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Sexo en vez de medallas para premiar a los soldados

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Con sexo, en vez de medallas – o además de ellas – se premiaba a algunos soldados españoles, en los duros años 30.

El autor Juan Eslava Galán, en su libro Lujuria afirma: “En algunos lugares, el sexo se convirtió en artículo comunal. La autoridad del batallón podía recompensar los servicios del afiliado con una tarjeta que daba derecho a una prestación sexual. Por ejemplo ‘Vale por un novia esta noche’ o ‘Vale por seis porvos con la Lola’ “.

“Vale por seis porvos con la Lola”

Aquí te mostramos el documento. Está firmado en Toledo el 21 de septiembre de 1936, por “er comité responsable”. Al final del documento aparece escrito a mano la expresión “No se puede trasferí”, es decir, el vale era personal e intransferible.

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“Vale por 10 dormidas con la mujer que quiera”

El segundo de los documentos que te mostramos es una autorización, a un soldado, para mantener dormidas

El texto, impreso a máquina de escribir, dice: “Vale por diez dormidas con el camarada Juan Palomeque con la mujer que quiera”. Contiene la numeración del 1 al 10. Los primeros ocho números están tachados: demuestra que hizo uso de sus prebendas en ese número de ocasiones.

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Madrinas de guerra

No confundir los vales de dormidas con la figura de madrinas de guerra. Se trataba de mujeres que mantenían relación por carta con los soldados, para darles apoyo y moral. Eslava Galán de nuevo: “El intercambio epistolar de las abnegadas muchachas engendrarían otras intimidades. Algunos madrinazgos acabaron felizmente en boda, otros dejaron lágrimas y embarazos. Había desaprensivos que practicaban el donjuanismo por correspondencia y en cuanto lograban el revolcón aprovechando un permiso, olvidaban las promesas y desaparecían sin dejar rastro”.

Así se anunciaban las voluntarias en La Vanguardia, en 1937: “Dos señoritas cultas desean ser madrinas de guerra de dos combatientes. Mínimo tenientes y no menores de 37 años”.

Y así lo hacían los soldados: “Soldado gallego, que lejos de su tierra siente la nostalgia de sus atardeceres, pide una limosnita de cariño a una galleguiña que sepa comprenderle y quiera servir de Madrina, enviándole con sus cartas los consuelos que necesita para olvidar ausencias. José Concheiro”.

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