No es una política de Estado

No es una política de Estado

¿Por qué tiene que apoyar la oposición una política exterior errabunda, sectaria, estúpida? El sábado, Sánchez gimió ante los suyos por la deslealtad, dijo, del Partido Popular y Ciudadanos. Según él Casado y Rivera tienen que postrarse de hinojos y decir “sí, señor” a todas sus ocurrencias, las más de las cuales se sitúan más cerca de la izquierda universal que manda en Rusia o en Turquía, que de las naciones occidentales. Sus continuas variaciones sobre qué se podía hacer con el sanguinario –hoy es un tirano, mañana hay que negociar con él– no merecen otro tratamiento que la repulsa. Días y días ha tardado, este personaje que en un país normal no sería ni empleado de una oficina aldeana de Correos, en decidir si él es de Guaidó o del sanguinario Maduro. Lo extraño en todo esto es saber por qué se ha colocado de monaguillo José Borrell –“Pepe” como se le ha llamado siempre–. Se cuenta en los cenáculos, muy activos de Madrid últimamente, que Borrell está muy incómodo, descontento, en este Gobierno de pacotilla de Sánchez. La especie es que el ministro se mesa los cabellos indignado cada vez que contempla cómo viene tratando la televisión socialista, antes denominada Televisión Españoles, los acontecimientos de Venezuela. Borrell, un acomodaticio sin embargo traga con todo; su objetivo es un puesto de comisario en el próximo Gobierno de Europa.

Mientras, viaja como una peonza de un lado otro siguiendo a su bodoque jefe. A éste la realidad, por muy pertinaz que sea, no le importa; para él la realidad es la que pinta el chistoso Tezanos con sus falaces encuestas o la que transmite esa cadena que, según denuncias interiores, “trabaja” todas las noticias hasta convertirlas en fake, una cadena que ha procedido a efectuar la segunda criba, purga más bien, contra periodistas “tibios”, el adjetivo que se empleaba en otro Régimen, el de Franco, para decapitar a los técnicos que no eran afectos totalmente al autócrata general. Ahora, el trío formado por la vicepresidenta Calvo, el gurucillo Iván Redondo, y la comisaria política Rosa María Mateo, se mete en las entrañas de la redacción y ficha o aparta caprichosamente a ovejunos plumillas, en el primer caso, o a profesionales reputados e independientes por otro.

Esta es la doble realidad de la que vive un personaje que ha tenido como principal aliado y asesor en el terror de Venezuela, a su antecesor, Rodríguez Zapatero, que ha actuado durante lustros –prácticamente desde que abandonó el Gobierno– como cómplice del bufón caribeño. Desde la oposición se ha exigido a Sánchez que rechace a Maduro y confirme a Guaidó, pero Sánchez se ha estado llamando andanas articulando unas exigencias, la de unas elecciones difusas, que han coincidido desde el primer momento, con la postura del cruel autobusero de Caracas. Pero, hombre de Dios, ¿cómo puede apoyar la oposición una postura “de Estado” tan cómplice como ésta? El PSOE por lo demás tiene una larguísima tradición de boicot a la política exterior de todos los gobiernos de centroderecha del país.

¿O es que nadie recuerda cómo bloqueó el ingreso de España en la OTAN patrocinada por Calvo Sotelo? ¿O cómo zarandeó a Aznar por su posición en la guerra de Irak? O cómo, muy recientemente, le ha pasado la mano por el lomo a los comunistas en Cuba, un sistema totalitario rechazado sistemáticamente por Suárez, el propio Calvo Sotelo, Aznar o Rajoy. Pero, ¿de qué deslealtad habla este chisgarabís? No hay razón alguna para apoyar a un presidente tan peculiar que ha hecho de la venganza política su razón de existir. Ni una razón. Este hombre no sabe lo que es una política de Estado. Podríamos darle una pista: una política de Estado es exactamente la contraria a la que él desarrolla empotrado en un avión turístico que le pagamos todos los imbéciles contribuyentes.

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