Juana I de Castilla regresa a Toledo, la ciudad donde nace y donde, además, es jurada como heredera de Castilla tras la muerte de su madre, Isabel la Católica. El Museo del Greco dedica una exposición a la nutrida biblioteca de la monarca, Juana, otra lectura, donde encontramos piezas de altísimo valor, acompañadas de una espléndida obra historicista del Museo del Prado que nunca se expone al público: La reina Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta Catalina, pintada por Francisco Pradilla (Zaragoza, 1848 – Madrid, 1921) en 1906.

Es posible, y no carecería de lógica, que nos preguntemos la razón por la que Juana y el Museo del Greco se unen en este momento, ¿no es así? Bien, en este caso, debemos precisar varias cosas importantes para entender este encuentro entre dos figuras tan importantes para la ciudad imperial. Marín apunta que

«La reina es una figura muy vinculada a Toledo, ya que fue bautizada aquí y también jurada como heredera de Castilla. Durante los preparativos de aquella cita histórica, la esposa de Felipe el Hermoso residió en el Palacio del Marqués de Villena, que se encontraba ubicado justamente en frente de lo que hoy es el Museo del Greco, palacio en el que también residió el pintor cretense. Por tanto, ambos personajes compartieron espacio, aunque no tiempo», apunta Israel Marín, bibliotecario del Museo del Greco y comisario de la exposición.

Este es uno de los hilos conductores de la muestra, pero hay mucha más intención detrás de la misma. Afirma Marín estar «un poco cansado del tema de la leyenda negra alrededor de Juana, sobre todo la que se construye en el s. XIX. Esa que habla de una supuesta enajenación o locura de la reina. Nunca me ha gustado esa idea que se arroja sobre ella».

A través de la biografía La Reina Juana. Gobierno, Piedad Y Dinastía, de Bethany Aram, catedrática de Historia de la Universidad de Granada, el comisario descubre que Juana tenía «una biblioteca personal bastante variada,  interesante y muy diversa, donde tenía lecturas que iban más allá de lo religioso y lo litúrgico. Había libros de música, filosofía y cuestiones jurídicas, y en distintos idiomas, como el latín, el castellano, por supuesto, y también en el francés, puesto que ella, antes de ser nombrada heredera de Castilla y posteriormente reina, fue archiduquesa consorte en Flandes y la lengua que se utilizaba allí era el francés».

Parte de esta biblioteca de Juana I de Castilla, a la que Marín quiere librar del sobrenombre de la Loca, se expone ahora en Toledo. «Esa biblioteca personal es un reflejo de su vida», determina.

«La biblioteca de Juana es un reflejo de su vida»

Exposición Juana, otra lectura, en el Museo del Greco. @Cortesía

Patrimonio Nacional ha cedido al museo un manuscrito asociado a la formación de la hija de los Reyes Católicos, que actualmente se custodia en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial de Madrid. El volumen aúna, por un lado, Calila e Dimna, una colección de relatos morales de origen hindú que tuvo una notable difusión en las cortes medievales europeas y, por otro, el Mapamundi de San Isidoro de Sevilla.

«Estos libros son de su etapa inicial, pertenecieron a su madre, Isabel de Castilla, y se los dejó como legado a su hija. La peculiaridad de estos libros es que van con anotaciones atribuidas a la Reina Católica, además de ser ejemplares manuscritos, hechos por alguien con una letra minuciosa y cuidada en un gótico castellano precioso. Ni una errata, ni un tachón; desde el punto de vista formal es perfecto. Y lo más importante: estamos ante libros que nos muestran cómo fue el inicio de la formación de Juana», explica el comisario.

Con Calila e Dimna, detalla Marín, la pequeña Juana aprendía «cuestiones morales y filosóficas, desde el primer momento le están dando una formación destinada a lo que será el futuro, en este caso para tener un cargo concreto a través de lazos matrimoniales. Debemos tener en cuenta que Juana no iba a ser reina de Castilla, pero sí se preveía que fuese a ser consorte en el extranjero con posibilidad de poder llegar a ser regente en algún momento». Mientras que con el Mapamundi de San Isidoro de Sevilla, «la infanta aprendía geografía, que aunque no viene con imágenes, podemos asumir o entendemos que Juana leía las descripciones acompañada de un mapa para poder ilustrar todo lo que estaba leyendo».

En el libro de Aram, citado por Marín, se detalla que Juana empieza sus estudios con siete años con el profesor Andrés de Miranda, un religioso del Monasterio de Santo Domingo de Burgos. «Recibió instrucción cristiana y entrenamiento en latín. En su primer año de lecciones, recibe una caja para guardar cartas y un gran libro de horas, adornado con un candado de plata y las hojas con bordes de oro».

