Alejandro Sanz: «Mis gustos vienen de la música que mi padre ponía en el Seat 600 camino a Cádiz»
Este 27 de enero, Alejandro Sanz se quita una capa más. Ese día se estrena Cuando nadie me ve, el documental con el que el artista madrileño promete mirar hacia dentro, bajar el volumen del personaje público y dejar que el foco apunte a lo que ocurre lejos del escenario. A pocos días de su lanzamiento, la expectación es máxima: no sólo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. ¿Qué hay detrás del músico que ha marcado a varias generaciones? ¿Qué se esconde cuando se apagan los aplausos y la gira termina? El título no es casual y tampoco lo es el momento. Este documental llega como una confesión pausada, sin prisas, en la que la música vuelve a ser el hilo conductor de todo.
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Porque antes de los estadios llenos, de los Grammy y de las canciones convertidas en banda sonora colectiva, estuvo el niño. Un niño que creció rodeado de guitarras, reuniones familiares interminables y un amor casi instintivo por la música. Un origen que encaja a la perfección con el espíritu de Cuando nadie me ve: volver al principio para entenderlo todo.
Alejandro Sanz: el origen íntimo de un músico irrepetible
Alejandro Sanz nunca ha escondido que su vínculo con la música nació en casa. En una entrevista con Roberto Mtz, el cantante recuerda que su relación con los sonidos fue tan natural como respirar. «Bueno, en mi casa y en mi familia siempre hubo música. Nosotros somos del sur de Andalucía, entonces todas nuestras reuniones giraban en torno a la música; o sea, las Navidades, las fiestas, los cumpleaños… todo era siempre una hoguera, una guitarra, un no sé. Mi padre era músico, entonces en mi casa siempre hubo guitarras y, desde muy chico, sentía esa atracción. Me gustaba el mundo de la música», explicaba. No fue una decisión premeditada ni una estrategia: fue un ambiente, una forma de estar en el mundo.
Ese caldo de cultivo se reforzó con otro escenario muy concreto: los viajes de carretera. Kilómetros y kilómetros entre Madrid y Cádiz, en un Seat 600 que hoy suena casi a pieza de museo, pero que entonces fue una escuela musical improvisada. «Luego, mis gustos musicales vinieron mucho por la música que mi padre ponía en esos interminables viajes que hacíamos de Madrid a Cádiz en un Seat 600, que era un coche chiquito que se calentaba y había que parar a echarle agua. Y ponía siempre flamenco», contaba en la misma charla con Roberto Mtz.
Mientras otros niños escuchaban lo que marcaba la moda infantil del momento, Alejandro afinaba el oído con referentes muy distintos. «Entonces, lo primero que yo escuché así con enjundia, que me movió y que me erizaba la piel, era Paco de Lucía, Los Manuel… cosas así. Entonces, los niños de mi edad escuchaban los grupos de moda de los chicos, que eran Parchís, y yo escuchaba a Paco de Lucía. Tenía una inquietud, era como el rarito de la pandilla».
Ese rarito es, precisamente, el que el documental parece querer rescatar. El niño que sentía que la música no era sólo entretenimiento, sino emoción pura, algo que se te clava en el pecho. El mismo que aprendió los primeros acordes casi sin darse cuenta. «Mi padre me empezó a poner las manos, como se dice, en la guitarra, enseñándome los primeros acordes», recordaba Sanz.
Y como ocurre en tantas historias decisivas, el azar tuvo también su papel. «Y un día, mi madre, que se quería quitar de en medio a mi hermano y a mí porque estaba sola con nosotros y éramos muy jaleosos, nos quiso apuntar a una clase de kárate… pero estaba cerrada la academia. Y al lado había una de guitarra. Entonces me metió a guitarra, ¿sabes? Y así empezó».
A partir de ahí, la historia es conocida, pero no por ello menos reveladora cuando se mira con perspectiva. Adolescente precoz, Alejandro firmó sus primeras canciones siendo casi un niño, pasó por su etapa como Alejandro Magno y fue moldeando un estilo propio en el que el flamenco, el pop y la sensibilidad personal convivían sin pedir permiso. Nada fue inmediato: hubo aprendizaje, búsqueda y muchas horas a solas con la guitarra. Justo ese espacio íntimo, el que no se ve, es el que ahora parece ocupar el centro del documental.
Cuando nadie me ve no llega para glorificar el éxito, sino para entenderlo. Para recordar que antes del artista global hubo un niño que escuchaba a Paco de Lucía en un coche recalentado, que aprendió acordes casi por accidente y que encontró en la música un refugio. A pocos días del estreno, todo apunta a que este documental será menos un repaso cronológico y más una declaración de principios: la de un músico que sigue siendo fiel a aquel impulso inicial que lo cambió todo. Cuando nadie lo veía… pero ya estaba ahí.