de forma distinta: a uno le saca la ternura, a otro la rabia», explica Kellen. Su presencia no sólo altera la dinámica del grupo, sino que obliga a cada personaje a enfrentarse a lo que había quedado oculto bajo años de convivencia.
La autora insiste en que cada relación que Dalia establece dentro del grupo es diferente, lo que refuerza la complejidad del entramado emocional de la novela. No hay una única verdad ni una única lectura de los vínculos, sino múltiples capas que se superponen.
El seudónimo de Alice Kellen y la distancia con la vida real
El origen de su seudónimo también aparece en la conversación como una anécdota sin demasiada pretensión. «No lo pensé mucho», reconoce. Adoptó el nombre inspirada por lecturas y referencias personales, sin imaginar que aquel gesto acabaría consolidando una carrera literaria reconocida.
En sus inicios, escribir bajo otro nombre le permitió una distancia emocional con su entorno: una especie de espacio propio donde la escritura existía separada de la vida cotidiana. Con el tiempo, esa separación se fue diluyendo, pero la libertad creativa se mantuvo intacta.
Música, viajes y obsesiones creativas
La música también atraviesa la novela como una capa emocional más. Kellen confiesa una especial fascinación por la música italiana, hasta el punto de haber viajado a Milán para ver en concierto a uno de sus artistas favoritos. Esa experiencia, casi impulsiva, terminó filtrándose en la novela como parte de su atmósfera sensorial.
La autora habla de esas decisiones como parte del proceso creativo: pequeñas obsesiones que se convierten en materia narrativa y que ayudan a construir el mundo emocional del libro.