Prosigue explicando que «a los 10 años, poseía libros de oración impresos y su propia edición del De Consolatione de Boecio, una guía filosófica para la combinación de la fe y la razón. Seguramente, a los 14 años ya sabía leer en latín, cuando recibe las ediciones latinas de Vidas de Padres de la Iglesia y Vidas de Santos. Es más, un viajero alemán (que visitaba la corte de la reina Isabel) escribe que Miranda elogiaba el talento de Juana para recitar y hasta componer versos en latín».

De acuerdo con Arem, Juana tenía alrededor de 116 libros, incluyendo 29 libros de horas, 12 libros de canciones y siete misales. Una biblioteca que la «reina conservó hasta el final de su vida, aunque algunos de los tratados de fe se los llevó su hija Catalina cuando se fue a Portugal a mediados del s. XVI».

Esa visión sobre la importancia del conocimiento y la formación a través de la lectura fue un aspecto que Juana hereda de su madre, la Reina Católica. En este sentido, Marín relata que «cuando Isabel llega al trono de Castilla, ella misma observa que tiene algunas carencias en su educación y dedice autoformarse. Para ello, busca profesores y maestros con los que poder aprender todo aquello que no había podido conocer en su infancia y, de este modo, poder estar al nivel del cargo que ocupaba».

Por ello, y debido a su propia experiencia personal, apunta, «Isabel quiso que su hijo Juan y todas sus hijas tuviesen una educación un poco más elevada de lo que se esperaba de los infantes de aquella época. Se les quería preparar para tener un papel político, ya sea como reyes de los reinos peninsulares o como reyes en el extranjero y consortes con posibilidades de regencias. No olvidemos que una reina consorte en el extranjero puede tener un hijo, el marido fallecer y convertirse en regente».

Educarse y educar a sus hijas, una obsesión de Isabel la Católica

Detalle de un retrato de Juana de Castilla. Juan de Flandes, uno de los pintores favoritos de la Reina Católica. @ Museo de Artes de Viena

Este fue el caso de Catalina de Aragón, que llegaría a convertirse en reina de Inglaterra tras su matrimonio con Enrique VIII, tomando las riendas de la Corona en ausencia de su marido. «Tuvo un papel fundamental durante la invasión del país por parte de Escocia, que había aprovechado la ausencia del rey inglés mientras luchaba en Francia. Catalina plantó cara a los escoceses y conquistó Escocia, gracias a los conocimientos que había aprendido de su madre, la Reina Católica. Recordemos que Catalina se cría en Santa Fe mientras dura la Reconquista de Granada. En Catalina hay mucho más que el psicodrama de su matrimonio y divorcio, aunque es lo que más conocemos».

Esa pasión y fortaleza la heredan todas sus hijas, mujeres fuertes que, además, toman el papel de la gobernanza con determinación en ausencia de sus esposos. Y lo que es más importante aún, con amplios conocimientos en muy diversas materias que, entre otras cosas, les permitían gestionar de cualquier Corona europea, tener conciencia de su linaje y, además, construir su imagen ante el mundo a través del patronazgo artístico, como harían todas las mujeres de la era de los Austrias.

Juana I de Castilla, al igual que su madre, también quiso que todos sus hijos tuvieran una formación esmerada, incluida su hija Catalina, su última hija, nacida de manera póstuma tras la muerte de Felipe, el Hermoso, que en el futuro sería reina de Portugal. Sabemos, de acuerdo con Arem, que la joven infanta parte al país luso con importantes pertenencias, entre ellas varios tratados de fe de su madre y otros ejemplares «encuardernados especialmente para ella».

«Es una lástima», lamenta Marin, «que las series de televisión y las películas siempre retraten a Juana en disputas permanentes con su marido, presa de celos patológicos, etc., dejando de lado otras acciones que ella desarrollaba como archiduquesa consorte, muchas relacionadas con la lectura religiosa en castellano y francés, o con el desarrollo de labores de mecenazgo, sobre todo aquellas relacionadas con los tapices, que le gustaban mucho, algunos de los cuales se conservan en Aranjuez».

«Estamos, por tanto, ante una mujer activa que no sólo estaba pendiente de su marido, sino que también desarrollaba funciones con sentido».

