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¿Son las imágenes de los libros de texto sobre historia recursos decorativos o enseñan algo?

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Una investigación dirigida por Juan Carlos Bel Martínez, de la Facultad de Magisterio de la Universitat de València, cuestiona las capacidades pedagógicas de las imágenes en los libros de texto de historia y pone de manifiesto que la mayoría de ellas cumplen “una mera función decorativa”.

El trabajo, que analiza libros de texto durante dos regulaciones educativas distintas, destaca que hay “poca evolución” respecto al uso de las imágenes. Además, el investigador incide en que las editoriales “fallan en potenciar la alfabetización visual y las capacidades históricas de los alumnos a través de fotografías y dibujos”, según ha informado la institución académica en un comunicado.

El estudio, publicado en la Revista de Educación -dependiente del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte- profundiza en el potencial pedagógico de las imágenes figurativas y si los libros de texto aprovechan las capacidades didácticas de estas.

“Un adecuado uso de las imágenes es esencial para desarrollar la vertiente creativa de construcción de conocimientos históricos sólidos”, defiende el autor quien, no obstante, sostiene que las editoriales “fracasan, de forma mayoritaria y generalizada, en explotar estas aptitudes en los estudiantes y siguen relegando a las imágenes a un segundo plano y atribuyéndoles una finalidad decorativa”.

La investigación constata esta “infrautilización” de las imágenes como fuentes históricas propias. Además, la mayoría no están relacionadas con ninguna actividad que fomente las competencias de los alumnos, sino que más bien se emplean como un elemento ilustrativo.

Análisis de 27 manuales

Juan Carlos Bel Martínez ha analizado 27 manuales correspondientes a quinto y sexto curso de Educación Primaria, “una muestra extraordinariamente amplia”, publicados bajo el paraguas de dos leyes educativas diferentes, la Logse, en aplicación entre 1991 y 2006, y la Lomce, vigente desde 2013.

El autor ha clasificado las imágenes en base a cuatro criterios: presencia de las mismas, clase de imágenes, nivel de complejidad cognitiva de las actividades y vínculo con el texto del manual.

La dificultad de las actividades con imágenes tampoco ha experimentado una gran evolución en los dos períodos estudiados. “Las tareas de complejidad cognitiva baja son las más numerosas en la mayoría de la muestra, por lo que priman las aproximaciones pobres y superficiales a las fuentes históricas”, advierte Bel Martínez.

Sin embargo, el investigador reconoce un “ligero aumento” de las actividades de “complejidad alta” durante el periodo de aplicación de la Lomce.

De entre los recursos más empleados, el autor destaca los dibujos infantilizados y previene de los riesgos de su uso en abundancia: “Los dibujos son reinterpretaciones creadas desde la óptica cultural inherente a la sociedad en que se genera”. Por ello, y para evitar malinterpretaciones de los acontecimientos históricos, aconseja su diseño desde una perspectiva “arqueologizante, es decir, elaborados en la actualidad pero fundamentados en evidencias científicas recuperadas del pasado”.

“Conceder tanta importancia a la descripción superficial de las fuentes supone promover en el alumnado una consideración hacia estas como objetos estériles que no pueden hacer aportaciones significativas a la construcción de conocimientos históricos”, advierte el autor, quien también alerta de que esta dinámica coarta las posibilidades de aprendizaje y debate sobre los acontecimientos históricos.

Contenidos factuales frente a procedimientos críticos

Bel Martínez atribuye este fenómeno al peso del código disciplinar de la historia escolar, que “antepone el aprendizaje de contenidos factuales sobre el desarrollo de procedimientos críticos y reflexivos”. Además, emplea el texto como la principal fuente de información y datos, un elemento cerrado y no sometido a interpretaciones. Este código, a su juicio, “sigue siendo determinante en las propuestas didácticas de las editoriales mayoritarias”.

La investigación ha sido desarrollada como parte del proyecto Competencias sociales para una ciudadanía democrática: análisis, desarrollo y evaluación, incluido en el Plan Nacional de I+D+I del Ministerio de Economía y Competitividad, y ha sido cofinanciada con fondos FEDER.

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