Una mujer reflexiva y consciente de su linaje

Juana I de Castilla, formada, con conocimientos y también con problemas de ambición dentro de su matrimonio, llega a heredar la Corona de Castilla, no la de Aragón, ya que su padre Fernando el Católico no había fallecido. «Tuvo un padre, un marido y un hijo muy ambiciosos, y ella era una mujer más reflexiva y tranquila, no tenía el carácter fuerte y arrojadizo de su madre o de su hermana Catalina; pero eso no quiere decir que no estuviera capacitada para reinar. Pero su marido, perdonad la expresión, dio un braguetazo que no se esperaba; y su padre no quería soltar el poder del reino de Castilla, que era mucho más fuerte que el de Aragón».

«Se la acusa de locura, enajenación y de no estar en este mundo, pero durante su encierro en Tordesillas hubo al menos dos situaciones que me hacen pensar lo contrario. La primera de ellas es la preocupación por formar a su hija, siendo consciente de que se irá en algún momento como hija y hermana de Reyes, y será reina en algún lugar, como sucedió. ¿Y cómo sabemos que había ese interés en el conocimiento? Porque entran en esta biblioteca de Juana nuevos libros destinados al aprendizaje de la infanta en Tordesillas. Es decir, tiene intereses y no está despreocupada, como da a entender la ficción», determina Marín.

«Otra de las situaciones que muestran su lucidez se da en la rebelión de los comuneros de Castilla, que  acuden a ella como la reina oficial para que les apoye en sus reivindicaciones. Ella les recibe, les escucha; pero jamás firma nada de lo que le presentan. Sabe bien que si lo hacía, sería el origen de un problema enorme para Castilla. Y lo que es más interesante aún: no abdica, ella sigue siendo la reina, tiene plena conciencia de ello. Ella sabía muy bien quién era», añade.

Juana I de Castilla en el s. XIX

La reina Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta Catalina
‘La reina Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta Catalina’. Francisco Pradilla. 1906. @Museo del Prado

Los libros procedentes de El Escorial se complementan con la exposición de la obra La reina Juana la Loca, recluida en Tordesillas, con su hija Catalina, cedida por el Museo del Prado y pintada más allá del 1900 por Francisco Pradilla, uno de los pintores más importantes del s. XIX en España.

«La obra tiene como dos partes. Una de ellas más iluminada, que es donde se ubican Juana, la niña y los libros, apoyados en la poyete de la ventana. Son libros, además, que están abiertos, como si la luz del conocimiento y la esperanza las iluminaran. Y un paisaje castellano de fondo que vemos por esa ventana. Al otro lado, al fondo de la obra, está la parte oscura de la leyenda de Juana: el féretro de Felipe el Hermoso, las dueñas vigilando toda esa arqueología histórica que hizo Pradilla representando los símbolos heráldicos de los Reyes Católicos con el fin de hacer esa recreación histórica», explica Marín.

Pero debemos, además, detenernos en los detalles; «En el suelo hay juguetes pequeños, dejando ver la presencia de los juegos y la niñez. Pero, fijémonos: hay una figura que es una reina tumbada y, al lado, vemos a un caballero que ha arrebatado a la monarca la corona con una lanza. Nos está contando, de alguna forma, la forma en la que le quitan el poder de sus reinos, a pesar de que le correspondían de forma megítima. No sólo hablamos de Castilla, también de Aragón, una Corona que le llega más tarde, a la muerte de su padre Fernando; así como de muchos reyes peninsulares y mediterráneos más. Concentró en ella uno de los mayores poderes de su época,  a pesar de que Calos V gobierna en su nombre».

Juana la Loca, de Francisco Pradilla. 1877. @ Museo del Prado

A Pradilla, desde muy joven, le obsesiona la figura de Juana y hace a la reina protagonista de varias de sus obras, entre ellas la más famosa, que es Juana la Loca (1877), un lienzo de enormes dimensiones que el artista pinta con 29 años y que le otorga fama mundial. El lienzo despliega la más bella visión romántica de la figura de la reina, con mirada perdida acompañando por los campos de Castilla al feretro de su marido, su amado Felipe el Hermoso.

Esa imagen de Juana I de Castilla como mujer celosa y enfermiza, consolidada durante el romantismo, aún sigue vigente en la actualidad. «Preguntadle a cualquier joven ‘¿Quién es la reina más famosa en la historia de España?’ y la respuesta probablemente será ‘Juana la Loca’», apunta Arem en su libro.

Por todo ello, concluye Marín, «nuestro deber, como institución pública, es revisar y ser más profesionales a la hora de tratar la figura de Juana I de Castilla, despojando a esta reina de sus mitos y etiquetas, en mi opinión injustas».

Juana, otra lectura. Hasta el 17 de enero de 2026 en el Museo del Greco de Toledo.

@MaríaVillardón